Sumidos en los menudos avatares de la política, los equipos locales que participan en la Libertadores y la mitomanía incurable de ex presidentes con prontuario, los peruanos hemos perdido de vista la consumación de un prodigio de incalculable impacto mundial, anhelado y jamás conquistado por las civilizaciones de todos los tiempos, y a no dudarlo futura materia de un estudio que habrá de revelar sus causas más profundas: señoras, señores, este país ha logrado detener el tiempo.
Asediada por uno de los Niños más
feroces del siglo pasado -el de 1982 - 1983-, Piura se inundaba, perdía sus
puentes y el efecto residual de las tormentas era sensible incluso varios años
más tarde, cuando salir a la calle suponía sortear baches que parecían
precipicios, fugas de desagüe por doquier y respirar el polvo infecto de la
calamidad sin solución. Treinta y cuatro años después, nada ha cambiado. Uno
revisa los diarios piuranos y las crónicas y fotos que publican parecen ser las
mismas de tres décadas atrás. Son las mismas. Todo es exactamente igual. Pero
esta es apenas una de las manifestaciones del prodigio nacional cristalizado.
Nos habíamos referido al fútbol y
por coincidencia el próximo 22 de junio se cumplen 35 años desde que una
selección peruana de mayores pisara por última vez el gramado de un certamen
mundial. Las eliminatorias de México 86, evento del que Ricardo Gareca nos dejó fuera cuando el partido decisivo llegaba a su fin, se
ha tornado en un modelo de suplicio gratuito, un mantra perverso que nos tiene
hace ocho mundiales acometiendo vanas operaciones aritméticas mientras invocamos
la gracia de alcanzar al menos el quinto lugar para ir al repechaje. Dichosos
los que tienen fe e imaginan que esto será distinto en los próximos veinte
mundiales.
Digamos para terminar que el
último medio siglo ha sido pródigo en ilícitos, dolo y un saqueo abierto a las
arcas fiscales que compromete -no es ninguna novedad- a quienes debían ser
celosos vigilantes de los bienes públicos. De Belaúnde I a Kuczynski, teniendo en
el medio a Velasco, Morales Bermúdez, Belaúnde II, García I, Fujimori, Toledo,
García II y el binomio Humala-Heredia, el escándalo y la mugre ha sido el
denominador común. Diez gobiernos salpicados por una y otra corruptela y un
país que a pesar de ciertos progresos adolece, en el fondo, de los mismos
problemas de siempre. ¿Dos siglos, tres, cuatro, serán necesarios para dejar
atrás esta inmutable tara histórica?
Paremos ya con el autobombo de la
cocina maravillosa y demás perejiles. Nuestra verdadera, imbatible proeza, es
haber conseguido que nada de lo nefasto, nocivo y ruin que pueda existir en
este país haya variado un ápice a pesar del paso del tiempo.
