Allá está. ¿Puedes verlo? Ahora es temprano y la neblina no nos permite distinguirlo, pero más tarde, cuando quizá ya no estemos aquí, la bruma se habrá despejado. Por este camino angosto, por estas rieles que mueren de herrumbre hace décadas, solíamos venir, a la misma hora, dando saltos y con la mochilas repletas de aparejos y carnada. Cantábamos, sin importarnos que la brisa salina nos cuarteara la piel y la arena se nos filtrara por los ojos. Éramos unos niños felices.
Cada viernes, mientras el padre Juan invocaba a portarnos como buenos chicos y a no faltar a misa de domingo, Jaime, Carlos y yo dejábamos a punto nuestros planes para el sábado. Nos reuníamos en la puerta del mercado tan pronto como amanecía, y luego íbamos en pos de las almejas recién llegadas del puerto. De alguna manera devolvíamos al mar lo que es del mar.
Por esos días aprendimos a fumar. Jaime le robaba cigarrillos a su padre y yo traía unos que un tendero italiano me vendía clandestinamente. Fumar nos ayudaba a soportar el frío -porque veníamos en invierno, como ahora- y nos proporcionaba la sensación de ser adultos. Rápidamente poníamos manos a la obra: sobre una tablita vaciábamos las conchas, extraíamos las almejas y las cortábamos en tiras, de modo que cada trozo abarcara la curvatura del anzuelo. Después de ensartarlas, desenrollábamos los sedales, atábamos los plomos y lanzábamos nuestros cordeles al agua.
Las primeras veces traía conmigo un pequeño tablero de ajedrez imantado y proponía una partida si la pesca no iba bien. Pero el viento desbarataba el juego y terminábamos por suspenderlo. Carlos decía que venir al muelle con un juego de ajedrez era poco sensato. Tenía razón.
Ya estamos cerca. ¿Ves el faro? Es un lugar inexpugnable. Lo era al menos cuando veníamos a pescar. Varias veces intentamos entrar, alcanzar la torre. Fue imposible. La puerta había sido asegurada con un candado de hierro que no cedía pese a estar roído por el óxido, y un musgo gelatinoso que envolvía la base parecía sumarse al propósito de resguardarla de intrusos. Algunos viejos pescadores decían que ciertas noches el faro proyectaba sus haces de luz sobre el mar y guiaba a tierra a los muertos en el océano para que sus almas hallaran la paz. Esas historias nos asustaban y un día decidimos no acercarnos más.
Es mejor que te aferres de mi mano porque algunas maderas no están fijas y otras han desaparecido. ¿Recuerdas que te hablé de una maravillosa sensación de libertad al contemplar el horizonte desde el muelle? ¡Qué belleza! Tijeretas y gaviotas revoloteando en el cielo, la brisa otra vez agrietándome la cara sin dolor, el aire impregnado de sal y tú aquí conmigo.
Hemos viajado miles de kilómetros, atravesé las gélidas montañas de Norteamérica para ir a tu encuentro en el tórrido sur mexicano, nos adentramos en selvas espesas, soportamos la hostilidad de las cumbres y descendimos a los remansos de este litoral. Sé que me amas. Me lo demuestras ahora que estamos juntos en este sitio lejano donde pasé horas dichosas, inolvidables. Y pensar que todo comenzó de manera tan casual en aquel café, ¿recuerdas, Gabriela? Conversabas con un español que aseguraba hablar todos los idiomas y mientras buscaba un lugar donde sentarme me invitaron a acompañarlos. Luego él partió y nos quedamos solos.
Entonces iniciamos una charla que nos animó por completo y descubrimos el fascinante universo que pueden compartir dos desconocidos. Conversamos de todo, de tu país y del mío, de nuestros gustos, de lo que detestamos. Me revelaste detalles profundos de tu vida; desnudaste -eso dijiste- tu alma ante mí. Y lograste que hiciera yo lo mismo. No hay nadie que sepa, ni aun nosotros mismos, los arcanos de esta pasión inmensa que nos une. Ahora contemplamos este mar apacible, sus mansas olas que en instantes nos engullirán. Ya no regresaremos. ¿Para qué? El camino es largo y extenuante, nadie nos espera. Te juro que hago esto por amor. Bésame fuerte, abrázame fuerte. Este frío es pasajero, este dolor es pasajero. Nuestro viaje, Gabriela, recién comienza.
