miércoles, 7 de noviembre de 2018

Y mientras tanto el Perú



                             

¿Quién gana con el espectáculo de la política y la justicia peruana? ¿Quién o quiénes mueven los hilos de esta trama bananera? ¿Qué es lo que se busca con todo esto? ¿El renacimiento de una nación? ¿El triunfo de los buenos sobre los malos? ¿Podrían asegurar sus protagonistas -todos, sin excepción- que están libres de polvo y paja?

Es probable que ahora mismo a pocos peruanos les interese obtener respuestas. No. La atención está puesta en cuestiones más emocionantes, fina cortesía de buena parte de la prensa nacional, que debe haber logrado audiencias sin precedentes. ¿La fórmula? Una entrega por capítulos con intriga, delaciones, acusaciones, recusaciones, pausas y altas dosis de suspenso. Un suculento menú de comidilla sin complicaciones que ha caído de plácemes en un país cada vez más confundido.

He aquí lo que legítimamente preocupa a quien esto escribe, de oficio periodista. Plantearé las cosas con un ánimo de mea culpa, a la espera de un acto de contrición gremial. Bajo la justificación del interés público, ¿no hemos incurrido peligrosamente en prácticas propias de los regímenes totalitarios? Quienes tenemos un recorrido en la prensa sabemos a qué nos referimos, y por ello resulta menos comprensible la actuación de medios y colegas, sobre todo en lo que atañe a la función informativa.

En el abecé del periodismo que por la fuerza o por voluntad propia se allana a los poderosos, figura como una premisa básica que es imperativo crear en el conglomerado social la sensación de que el gobernante tiene elevados ideales y por ello emprende una cruzada contra todos los que se interpongan a este propósito. Por ello también la necesidad de que los procesos sean públicos y se exponga a quienes reciben condena al repudio y escarnio de la gente. Hace un siglo la psicología de masas prescribía que con esta pauta la popularidad y vigencia de quien encarnara el poder estaba garantizada. Desde la Unión Soviética hasta Cuba y un sinnúmero de casos en los cinco continentes, esta ha sido una de las actuaciones más perversas de la prensa al servicio de las tiranías.

Ciertamente vivimos en democracia y como hemos dicho nada justifica que este tipo de procesos se conviertan en espectáculo. Los periodistas estamos obligados a respetar el derecho a la privacidad de las personas, más allá de los delitos que puedan haber cometido. La justicia no requiere del despliegue mediático para aplicar la sanción que corresponda a cada quien. Las condenas no tendrán mayor valía porque los ciudadanos las reclaman.

Decía el ilustre profesor José María Desantes, cuyas clases tuve la suerte de atender en la Universidad de Piura, que la libertad y el derecho a la información se cumplen ejemplarmente cuando los periodistas asumimos que son también libertades y derechos de la audiencia y en consecuencia ofrecemos contenidos sin ninguna pretensión de manipular a la opinión pública.

Para terminar, en su última columna (Dos Barbaries, El Comercio 07.11.2018), el sociólogo Hugo Neira sostiene que la bipolarización -el enfrentamiento destructivo por el poder- “no es sino un pasado que no se va”. Qué desesperanzador resulta que a menos de tres años del Bicentenario ya muy pocos hablen de las metas que nos habíamos trazado como nación y menos aún consigamos aprender las lecciones de nuestra historia.


lunes, 13 de agosto de 2018

Hiroshima y Nagasaki: secuelas a 73 años del bombardeo



Hiroshima tras el bombardeo. (National Geographic)

El general Alfred Jodl, jefe de Estado Mayor del Alto Mando de las Fuerzas Armadas, había firmado el acta de rendición incondicional de Alemania ante las fuerzas aliadas el 7 de mayo de 1945. Sin embargo, la capitulación alemana no supuso el fin de la Segunda Guerra Mundial, pues en la zona del Pacífico Japón mantenía en pie sus aspiraciones de ejercer la hegemonía luego de ofrecer a varias naciones liberarlas del yugo europeo.
Cuatro años antes, el 7 de diciembre de 1941, el ataque inadvertido de la aviación japonesa sobre la base estadounidense de Pearl Harbor había determinado la intervención activa de los norteamericanos en la Segunda Guerra Mundial, declarándole la guerra a Japón. Durante todo este tiempo las tropas de ambos países libraron duras batallas en territorio chino y sobre las aguas del Pacífico.
La encarnizada contienda en varios frentes de la SGM llevó al gobierno estadounidense a iniciar un proyecto secreto bajo el nombre de “Proyecto Manhattan”. Se trataba de desarrollar un arma que equilibrara el poder de los aliados frente a sus rivales ante la posibilidad de que Alemania obtuviera la primera bomba atómica, y en el proyecto participaron Robert Oppenheimer, Niels Böhr y Enrico Fermi, entre otras personalidades de la ciencia. Finalmente, el 16 de julio de 1945, tuvo lugar el primer ensayo atómico en el desierto de Nuevo México.

La mañana del 6 de agosto de ese mismo año, exactamente a las 8:15, la ciudad industrial de Hiroshima era estremecida por una detonación sin precedentes. A 600 metros de altitud acababa de estallar la primera bomba atómica. Tenía un nombre inofensivo -Little Boy-, pero llevaba dentro una carga de más de 4 toneladas y media de uranio-235 que cobró la vida de 140,000 personas. Una densa nube vertical de seis kilómetros fotografiada por George Caron, artillero de cola del Enola Gay, el avión desde el que fue lanzada la bomba, es un nebuloso registro de aquel acto de destrucción.
Tres días después, el 9 de agosto, otra bomba de casi 5 toneladas de plutonio -Fat Man- fue detonada sobre la ciudad de Nagasaki provocando la muerte de más de 70,000 personas. El Imperio de Japón se rindió incondicionalmente una semana más tarde aceptando la Declaración de Postdam, firmada entre Estados Unidos, Reino Unido, la República China y la Unión Soviética.
Las secuelas de estas dos mega explosiones nucleares persisten 73 años después. Aunque los días en que ocurrieron las detonaciones se produjeron muertes instantáneas por efecto de la onda expansiva, la energía térmica generada y la radiación ionizante inicial, aún se cuentan por miles las personas que cada año requieren atención por enfermedades relacionadas con la radiación. Se estima que las bombas de Hiroshima y Nagasaki han provocado a la fecha más de un cuarto de millón de muertes.
Valga la ocasión para recordar que las guerras, más allá de los argumentos que se expongan, no tienen razón ni justificación.
Accede a un interesante reportaje fotográfico de National Geographic pulsando aquí.

jueves, 9 de agosto de 2018

¿Es capaz de hacer distingos la corrupción?





Una de las actitudes que limita la comprensión de los problemas del Perú probablemente sea la de reducir todo a una confrontación entre buenos y malos. Un maniqueísmo que funciona bien en los guiones cinematográficos, pero que no es lo más idóneo para entender la complejidad del país, y tampoco, como ha probado el tiempo, para encontrar las opciones de convivencia bajo el imperio de la ley a la que aspiramos como nación.

En una columna publicada hace algunas semanas en El Comercio (¿Hortelanos o republicanos?), el politólogo Alberto Vergara propone la tesis de una disputa entre institucionalistas (republicanos) y diríamos pro mercado sin bandera (hortelanos) como la madre de la corruptela que campea a diestra y siniestra. Los primeros, que propugnan en apariencia los ideales de democracia y justicia, estarían siendo derrotados por los fines crematísticos que imponen a rajatabla los segundos. 

¿Explica esta sola proposición que los actos ilícitos, por ejemplo, toquen por igual a un empresario devoto del capitalismo y al funcionario progresista que asegura realizar su trabajo como es debido? Y del mismo modo, ¿no hay apresuramiento al asociar el pensamiento liberal -por defender la libertad económica y el derecho a crear riqueza- con el cohecho y otros medios vedados? ¿Quien habla de crecimiento y la necesidad de propiciarlo es un presunto corrupto?

Estas son algunas de las interrogantes que suscita la dicotomía que plantea Vergara, y ciertamente ante todas ellas resulta difícil aventurar respuestas cerradas.

Es evidente que el Perú vive en un estado crónico, histórico, de corrupción, que circunscrito a ciertos ámbitos en sus orígenes ha escalado prácticamente a todos los niveles y sabe de las maniobras que le permiten mantenerse con vida y coleando. Procuraré describir algunas de esas artimañas.

El cohecho supone la complicidad de dos o más. Si bien en principio la corrupción tiene un carácter furtivo, lo deseable para los corruptos es que los ilícitos se hagan moneda corriente, se conviertan en parte de la cultura y de este modo nadie se sienta incómodo con sus fechorías. Cuando son sorprendidos, ¿no suelen preguntar acaso cuál es la falta que han cometido?  Y bueno, que el ánimo de corrupción haya arraigado bien podría considerarse un triunfo de los precursores de este delito.

Justamente porque consideran que todos lo hacen o deberían hacerlo, los corruptos alegan que sus actos ilícitos no representan robo alguno. Están convencidos de que son inocuos y en ningún caso nadie debe sentirse amenazado ni afectado por ellos. A fin de cuentas, se trata de las arcas fiscales, es la lógica que los guía.

Por último, no existe posibilidad de intermediaciones racionales en un acto de corrupción, que supone una premisa necesaria para elegir estar del lado de la institucionalidad o de la anomia. La razón es incómoda al delito, lo traba y complica. Por ello los delincuentes actúan en base a impulsos, por un instinto de supervivencia (real o no) que debe materializarse en dinero o bienes de otra naturaleza.

Todas estas actitudes no contemplan diferencias entre republicanos y hortelanos, pero sí -y muy hondas- entre quienes aprendieron desde niños lo que es el bien y lo que es el mal, lo debido y lo indebido, la honestidad y la indecencia y aquellos que no lo hicieron. Sin duda, como ya tantas veces se ha dicho, es el terreno formativo en el que debemos comenzar a dar las grandes batallas para desterrar el lastre de la corrupción.

domingo, 22 de julio de 2018

Es el fútbol



Existe una muy humana fascinación por la redondez, sea obra o no del hombre. No hay nada de misterio en esto; tan solo hechos que confirman la proposición.

Redondo es el vientre de la mujer dentro del que crece un nuevo ser y redonda es la forma del planeta que habitamos. Redonda habrá de ser la nacarada perla que el tiempo se encargue de pulir y redonda, tenaz y ubicua es la pelota con que se juega al fútbol.

Bien sea girando dentro de una cápsula alrededor del espacio o como objeto central de un monumento levantado en su nombre, una pelota recordará que la humanidad fue capaz de deponer rencillas y pleitos de todo calibre para compartir, pese a las disputas ardorosas en la cancha, treinta días de dicha fraterna al pie de ella. Una pelota recordará que las fronteras son un invento perverso y que los países no distinguen colores y que en vano alimentamos diferencias que no resisten la invitación de un deporte maravilloso.

Sí, es el fútbol. El fútbol y todo lo que trae consigo su poderoso llamado universal: partidos sin tregua, equipos notables y equipos briosos, jugadores inspirados. Gozo y sufrimiento en las tribunas; también fuera de ellas. El estallido que provoca cada gol. La gloria de llegar a la final. Paz. Sí, es el fútbol. La gran historia paralela de la humanidad. O quizá la única historia que quisiéramos contar y que nos fuese contada. Más allá de los millones que se mueven en torno a él. Más allá de las sospechas que recaen en quienes lo dirigen. Más allá de todo, que el fútbol nos dure siempre.

Rusia 2018 y las lecciones que nos deja



El Mundial se nos ha terminado. La selección tuvo presentaciones dignas, haciendo el fútbol que en la recta final de las eliminatorias nos permitió obtener el último pasaje sudamericano. Es un equipo con la autoestima alta, se planta, da la cara y pone el pecho -la pelea- incluso cuando las batallas le son adversas. Tienen bien ganado lo de guerreros y la pena de verlos afuera se reconforta por ese talante inédito.

Lo de la hinchada devota y fiel que no ha parado de alentarlos tampoco tiene precedentes, y si hubiese un reconocimiento a este tipo de expresiones la barra peruana tendría que estar en primera fila. Hay historias francamente conmovedoras: renuncias laborales, ruptura de chanchitos alimentados por años, tarjetas de crédito cuyas líneas han sido completamente agotadas. La fe y la pasión de los hinchas trasciende kilómetros. Miles.

Ellos lograron partir, pero aquí quedó un país animado por un fervor también enorme. Que surgió varios meses atrás, cuando tuvimos los primeros atisbos de nuestra presencia en Rusia, y creció hasta alcanzar su clímax por estos días. Cuánta buena onda ha traído consigo la presencia de Perú en Rusia 2018. Cuánta frustración ha quedado de momento olvidada por la oportunidad de ver a nuestra selección en este certamen. Cuánto aprendizaje podría y debería dejarnos esta experiencia sin parangón. Conjeturemos en torno a tres probables lecciones.

Podemos unirnos
Nadie podrá negar que durante el camino al Mundial y ya en el mismo escenario asomaron las fibras de una peruanidad sin distingos. Estadios y espacios públicos acogieron a una hinchada variopinta y el grito de gol fue uno y sonoro. ¿Podría este estado de gracia cerrar las fisuras seculares que persisten entre peruanos?

Podemos movilizarnos
En principio, es evidente que en tres décadas y media -y también sin mayores diferencias- la economía de los peruanos ha sabido de mejores tiempos. Se estima en más de 20,000 el número de hinchas que viajaron desde aquí, un fenómeno que ha suscitado sana envidia hasta en los del primer mundo. Pasión, fidelidad, pero también liquidez (aunque sea en plástico). ¿Qué tal si con una parte menor de los millones que deben haberse invertido para llegar a Rusia nos movilizamos, por ejemplo, para remover la basura de playas, ríos y ciudades del Perú bendito que nos vio nacer?

Podemos alcanzar metas
Lección para alcaldes, gobernadores, el presidente de la República, sus ministros y todos los funcionarios que anidan en nuestra frondosa burocracia. Gareca y nuestros jugadores han demostrado que todo pasa por establecer prioridades, hacer las cosas con seriedad (entiéndase bien hechas, es decir, sin cálculos personales ni corruptelas de cualquier orden), y no menos importante, pensando en aquello que tiene tanto valor y es tan poco estimado en este país: una reputación sin mancha y un nombre que sea bien recordado. Honorabilidad, en una palabra.

Si no me gustara el fútbol…



Si no me gustara el fútbol seguramente me habría ahorrado 32 años de locas ilusiones y me hubiese reconfortado con los aguerridos triunfos de Inés Melchor, Gladys Tejeda y Julio Granda.

Si no me gustara el fútbol podría haber apagado tranquilamente el televisor ante los más de cien partidos que debe haber jugado la selección en tres décadas y al conocer los resultados hubiese reaccionado con absoluta indiferencia.

Si no me gustara el fútbol no recordaría que la primera final mundialista que seguí, con ocho años, en medio de la plaza de armas de Cajamarca y a través de un radio a transistores porque no llegaba la tele, fue la de Alemania 74 con dos equipazos en la cancha.

Si no me gustara el fútbol no habría salido a celebrar con gritos alocados, montado en mi bicicleta por las calles de Chiclayo, nuestro empate con Italia en España 82. Y no me habría dolido tanto el subsecuente partido con Polonia.

Si no me gustara el fútbol me hubiese importado muy poco los goles anotados por Pizarro, Guerrero y Farfán en la Bundesliga y el paso de Vargas por la Serie A me habría sido ajeno.

Tampoco habría tomado nota de los “jotitas”, esa buena generación de chiquillos sub 17 que prometía pero que se perdió en la medianía del campeonato local y de equipos que pretendían ascender a nuestro opaco torneo. Reymond Manco, jugador estelar de aquella selección, es la expresión aún joven e inequívoca de las turbaciones que suele provocar una mal digerida fama. Por suerte sobrevivió Gallese y es arquero de la selección mundialista.

Si no me gustara el fútbol, a mitad de las últimas eliminatorias me hubiese convencido de que, tal vez con el descenso de un halo milagroso sobre estas tierras, mis nietos podrían haber tenido la dicha de ver a una selección peruana en la cita máxima del fútbol en las postrimerías de este siglo.

Y habría creído que Gareca, quien aquella malhadada tarde de junio de 1985 nos sacó de México 86, haría oídos sordos al clamor nacional que le exigía una reivindicación y la pasaría piola como sus antecesores. Pero el “Tigre” respondió al beneficio de la duda y ha cicatrizado con inteligente paciencia esa herida abierta por tanto tiempo.

Si no me gustara y no creyera que el fútbol da revanchas, de manera imperdonable habría terminado por compartir la visión determinista de los rojos e impulsando un campeonato mundial de lomo saltado. Pero un liberal jamás pierde la fe.

Si no me gustara el fútbol, en fin, no quiero imaginar lo triste que sería tener como única pauta de conversación las pillerías y vilezas de los políticos.
Pero me encanta el fútbol, el Mundial está por comenzar y tengo el pálpito de que nos irá muy bien.

viernes, 27 de abril de 2018

Educación: la necesidad de dotarla de un propósito




¿Cuál podría ser la causa de esa violencia que va al galope en los últimos tiempos? ¿Qué explica la vesania con que se cometen a diario y con poco o ningún arrepentimiento crímenes y agresiones? ¿En qué dimensión específica de los victimarios se hallan los vacíos, extravíos y retorcimientos que los impulsa a hacer lo que hacen?

Es verdad que el ánimo criminal no se explica por una sola causa, pero tal vez una que tenga particular vínculo con él sea la de la educación, o para decirlo con propiedad, la de una educación pobre, sin sustancia, carente de sentido.

La educación de los primeros años supone colocar los cimientos y perfilar la orientación que tendrá la vida de una persona. De allí que este concepto sea tributario del vocablo latín educere, cuyo significado es guiar al educando permitiendo que aflore lo mejor de sí mismo.

Ahora bien, ¿cuán probable es que la educación genere estos efectos en un país en el que una considerable proporción de niños y adolescentes proviene de hogares disfuncionales?

León Trahtemberg, quien tiene amplia trayectoria en el campo educativo, sostiene que muy pocos chicos podrán realizarse bajo estas condiciones y que no cabe postergar más la aplicación de un nuevo enfoque de la educación que conciba a la escuela como un espacio en el cual, antes que nada, los niños se sientan queridos y puedan ser felices.

"Tenemos a un 40% de niños y adolescentes peruanos con problemas de salud mental, a un 30% que sufre de depresión y a un 50% que crece en entornos de violencia familiar. ¿Y qué pasa cuando van al colegio? Los maltratan con sistemas de trabajo que los estresa, para calificarlos luego de incompetentes", explica el experto. 

Desde su perspectiva, no hay forma de que un niño pueda aprender y desarrollarse en estas circunstancias, de modo que la educación deja de tener valor y el proceso termina por truncarse. Lo que pueda suceder después es impredecible, pero sin duda este desencanto hace a un chico más susceptible de incurrir en malas andanzas.

En Escuelas Creativas, una obra patrocinada por Fundación Telefónica que recoge las ideas innovadoras del cocinero Ferran Adriá en aras de dotar de mayor potencia a la educación, se señala que gran parte del debate educativo actual está centrado en los "cómo" y no en los "por qué". Y no falta razón: el énfasis en los procesos y las metodologías nos ha llevado a perder de vista que en definitiva lo que importa es hacer las cosas con un propósito, desde luego de bien y provechoso.

Tenemos por tanto una doble tarea pendiente: de un lado, lograr que una gran mayoría de niños y adolescentes se sienta feliz educándose, y de otro, conseguir que ese aprendizaje les permita descubrir un sentido de vida.  

lunes, 9 de abril de 2018

El precio de la corrupción



Se estima que el costo de la corrupción en el Perú es de unos US$ 10,000 millones anuales, aproximadamente un 5% del PBI. Más allá de las promesas de sucesivos gobiernos por enfrentar y tratar de eliminar este lastre, no parece haber avances significativos y aún más preocupante es la posibilidad de que la corrupción continúe ganando terreno.

Esto es lo que se puede desprender del Índice de Percepción de la Corrupción 2017 de Transparencia Internacional, en el que el Perú aparece en el puesto 96 de 180 y con sólo 37 puntos de 100 posibles. En un balance de los resultados, Transparencia Internacional señala que los progresos contra la corrupción van con demasiada lentitud y concluye que, en definitiva, en aquellos países donde no hay garantías para la libertad de prensa y las estructuras institucionales son frágiles la corrupción tiende a ser mayor.

Lo primero, al margen de algunas propuestas que pretenden cierto grado de control en los medios, no representa de momento un factor determinante de la corrupción. Sin embargo, el precario papel que desempeñan las instituciones, con leyes y normas que pocos cumplen y una excesiva burocracia -un caldo de cultivo ideal para el cohecho y otros males-, sí lo es.

Nancy Yong, socia consultora de PwC, señalaba en una nota publicada por El Comercio que en industrias como la minería, construcción y extracción de petróleo y gas, sus directivos sienten que la corrupción es una “amenaza significativa”, pues la enorme cantidad de permisos y coordinaciones entre funcionarios públicos y privados crea el escenario perfecto para incurrir en el pago de sobornos. Es evidente que mientras más compleja sea una transacción y más personas se vean involucradas en la misma, la probabilidad de que se incurra en un acto ilícito tiende a incrementarse proporcionalmente.

De allí que, como sostiene Ian Vásquez, representante de Cato Institute, desmontar la maraña institucional es una prioridad, comenzando por los ministerios, que en su opinión no deberían ser más de cinco o seis. Por otra parte, es igualmente impostergable la tarea de impulsar una cultura de respeto a la ley y al derecho de otros en colegios y universidades, en niños y jóvenes todavía permeables a los valores.

Un estudio del World Economic Forum (WEF) ha probado que la corrupción es habitualmente un problema que atraviesa a toda la sociedad. Así, cuando las instituciones son débiles y lo que prima es la anomia, la transgresión y la búsqueda del beneficio propio, las prácticas corruptas se vuelven frecuentes en todo ámbito: en la administración pública, en el sector privado y en la vida cotidiana de los ciudadanos.

Tengamos presente que mientras la corrupción permanezca enraizada en las estructuras del país, alcanzar estándares sólidos de progreso y desarrollo será una ilusión. De modo que empecemos por lo primero.

viernes, 6 de abril de 2018

Lectura: cuando la seducción también cuenta



Si bien en la Prueba Pisa 2015 El Perú anotó avances en los tres ítems básicos que mide esta evaluación -ciencias, comprensión lectora y matemática-, resulta claro que aún seguimos a la zaga con relación a los países que registran los puntajes más altos e incluso con varios vecinos de la región.
Puntualmente, en lectura obtuvimos 398 puntos, bastante de lejos de Singapur (535), Canadá (527) y Hong Kong (527), los tres referentes mundiales, y debajo incluso del promedio de 493 puntos que recomienda Pisa.
Frente a estos resultados cabría preguntarse si, en efecto, la tecnología, sus nuevas plataformas y las nuevas formas digitales de leer y escribir están contrarrestando en alguna medida dichas capacidades. No son pocos los pensadores que han vaticinado que Internet y las redes sociales acabarán por darles el puntillazo final, y que en un futuro no lejano, como lo fue en los albores de las civilizaciones, leer y escribir será una prerrogativa de ciertas élites.
Con una visión más optimista, Isabel Solé, profesora e investigadora de la Universidad de Barcelona, sostiene que la lectura es una necesidad básica y por ello mismo la posibilidad de que desaparezca es muy remota. “Lectura y escritura son instrumentos indispensables para no ser discriminados y son esenciales en nuestra vida cotidiana. Nos permiten desde pulsar las teclas de un cajero automático y saber qué línea de bus coger hasta seguir una receta”.
Solé está convencida de que la lectura es una llave que abre la puerta a mundos que de otro modo serían desconocidos, y considera que más que una técnica representa una competencia. “Por ello -complementa- un sistema que no forma lectores es un sistema que necesita revisar su funcionamiento”.
La especialista no ve nada de malo en que la gente lea y escriba a través de Whatsapp, al que considera un recurso adecuado para los tiempos: rápido y al alcance de la mano. Sin embargo, advierte que ello no significa que todo deba escribirse o leerse de ese modo. “Hay muchas investigaciones que dicen que este tipo de lectura instantánea nos hace más rápidos, más multitarea. Pero nada sale gratis: también nos quita concentración”, explica. Y ciertamente leer supone concentrarse, interpretar, dar significado y relacionar el contenido mediante el conocimiento que hemos acumulado. Esto implica ya ciertos niveles de complejidad y tiempo, y sería una de las razones por las cuales para algunos chicos de las últimas generaciones leer un texto de 20 o más páginas es poco menos que un suplicio.
Para aminorar esta resistencia desde que los niños están en capacidad de leer, la doctora Solé recomienda seleccionar la lectura de manera que vayan desde los textos más sencillos a aquellos que requieren mayor adiestramiento y ciertas claves para decodificarlos. Será igualmente importante que en casa los padres inviten a leer con el ejemplo. “No hay forma de transmitir el placer de la lectura si no es experimentado. Es muy difícil que un chico se enganche con la lectura si en su casa no ve leer a nadie”, subraya. Cita en ese sentido al autor francés Daniel Pennac, quien ha dicho que “leer es uno de esos verbos, como amar o desear, que admiten muy mal el imperativo”.
Isabel Solé afirma en definitiva que “animar a la lectura significa hacer que otro tenga ganas de leer lo que tú has leído, y eso pasa por comentar, por relacionar con otros ámbitos… a veces no son caminos directos, sino algo sutil, más indirecto: seducir”.