domingo, 27 de marzo de 2016

El comunista que no fue



El ímpetu conspirador debió fraguarse en la modesta biblioteca de maestro del padre de Ramoncito. Aunque la arenga inflamada de Vladimir Ilich Ulianov representaba a los 15 años un inextricable acertijo, mientras leíamos las páginas amarillentas de Los amigos del pueblo, un folleto que anticipaba la caída de los zares y el surgimiento de un proletariado supremo, nuestros ideales de justicia se hacían fuertes. Y para despejar cualquier sospecha de farsa nos creímos de buena fe la historia de la violencia como partera de un mundo igualitario.

Después todo fue contarle a quien quiso escucharnos nuestra insigne conversión a la militancia rebelde, dándole a nuestras reuniones el carácter clandestino que merecían bajo el cobijo de las plateas del cine Sur, recinto plagado de murciélagos donde la discusión doctrinaria alternaba con el solaz visual procurado por historias de naturaleza concupiscente.

Mi itinerario de comunista adolescente y confeso me condujo a las marchas recalcitrantes de los campesinos-propietarios de Pomalca, Tumán y otras ex haciendas chiclayanas protestando por el descalabro de aquello cuya destrucción se hallaba en el decreto mismo que lo creó. También asistí a conciliábulos de profesores que urdían paralizaciones y huelgas con cuidadoso cálculo, y me adherí a manifestaciones en las que se proclamaba el advenimiento del poder popular. 

Los años me han enseñado que hay una edad para todo, incluso para jugar a ser comunista bajo los empecinados ideales justicieros de la juventud. Lo importante es que a uno le quede claro, más temprano que tarde, que no existe causa colectiva superior en nombre de la cual las libertades puedan ser abolidas. Si bien de forma indirecta, algunos candidatos han insinuado agigantar al Estado si llegaran a la presidencia, algo que suele ser el principio de estas aventuras igualitarias que conducen a un inexorable despeñadero. Valdrá la pena ir advertidos este 10 de abril.

domingo, 20 de marzo de 2016

Y digo patria


Por algo uno se va de este país, y por algo uno vuelve. Dos veces creí levantar vuelo para siempre con el alma contrariada, y dos veces regresé con el corazón alocado por la inminencia del reencuentro. Apenas uno de los muchísmos casos de amor-odio que palpita entre el Perú y sus hijos más apasionados.

La primera vez, tras una aventura de revolucionarios adolescentes que tuvo el desenlace de un cuento de hadas, partí con la sensación de que el Perú es un país que no concluye (Vargas Llosa dixit) y por eso nuestro vasto repertorio de intentos fallidos expresados en interminables “pudo ser”, “casi” y “triunfos morales” que se anexan líricamente a las causas nacionales que nunca fueron, verbigracia el fútbol o un gobierno memorable por sus logros. Me asaltó la idea de adoptar los usos y costumbres de otros, y si el destino lo quería incluso cambiar de nacionalidad.

Vana pretensión. Apenas instalado indagué por los elementos –mínimos entonces- que sostuvieran mi relación con el Perú. Fue así que di con el almacén de un argentino al que arribaba después de un viaje de cuatro horas para adquirir la edición dominical de El Comercio. También me las arreglaba –en la ciudad más extensa del mundo- para ser feliz cuando podía ante un cuarto de pollo a la brasa. Y en fin, fue durante aquella estancia que a fuerza de nostalgia hice creer a despistados interlocutores que nuestras playas eran fieles extensiones del paisaje caribeño.

En una segunda ocasión, con la certidumbre de que a la deriva financiera de mi centro de labores le aguardaba un seguro naufragio, me fui rumiando el sabor rancio del éxodo bajo apremio. Pero tan solo tocar mi destino sucedió lo mismo que años antes: la ansiedad sin tregua de proclamar mi origen.

Eso es lo que pasa: más allá del caos y el bullicio, el tráfico salvaje, las calles bombardeadas, la pillería, el delito y la miseria, este país posee algún misterioso elemento que obra equivalente paradoja, a saber: irritación en la cercanía y añoranza en la distancia. Acaso sea la más honda y compleja manifestación de peruanidad.

domingo, 13 de marzo de 2016

Apocalípticos e integrados




 
Desde las tesis de la Escuela de Frankfurt y la saga de debates que provocaron, avivadas dos décadas más tarde por Umberto Eco y su Apocalípticos e Integrados, cuya publicación a mitad de los años 60 recibiera el fuego graneado de los tributarios de la primera, la industria de la cultura mediática, sus códigos, su evolución, su injerencia e influencia en la vida ciudadana, y en fin, todo ese espectro impredecible de tendencias y escenarios derivados de su naturaleza cambiante, no había ocupado ni preocupado tanto a quienes tenemos un vínculo directo con los mass media.

Un recuento rápido del devenir mediático del último siglo nos llevaría a establecer como hitos -por sus alcances, efectos y por la forma en que terminaron incorporándose a la vida de los hombres-, al cine, la radio, la televisión, la prensa, y aunque en un principio costara aceptarlo, las nuevas tecnologías de comunicación y lo que vendría a ser la suma de todas ellas: Internet.

Sobre lo que supone para los medios la última oleada tecnológica, que ha traído consigo un abanico de redes sociales de las que nadie o muy pocos quieren quedar afuera, José Luis Orihuela, profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra, sostuvo hace un tiempo que “si este tipo de cosas no cambian al periodismo, ya no sé qué podría cambiarlo”.

Para quienes en algún momento defendíamos unas formas, digamos puristas, de ser periodista y hacer periodismo, la frase de Orihuela hubiese sonado peregrina y sacrílega. Pero los cauces por los que vienen discurriendo las prácticas informativas nos llevan a tomar las cosas con prudencia y desaprensión. Después de todo, volviendo a Eco, cuando publicó Apocalípticos e Integrados varios de sus críticos, entendedores de la cultura como un bien aristocrático y exclusivo, dijeron socarronamente que gracias a él Supermán ya tenía sangre azul.

Esta podría ser la clave: ¿podemos considerar hoy día al periodismo como el único acopiador, fabricante y depositario de información? Se trata indudablemente de una posición cada vez menos sostenible, a riesgo de acabar paralizados por una mirada pesimista, terminal, del oficio periodístico. Habría que considerar por el contrario la experiencia de quienes ven en Internet y las nuevas tecnologías a formidables aliados sin menoscabo de los fines de una prensa seria. 

En una entrevista brindada a Esther Vargas cuando visitó el Perú unos años atrás, el profesor Orihuela expresaba lo siguiente: “Los periodistas, como todo el mundo, temen aquello que desconocen, y más aún si amenaza su estatus social y profesional. Ante el nuevo escenario de la comunicación pública caben dos actitudes: la de quienes se instalan en la queja y en el discurso apocalíptico y la de quienes están dispuestos a cambiar su cultura y reinventar unos medios y unas profesiones que seguirán siendo necesarias sólo si saben hacerse de una manera diferente”.

Echando mano de una analogía culinaria que encontré certera, los periodistas debemos asumir los nuevos escenarios como la oportunidad de convertirnos en chefs de una alta cocina informativa. No es sencillo, pero el reto está allí.


domingo, 6 de marzo de 2016

Playas


Uno
Debo a un viaje inesperado, como tantos, el hallazgo de dos playas que la memoria persiste en conservarlas como fueron. Y a otro más el haber recalado en una bahía adonde la imaginación me lleva siempre.

Dos
Terminábamos de avecindarnos en Chiclayo y en un rapto de aventura el tío Edmundo apareció un día con la proposición de enrumbarnos al norte sin definir destino. En la familia a este tipo de ofertas jamás se oponían negativas, así que poco antes de que cayera la noche la solícita Rambler station wagon iniciaba otra de sus incontables travesías.

El tío Edmundo quiso ponerse al timón y luego de un tramo largo, tras sortear con fortuna las curvas y almas en pena de la cuesta de Ñaupe –un paso para el cual era menester encomendarse a todas las vírgenes- y de cenar en Chulucanas portentosos caldos de pavo, estacionó la camioneta al costado de una ramada en las inmediaciones de Tumbes. Las primeras luces comenzaban a despuntar mientras él indagaba por el desayuno del día.

Como en todo viaje que se digne de espontáneo, había que continuar. Así fue, y luego de un alto alimenticio en el ecuatoriano puerto de Machala, de común acuerdo se tomó la decisión de dar la vuelta. En esas circunstancias nos recibió Zorritos.

Los mayores eligieron el antiguo hotel de turistas para pasar la noche y beber unas cervezas en su terraza. A mí el esplendor de su playa a las cinco de la tarde me provocó un hechizo de larga duración. Si en lo simple radica lo bello y lo cierto, entonces ese sitio era hermoso y verdadero: arena, mar, lanchas de pescadores, el arrullo de las olas. Todo podía contemplarse auténtico y verosímil en esa caleta, de las que quedan pocas.

A no muchos kilómetros de allí existía otro remanso de pescadores -Máncora-, desfigurado hoy al extremo de haberse convertido en algo completamente distinto de lo que fue. Porque la profusión de hoteles y visitantes no ha mejorado a esta caleta, sino todo lo contrario. Por eso me solazo con el recuerdo calmante de su playa blanca y mar azul en estado virginal, lo mismo que con el de sus magníficas tortillas de langostinos, de las que uno podía dar cuenta con la maravillosa sensación de estar solo en el mundo.

Tres
Un recorrido a través de la costa californiana depara experiencias varias. El acompañamiento de una gaviota en sereno vuelo en el trayecto del ferry hasta la isla de Alcatraz es una de ellas. Que en el Barrio Chino de San Francisco se deba eludir en cada esquina a pacíficos residentes orientales con problemas de daltonismo también.

El descubrimiento de Carmel by the Sea en el camino a Los Ángeles fue fortuito, pero su impronta es imperecedera. En sus arenas transparentes, en los cipreses que vigilan y ventilan la playa, en el horizonte interminable sobre el mar, hay algo único y enigmático. Considérese como valor agregado de este hallazgo a una dama en bikini que bebe el vino de Napa Valley bajo los rayos del sol, y por supuesto el conmovedor espectáculo de las ballenas apareándose frente a la bahía en obediencia a los mandatos de la naturaleza. Sin duda, volver a esta playa es una tarea pendiente.