martes, 5 de julio de 2016

Divina irreverencia gaucha




¿Qué tienen los argentinos que no tengamos los peruanos, los mexicanos o los franceses? ¿Por qué esa incómoda pedantería que los distingue y a tantos les resulta insoportable puede trocar, por una irreverencia que también les es consustancial, en rendida admiración por las cosas que hacen?
Existen dos materias, digamos mundanas, en que el genio argentino se manifiesta con peculiaridad: el fútbol y la publicidad. El fútbol trasciende su dimensión deportiva y es parte de un weltanschauung colectivo, una forma de entender la vida con los dramas y los esplendores que le son inherentes. Por eso este deporte puede llegar a convertirse en cuestión de Estado. Y por eso la renuncia de Messi luego de perder la final de la Copa América con Chile ha tenido al país en vilo, con tirios y troyanos en una cruzada cuya misión es el retorno glorioso del número uno a la selección.
Lugar para la inventiva publicitaria, una amalgama de neorrealismo italiano, penuria porteña y fina ironía –la más difícil- que ha hecho de un sinnúmero de comerciales argentinos verdaderas piezas de colección. El último capítulo de esta secuencia viene dado por un mensaje de Dios a Messi. Tal como se lee: Dios hablándole al capitán albiceleste, recordándole su rutilante trayectoria y prometiéndole nada menos que una epifanía después de que regrese al equipo y cumpla con la tarea que tiene pendiente.
¿Una licencia excesiva? ¿Sacrilegio? ¿Herejía? Para nada. Valga recordar que entre el fútbol argentino y Dios existe una relación que viene de antes. ¿No fue la mano del Todopoderoso la que le permitió a Argentina avanzar en México 86 y acaso su inapelable voluntad convertirla en campeona de aquel Mundial?
Conversaba una vez con un amigo argentino bajo el frío de Denver y le hice de repente una pregunta que encajó de la mejor manera: “¿Qué tan cierto es aquello de la petulancia rioplatense?”, le dije. Rodolfo me miró por unos segundos, hizo un consentimiento lento con la cabeza, y muy sereno me respondió: “Es verdad, che. Porque de otra manera no seríamos argentinos”.



miércoles, 8 de junio de 2016

Periodismo: ¿imparcialidad o transparencia?





No nos ilusionemos: los tiempos de campaña electoral no son los más aconsejables para pedir ponderación y juicio sereno a los involucrados, que somos todos, candidatos y electores. Las pasiones se hallan a flor de labios y en estas circunstancias, en especial para los primeros, prever los efectos de las compulsiones verbales deviene en un acto inútil. Lo dicho dicho está y ya sabemos que la batahola subsecuente habrá de ser efímera y en definitiva no habrá daños que lamentar. 
Como también es habitual en estas contiendas, la prensa no ha sido ajena a cuestionamientos que, verdaderos o no, deberían dar pie a una revisión sosegada de los modos en que asumimos nuestro oficio. Una crítica recurrente de la opinión pública es que ni los medios de comunicación ni los periodistas somos imparciales, adjudicando especialmente esta percepción a intereses de orden económico. No es ninguna novedad que, en el caso peruano, a los ojos de un grueso sector de la población los periodistas seamos ni más ni menos que unos mercenarios.
Dos hechos recientes que tuvieron por protagonistas a sendos programas televisivos han acentuado la disminuida credibilidad de la prensa nacional. En el primer caso, con una vehemencia ingenua y poco profesional, se dieron por sentadas versiones en torno a graves cargos que debieron merecer un contraste cuidadoso. Pretendiendo desvirtuar tales versiones, el segundo programa fue más allá y distorsionó intencionalmente unas conversaciones en audio. Nada de lo hecho en uno y otro caso es periodismo. Así de simple.
Con todo, es indudable que medios y periodistas han procurado proceder de acuerdo a modelos de imparcialidad, prudencia y equidad, que además de un respeto absoluto por la verdad son los referentes de un oficio obrado con decencia. Ahora bien, sin incurrir en las faltas antes mencionadas, rayanas más bien en lo ilícito desde una perspectiva deontológica, cabe preguntarnos hasta qué punto temas debatibles como la política, la religión y los deportes son susceptibles de admitir el gusto, el oído y la visión peculiar de quien los aborda o del medio que los publica.
Adviértase que no se trata en ningún caso de sesgar, ocultar o tergiversar la verdad a la que nos debemos, que supondría la perversión de nuestro rol de interlocutores entre la realidad y la ciudadanía. Lo que propongo, a riesgo de sumarme a otros apóstatas, es humanizar los contenidos periodísticos con aquellas sensaciones, impresiones y emociones de las que por naturaleza somos depositarios los individuos. Se trata de una tesis largamente expuesta por quienes creen que el buen periodismo poco tiene que ver con esquemas, parámetros y corsés.
Hace poco el semanario británico The Economist, una publicación próxima a cumplir dos siglos de vida, presentó como portada una viñeta en la que Donald Trump, candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos, aparece montado sobre un elefante, símbolo de su partido. La sutileza está en que Trump lleva un atuendo de animador circense, pero muy cerca de su figura un titular deja en claro la posición de la revista: Trump´s Triumph America´s tragedy (El triunfo de Trump la tragedia de Estados Unidos).
Evidentemente estamos ante una primera plana abiertamente contraria a la posibilidad de que Trump sea elegido presidente, y este hecho es aún más significativo dado que la línea de The Economist es liberal (tal como entendemos esta corriente en América Latina), y el magnate candidato ciertamente también lo es.  La composición de esta carátula no representa ninguna falta a la verdad, pero manifiesta a todas luces la posición de la revista, una corazonada que expone con todo derecho. La nota de las páginas interiores está en la obligación de explicar el por qué, y eso es algo que los lectores valorarán.
Existe entre los periodistas latinoamericanos, hablando específicamente de política, una suerte de pudor respecto a declarar nuestras convicciones. Se piensa que al mantener en reserva los ideales con los que nos identificamos enviamos a la audiencia el mensaje de nuestra imparcialidad e impedimos de ese modo que surjan suspicacias. Creo lo contrario. Creo que la transparencia es un bien inestimable en toda circunstancia y que en aras de recobrar credibilidad nos conviene bastante más a los medios y a los periodistas presentarnos sin medias tintas.
En el fondo, saber qué terreno están pisando será algo que las audiencias reconocerán. Y con eso es mucho lo que la prensa nacional tendrá a favor.


martes, 5 de abril de 2016

Ley de Murphy y pensamiento lateral


A días del acto que trazará el devenir nacional por los próximos cinco años o más, cabe recordar al electorado que a las acaloradas emociones que gobiernan la campaña sigue la responsabilidad de asumir el voto emitido. En las buenas y en las malas. En los aciertos y en los despropósitos.

No existe en esta invocación cuestionamiento alguno al derecho y la libertad de elegir a quien cada cual tenga a bien. Sin embargo, a tenor de lo expresado, nunca estará demás ejercer tan crucial potestad con la cabeza fría antes que con el corazón caliente.

Dos son los planteamientos fundados en la evidencia empírica que avalan un llamado al voto responsable.

Ley de Murphy

Luego de estar al frente de pruebas militares en el desierto de California, Edward A. Murphy Jr sentenció con conocimiento de causa un adagio contundente: "si algo puede fallar, entonces fallará". Si bien hay quienes ven en la Ley de Murphy un axioma poco científico y pesimista, la realidad se encarga de probarlo una y otra vez.

Pensemos por un momento en personajes de la fauna política nacional que encaramados en el poder no presagiaban precisamente lo mejor. Pensemos por ejemplo en Juan Velasco Alvarado, Alan García I, Alberto Fujimori, Alfonso Barrantes, Susana Villarán, Ollanta Humala y Nadine Heredia. ¿No son acaso pruebas fehacientes de la indeseable probabilidad de la que habla Murphy?  No se diga después que no fuimos advertidos.

Pensamiento lateral

Edward de Bono propuso medio siglo atrás resolver los problemas de una manera distinta, creativa. Puso por nombre a este procedimiento pensamiento lateral, que en corto supone encontrar variantes a la forma en que habitualmente pensamos que podemos resolver nuestros problemas.

El conductismo electoral prescribe que a mayores ofertas mayor número de votos. Tal proceder puede entenderse desde la lógica de los candidatos, y para dar fe de ello los tenemos hace tres meses prometiendo el oro y el moro. Sin embargo, siguiendo a de Bono, se nos presenta la estupenda oportunidad de entrenarnos en el pensamiento lateral votando este 10 de abril por quien menos promesas haya hecho.

Téngase en cuenta que más no siempre es mejor, y que simplemente un plan de gobierno inteligente y coherente puede ser la clave de grandes resultados.

domingo, 27 de marzo de 2016

El comunista que no fue



El ímpetu conspirador debió fraguarse en la modesta biblioteca de maestro del padre de Ramoncito. Aunque la arenga inflamada de Vladimir Ilich Ulianov representaba a los 15 años un inextricable acertijo, mientras leíamos las páginas amarillentas de Los amigos del pueblo, un folleto que anticipaba la caída de los zares y el surgimiento de un proletariado supremo, nuestros ideales de justicia se hacían fuertes. Y para despejar cualquier sospecha de farsa nos creímos de buena fe la historia de la violencia como partera de un mundo igualitario.

Después todo fue contarle a quien quiso escucharnos nuestra insigne conversión a la militancia rebelde, dándole a nuestras reuniones el carácter clandestino que merecían bajo el cobijo de las plateas del cine Sur, recinto plagado de murciélagos donde la discusión doctrinaria alternaba con el solaz visual procurado por historias de naturaleza concupiscente.

Mi itinerario de comunista adolescente y confeso me condujo a las marchas recalcitrantes de los campesinos-propietarios de Pomalca, Tumán y otras ex haciendas chiclayanas protestando por el descalabro de aquello cuya destrucción se hallaba en el decreto mismo que lo creó. También asistí a conciliábulos de profesores que urdían paralizaciones y huelgas con cuidadoso cálculo, y me adherí a manifestaciones en las que se proclamaba el advenimiento del poder popular. 

Los años me han enseñado que hay una edad para todo, incluso para jugar a ser comunista bajo los empecinados ideales justicieros de la juventud. Lo importante es que a uno le quede claro, más temprano que tarde, que no existe causa colectiva superior en nombre de la cual las libertades puedan ser abolidas. Si bien de forma indirecta, algunos candidatos han insinuado agigantar al Estado si llegaran a la presidencia, algo que suele ser el principio de estas aventuras igualitarias que conducen a un inexorable despeñadero. Valdrá la pena ir advertidos este 10 de abril.

domingo, 20 de marzo de 2016

Y digo patria


Por algo uno se va de este país, y por algo uno vuelve. Dos veces creí levantar vuelo para siempre con el alma contrariada, y dos veces regresé con el corazón alocado por la inminencia del reencuentro. Apenas uno de los muchísmos casos de amor-odio que palpita entre el Perú y sus hijos más apasionados.

La primera vez, tras una aventura de revolucionarios adolescentes que tuvo el desenlace de un cuento de hadas, partí con la sensación de que el Perú es un país que no concluye (Vargas Llosa dixit) y por eso nuestro vasto repertorio de intentos fallidos expresados en interminables “pudo ser”, “casi” y “triunfos morales” que se anexan líricamente a las causas nacionales que nunca fueron, verbigracia el fútbol o un gobierno memorable por sus logros. Me asaltó la idea de adoptar los usos y costumbres de otros, y si el destino lo quería incluso cambiar de nacionalidad.

Vana pretensión. Apenas instalado indagué por los elementos –mínimos entonces- que sostuvieran mi relación con el Perú. Fue así que di con el almacén de un argentino al que arribaba después de un viaje de cuatro horas para adquirir la edición dominical de El Comercio. También me las arreglaba –en la ciudad más extensa del mundo- para ser feliz cuando podía ante un cuarto de pollo a la brasa. Y en fin, fue durante aquella estancia que a fuerza de nostalgia hice creer a despistados interlocutores que nuestras playas eran fieles extensiones del paisaje caribeño.

En una segunda ocasión, con la certidumbre de que a la deriva financiera de mi centro de labores le aguardaba un seguro naufragio, me fui rumiando el sabor rancio del éxodo bajo apremio. Pero tan solo tocar mi destino sucedió lo mismo que años antes: la ansiedad sin tregua de proclamar mi origen.

Eso es lo que pasa: más allá del caos y el bullicio, el tráfico salvaje, las calles bombardeadas, la pillería, el delito y la miseria, este país posee algún misterioso elemento que obra equivalente paradoja, a saber: irritación en la cercanía y añoranza en la distancia. Acaso sea la más honda y compleja manifestación de peruanidad.

domingo, 13 de marzo de 2016

Apocalípticos e integrados




 
Desde las tesis de la Escuela de Frankfurt y la saga de debates que provocaron, avivadas dos décadas más tarde por Umberto Eco y su Apocalípticos e Integrados, cuya publicación a mitad de los años 60 recibiera el fuego graneado de los tributarios de la primera, la industria de la cultura mediática, sus códigos, su evolución, su injerencia e influencia en la vida ciudadana, y en fin, todo ese espectro impredecible de tendencias y escenarios derivados de su naturaleza cambiante, no había ocupado ni preocupado tanto a quienes tenemos un vínculo directo con los mass media.

Un recuento rápido del devenir mediático del último siglo nos llevaría a establecer como hitos -por sus alcances, efectos y por la forma en que terminaron incorporándose a la vida de los hombres-, al cine, la radio, la televisión, la prensa, y aunque en un principio costara aceptarlo, las nuevas tecnologías de comunicación y lo que vendría a ser la suma de todas ellas: Internet.

Sobre lo que supone para los medios la última oleada tecnológica, que ha traído consigo un abanico de redes sociales de las que nadie o muy pocos quieren quedar afuera, José Luis Orihuela, profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra, sostuvo hace un tiempo que “si este tipo de cosas no cambian al periodismo, ya no sé qué podría cambiarlo”.

Para quienes en algún momento defendíamos unas formas, digamos puristas, de ser periodista y hacer periodismo, la frase de Orihuela hubiese sonado peregrina y sacrílega. Pero los cauces por los que vienen discurriendo las prácticas informativas nos llevan a tomar las cosas con prudencia y desaprensión. Después de todo, volviendo a Eco, cuando publicó Apocalípticos e Integrados varios de sus críticos, entendedores de la cultura como un bien aristocrático y exclusivo, dijeron socarronamente que gracias a él Supermán ya tenía sangre azul.

Esta podría ser la clave: ¿podemos considerar hoy día al periodismo como el único acopiador, fabricante y depositario de información? Se trata indudablemente de una posición cada vez menos sostenible, a riesgo de acabar paralizados por una mirada pesimista, terminal, del oficio periodístico. Habría que considerar por el contrario la experiencia de quienes ven en Internet y las nuevas tecnologías a formidables aliados sin menoscabo de los fines de una prensa seria. 

En una entrevista brindada a Esther Vargas cuando visitó el Perú unos años atrás, el profesor Orihuela expresaba lo siguiente: “Los periodistas, como todo el mundo, temen aquello que desconocen, y más aún si amenaza su estatus social y profesional. Ante el nuevo escenario de la comunicación pública caben dos actitudes: la de quienes se instalan en la queja y en el discurso apocalíptico y la de quienes están dispuestos a cambiar su cultura y reinventar unos medios y unas profesiones que seguirán siendo necesarias sólo si saben hacerse de una manera diferente”.

Echando mano de una analogía culinaria que encontré certera, los periodistas debemos asumir los nuevos escenarios como la oportunidad de convertirnos en chefs de una alta cocina informativa. No es sencillo, pero el reto está allí.


domingo, 6 de marzo de 2016

Playas


Uno
Debo a un viaje inesperado, como tantos, el hallazgo de dos playas que la memoria persiste en conservarlas como fueron. Y a otro más el haber recalado en una bahía adonde la imaginación me lleva siempre.

Dos
Terminábamos de avecindarnos en Chiclayo y en un rapto de aventura el tío Edmundo apareció un día con la proposición de enrumbarnos al norte sin definir destino. En la familia a este tipo de ofertas jamás se oponían negativas, así que poco antes de que cayera la noche la solícita Rambler station wagon iniciaba otra de sus incontables travesías.

El tío Edmundo quiso ponerse al timón y luego de un tramo largo, tras sortear con fortuna las curvas y almas en pena de la cuesta de Ñaupe –un paso para el cual era menester encomendarse a todas las vírgenes- y de cenar en Chulucanas portentosos caldos de pavo, estacionó la camioneta al costado de una ramada en las inmediaciones de Tumbes. Las primeras luces comenzaban a despuntar mientras él indagaba por el desayuno del día.

Como en todo viaje que se digne de espontáneo, había que continuar. Así fue, y luego de un alto alimenticio en el ecuatoriano puerto de Machala, de común acuerdo se tomó la decisión de dar la vuelta. En esas circunstancias nos recibió Zorritos.

Los mayores eligieron el antiguo hotel de turistas para pasar la noche y beber unas cervezas en su terraza. A mí el esplendor de su playa a las cinco de la tarde me provocó un hechizo de larga duración. Si en lo simple radica lo bello y lo cierto, entonces ese sitio era hermoso y verdadero: arena, mar, lanchas de pescadores, el arrullo de las olas. Todo podía contemplarse auténtico y verosímil en esa caleta, de las que quedan pocas.

A no muchos kilómetros de allí existía otro remanso de pescadores -Máncora-, desfigurado hoy al extremo de haberse convertido en algo completamente distinto de lo que fue. Porque la profusión de hoteles y visitantes no ha mejorado a esta caleta, sino todo lo contrario. Por eso me solazo con el recuerdo calmante de su playa blanca y mar azul en estado virginal, lo mismo que con el de sus magníficas tortillas de langostinos, de las que uno podía dar cuenta con la maravillosa sensación de estar solo en el mundo.

Tres
Un recorrido a través de la costa californiana depara experiencias varias. El acompañamiento de una gaviota en sereno vuelo en el trayecto del ferry hasta la isla de Alcatraz es una de ellas. Que en el Barrio Chino de San Francisco se deba eludir en cada esquina a pacíficos residentes orientales con problemas de daltonismo también.

El descubrimiento de Carmel by the Sea en el camino a Los Ángeles fue fortuito, pero su impronta es imperecedera. En sus arenas transparentes, en los cipreses que vigilan y ventilan la playa, en el horizonte interminable sobre el mar, hay algo único y enigmático. Considérese como valor agregado de este hallazgo a una dama en bikini que bebe el vino de Napa Valley bajo los rayos del sol, y por supuesto el conmovedor espectáculo de las ballenas apareándose frente a la bahía en obediencia a los mandatos de la naturaleza. Sin duda, volver a esta playa es una tarea pendiente.

domingo, 28 de febrero de 2016

Honoris causa

Una suerte de obsesión académica sin precedentes se extiende entre los peruanos de toda edad. Aun cuando en sus orígenes fue visto como un asunto anecdótico, el hecho ha ido escalando en relación directa con la exhibición de diplomas, grados y títulos por parte de los involucrados en la presente campaña electoral y de uno de ellos en particular.



En opinión de los especialistas, estaríamos ante un fenómeno de compulsión colectiva refleja a partir de las virtudes que parecieran desprenderse de un doctorado obtenido a pulso en la distinguida Universidad Complutense de Madrid. Este mérito sin parangón, pero por encima de todo la firma de su Majestad Don Juan Carlos I estampada en el diploma que reconoce el grado, han devenido en la suma de las aspiraciones de nuestros connacionales.

Se sabe de jóvenes que en plena preparación para postular a una carrera de pregrado han abandonado sus estudios bajo el argumento insólito de querer optar directamente por un doctorado. "Repite todo el día doctor o nada, y por nada del mundo quiere regresar a la academia", declaró una atribulada madre al referir el caso de su hijo.

"En un par de años también seré doctora y qué lindo (sic) mi cartón tendrá seguramente la rúbrica de la reina Letizia. Pero antes quiero dejar en claro que mi propósito principal en el Congreso es el de poner coto a la muy mala costumbre de llamar doctor a cualquiera en este país. Plantearé una ley para que el solo hecho de decirle doctor a quien no lo es conlleve una severa sanción, ya lo saben", manifestó una ex congresista que abandonara la universidad en estudios generales y que ahora pugna por volver al parlamento en las filas del candidato doctor.

sábado, 20 de febrero de 2016

Utopía Perú 2051



La (verdadera) autoridad se respeta
En algún punto de los 3,000 km de autopista que se extienden de Tumbes a Tacna, un conductor que surca la vía a más de 150 km/h es detenido por la policía de carreteras. Con amabilidad, el oficial solicita la licencia de conducir y la documentación del auto. Con igual cortesía, el conductor pone en sus manos lo requerido. Si bien todo está en orden, el policía anuncia que impondrá una multa por sobrepasar la velocidad límite de 100 km/h. El conductor escucha atento y apenas pregunta por el plazo que tiene para honrar la penalidad. Eso ha sido todo y la circunstancia no es óbice para que ambos se despidan con un apretón de manos, sin billetito doblado de por medio.

Ese puerto existe
Uno de los principales destinos turísticos del Pacífico sur, El Callao amanece convulsionado por un crimen, el primero en más de una década. De momento el hecho se maneja con gran hermetismo, aunque ha trascendido que el móvil habría sido pasional. Famosa por sus encantadores malecones, restaurantes y recuperada arquitectura tradicional, la ciudad portuaria recibe alrededor de cinco millones de visitantes cada año, que valoran especialmente sus cebiches moleculares de futurista factura y la tranquilidad con que pueden desplazarse por sus añejas calles y avenidas.

Sí se pudo
Otrora conocidos como los "cuatro fantásticos", Jefferson Farfán, Claudio Pizarro, Paolo Guerrero y Juan Manuel Vargas rebosan de felicidad. Septuagenarios los cuatro, han logrado cristalizar un sueño que les fue esquivo durante sus años de actividad deportiva: clasificar a un Mundial. La satisfacción que comparten se debe al papel desempeñado en esta conquista por la Fundación Juguemos en Serio, constituida en 2025 y de la cual ellos son patrocinadores principales. "Siempre les dije a mis nietos que lo haríamos realidad y así ha sido", manifestó Pizarro tras el partido definitorio contra Bolivia. "Daremos mucho que hablar en Mozambique 2052", complementó Guerrero por su parte.

Nadine
Tras sucesivos e infructuosos intentos por retornar a Palacio de Gobierno, asegurando que su mandato durante el quinquenio 2011-2016 representaba suficiente credencial para recibir la confianza ciudadana, Nadine Heredia da un golpe de timón y de suerte a la vez. En alianza con Renzo Costa diseña una línea de agendas signature con sensores GPS que permiten a sus propietarios recuperarlas ante una eventual sustracción. En poco tiempo, las agendas Nadine se han convertido en un inusitado éxito mundial. "La verdad, esto era lo mío", declaró la señora Heredia luego de ser reconocida como la empresaria senior del año por la Asociación de Exportadores (ADEX).

sábado, 13 de febrero de 2016

Allí está el detalle




Aunque algo tarde, un candidato ha irrumpido en escena suscitando francas adhesiones en el nunca bien ponderado grupo de indecisos, planteando de paso serios dilemas en quienes tenían ya definido al depositario de su voto.

No se trata propiamente de un outsider -ese personaje mesiánico que por razones insondables espera este país desde tiempos inmemoriales- sino de alguien que parece encarnar rasgos ajenos al quehacer político nacional, a saber: sosiego, buen juicio, ausencia de prontuario policial, honorabilidad y honestidad. Decencia, en una palabra.

Sin embargo, lo que a todas luces tiene fascinados a sus seguidores es el hecho de que este candidato calce los zapatos sin medias, una ventaja competitiva que en ningún caso debe ser desestimada. Hay quienes lo han comparado en las redes sociales con Julio Iglesias, cuyo gusto equivalente alcanzara dimensiones de moda durante la década del 80. Quien también tenía esta costumbre en ocasiones casuales era García Márquez, que además creó a partir de ella un axioma que pocos se atreven a objetar: que las medias son un desastre a la hora de hacer el amor.

En fin, habida cuenta de que la campaña entra en la recta final, sería una negligencia de consecuencias imprevisibles que el candidato en mención mostrara algún día sus pies cubiertos con medias. El genuino detalle de no utilizarlas -que desde la óptica del meta lenguaje corporal puede interpretarse como un acto de transparencia- le ha granjeado simpatías que fácilmente se traducirán en votos. Cuidado entonces con romper el encanto, aun si pasara a segunda vuelta y las cosas debiesen definirse en los invernales días de junio.

sábado, 6 de febrero de 2016

Basta ya de fotos



Tres son los principios que guían a los miembros de la sociedad secreta Basta ya de fotos. Primero, sin menoscabo de la libertad de fe de quienes la integramos, un legítimo celo por la figura -tanto propia como ajena- cuyos fundamentos más hondos se encuentran en el precepto bíblico de ocultarse y desaparecer, o sea, un ejercicio de perfil bajo que en tiempos en que la (sobre) exposición demanda apenas un clic debe representar para muchos un perfecto disparate.

Sigue a esta premisa una idea que bien podría haber pasado de moda: pudor. Y no solamente en la acepción que lo vincula al recato de orden carnal, sino en el de una frente a la cual la falta de decoro deviene en inocente desliz: la banalidad, entendida como la debilidad por registrar imágenes sin motivos valederos o, más preocupante todavía, la de aparecer en ellas sin ton ni son.

Acaso inspirado en el pensamiento del gran Borges, quien sostuvo que los espejos y el acto copulativo son innobles porque reproducen a la especie humana, el tercer principio sugiere detener el alocado afán de la gente por multiplicarse a través de las imágenes. Damas de todas las edades, pongamos freno a la compulsión de estirar el brazo o acoplar un extensor al celular para perennizar un encuentro de amigas en un baño público. Y a los temerarios que acometen hazañas como la de registrar sus dos segundos al lado del vacío, en verdad les decimos que reserven la adrenalina para mejores causas.

Son varios los estudios que a partir de este afiebrado culto visual han encontrado en él un origen rayano en lo clínico. Así, la Universidad de Arkansas ha determinado que aquellos que publican constantemente fotos en las redes sociales tienen problemas de inseguridad y muy poca autoestima. Una lógica apresurada los lleva a pensar que para ser aceptados nada mejor que subir secuencias fotográficas desde los mejores ángulos. La secuela de “likes” cumplidores podría complicar aún más el cuadro.

La sociedad secreta Basta ya de fotos nada tiene contra la fotografía, maravilloso invento gracias al cual es posible atesorar valiosas evidencias del planeta que habitamos y de seres cuyo paso por él ha valido la pena. Aunque sabemos que la tarea será compleja, deseamos que en honor de la memoria de Daguerre y Niepce estos postulados sean entendidos y que la próxima vez que alguien le proponga un selfie se detenga por un momento, tome conciencia de que podría ser prensa de una patología de indeseables efectos y decida sabiamente desechar el impulso de robar cámaras. 


domingo, 31 de enero de 2016

Problemas y soluciones




Un general de la policía declara rotundo a un reportero que “el cinturón de seguridad es la diferencia entre la vida y la muerte”. ¿Debemos pensar que por utilizarlo estaremos a salvo de las incontables salvajadas de quienes se ponen al timón en este país? ¿El exceso de velocidad, la falta de precaución, lo poco que importan las normas de tránsito, la carencia absoluta de sentido común, podrán ser resueltos abrochándonos el cinturón?  

Un principio de la gestión señala que los problemas persistirán mientras no se identifiquen las causas que los provocan. Honestamente, y contrariando al solemne oficial de la policía, el origen de tantas e interminables muertes sobre el asfalto se encuentra en las alteradas mentes de los conductores peruanos. Por supuesto que los cinturones salvan vidas, pero de poco servirá abrochárselos y las multas que se impongan por no hacerlo si antes no se exige sensatez a quienes manejan.

Disfrútalo bien caliente
Repito lo de cada verano: esta es una estación que fatiga, hace sudar, joroba día y noche, bastante más cuando estamos en campaña electoral. Y sin embargo, ¿hay quien no vincule sus recuerdos más queridos a estos despiadados meses del año? Pura y humana contradicción.

Mea culpa
En mi último post (¿Quién dijo que eran graciosos?, 24 de enero), me refería a lo mortificante que puede ser escuchar a un payaso cuando se pretende conciliar el sueño un sábado por la tarde, suplicando para ellos una sanción tan extravagante como imposible: la pena de muerte.
Curiosa coincidencia, apenas horas después alguien que volvía de Huaraz me contó la historia de los niños de Yungay que sobrevivieron al aluvión de 1970 gracias a que se hallaban en una función de circo en lo alto de la ciudad.
La historia es más o menos conocida y he podido saber que el circo se llamaba Verolina. Lo novedoso es que entre quienes impidieron que los chicos rompieran filas, emprendiendo una probable carrera hacia la muerte, hubo payasos. Termino por tanto con la expresión de un sincero propósito de enmienda: larga vida para aquellos seres de nariz colorada y zapatos inverosímiles que actúan ejemplarmente.

domingo, 24 de enero de 2016

¿Quién dijo que eran graciosos?




Uno
Cumplir cuatro años es un acontecimiento de naturaleza trascendental cuando existe la promesa de un kart a pedales Lamper, milkshakes en el Bar BQ y una matinée celebratoria con los primos, los amigos del barrio y un invitado especial: Roberto Beaumont, aka Momón.
Toda una figura de la televisión nacional, el susodicho era entonces una especie de stand-up comedian precoz, después de que sus habilidades fueran descubiertas casualmente en Trampolín a la Fama y poco después el tío Johnny lo incorporase a su programa.

Dados sus antecedentes ante las pantallas, mi madre oyó las sugerencias de quienes le dijeron que Momón era el personaje llamado a hacer memorable mi fiesta. Y lo contrató. Y Momón estuvo en mi fiesta. Y yo no lo recuerdo, pero sé que además de arrasar con todos los dulces que encontró sobre la mesa, el muy gracioso imaginó que la fiesta era suya e hizo lo que quiso. En el fondo, no hacía nada distinto del cometido de estos personajes. ¿O es que existe payaso que no pretenda robarse la fiesta?

Dos
Su temprana aversión a estos seres de nariz colorada y zapatos inverosímiles se hizo manifiesta cuando desde su coche le advirtió amigablemente a uno que repartía volantes que no se le acercara: "No payasito, quédate allí nomás, porque si te acercas voy a gritar fuerte". Valeria, mi hija mayor, tenía año y medio pero ya entonces un rechazo visceral a la impostación absoluta de la que hacen una forma de vida estos individuos no admitía negociación.
Tomarle la arquetípica foto con Ronald McDonald en un restaurante de Denver a los tres fue una hazaña. Para evidenciarlo están las imágenes.

Tres
Procuro descansar un sábado por la tarde y de repente el canto de los pájaros es interrumpido por el monólogo ruidoso, monocorde, vacuo, nada gracioso, proveniente de una fiesta infantil. Los días son como son y no como uno quisiera que fuesen, pero tratemos de poner fin a esto: ¿sería posible que entre los millares de postulantes el Congreso alguno de ellos tuviese a bien proponer, de ser depositario de la confianza ciudadana, la pena de muerte para aquellos payasos que le jodan la vida a la gente los fines de semana?

domingo, 17 de enero de 2016

Haciendo patria


Que en el Perú carecemos de vocación patriótica, voluntad de servicio y un interés por el bienestar general representa una falta a la verdad. Para demostrarlo tenemos a 19 personajes que sin consideración de las incómodas exudaciones de verano recorren el país entero recordándonos que son ellos los depositarios de la redención nacional. Diecinueve almas cuyos méritos, probidad y elevado entendimiento de la gestión pública son atributos construidos a pulso y sobre los que no debería existir el menor atisbo de duda.

Ante palmaria prueba de consagración al Perú, apenas algunas cuestiones de poca monta: ¿Qué los lleva a emprender esta carrera de fondo hacia la presidencia de la República? A ver, señores candidatos, a calzón quitado, ¿cuáles son las motivaciones más hondas por las que -unos por primera vez y otros con pretensiones de repetir el plato- buscan el poder?

Dios los cría...

Sean Penn y Kate del Castillo, a quienes no se les puede desmerecer cualidades histriónicas, no quedan bien parados tras revelarse los entretelones la ya famosa -aunque dudosa en términos periodísticos- entrevista al Chapo Guzmán. En otro de los arrebatos de la militancia antisistema que los dos comparten -que por lo demás no deja de ser un estupendo negocio-, parecieran no haber medido las consecuencias de adentrarse en las procelosas parcelas del capo mexicano.
Probablemente se libren de los dictados de la justicia, pero la moral está debilitada y lo que pretendan hacer en nombre de ella por lo menos arqueará cejas. A no dudarlo, la megalomanía es consustancial a muchos de los de la mancha progre.

viernes, 8 de enero de 2016

Nos hace falta letras

El economista venezolano Ricardo Hausmann expone los fundamentos de la productividad y el progreso con una ilustrativa analogía. Dice él que la capacidad de producir mejor, a un costo menor y de manera diversificada tiene que ver con el número de letras (volumen de conocimiento para el caso) del que disponen las naciones.


Así, en una relación directamente proporcional, a mayor número de letras, mayores las posibilidades de ensanchar el horizonte de desarrollo. Y viceversa.

Queda claro que en la multiplicación del abecedario productivo hay involucrados varios factores.

De un lado el humano, que en palabras de Hausmann tiene que ver con la acumulación de un conocimiento colectivo fundado en sinergias, algo que puede entenderse con la siguiente figura: probablemente sepa muy poco del proceso de producción de un chocolate, pero cuando me llevo uno a la boca eso ocurre gracias a que existen personas que cultivan el cacao, otras que saben darle un tratamiento para convertirlo en insumo de golosinas y otras que manejan los procesos industriales para darle la forma en que llega a mí.

Pero el abecedario del desarrollo requiere también de un sostén que viene dado por el acceso a educación, salud e infraestructura de calidad, Si no fuese así, su alcance se verá disminuido.

Lo anterior permite comprender por qué los países desarrollados cuentan con bienes y servicios diversos y de óptima factura, y también por qué a nosotros nos cuesta acumular conocimiento y lograr mejores estándares de vida: nos hace falta letras.

Las naciones líderes han sido capaces de acopiar una gran cantidad de letras (conocimiento) y en virtud de ello tienen múltiples y sólidas competencias productivas. Lo mismo que sucede cuando, llevada esta metáfora al plano del idioma, de donde proviene, quienes se preocupan por cultivar el bagaje lingüístico poseen el valioso dominio de la expresión.