martes, 5 de julio de 2016

Divina irreverencia gaucha




¿Qué tienen los argentinos que no tengamos los peruanos, los mexicanos o los franceses? ¿Por qué esa incómoda pedantería que los distingue y a tantos les resulta insoportable puede trocar, por una irreverencia que también les es consustancial, en rendida admiración por las cosas que hacen?
Existen dos materias, digamos mundanas, en que el genio argentino se manifiesta con peculiaridad: el fútbol y la publicidad. El fútbol trasciende su dimensión deportiva y es parte de un weltanschauung colectivo, una forma de entender la vida con los dramas y los esplendores que le son inherentes. Por eso este deporte puede llegar a convertirse en cuestión de Estado. Y por eso la renuncia de Messi luego de perder la final de la Copa América con Chile ha tenido al país en vilo, con tirios y troyanos en una cruzada cuya misión es el retorno glorioso del número uno a la selección.
Lugar para la inventiva publicitaria, una amalgama de neorrealismo italiano, penuria porteña y fina ironía –la más difícil- que ha hecho de un sinnúmero de comerciales argentinos verdaderas piezas de colección. El último capítulo de esta secuencia viene dado por un mensaje de Dios a Messi. Tal como se lee: Dios hablándole al capitán albiceleste, recordándole su rutilante trayectoria y prometiéndole nada menos que una epifanía después de que regrese al equipo y cumpla con la tarea que tiene pendiente.
¿Una licencia excesiva? ¿Sacrilegio? ¿Herejía? Para nada. Valga recordar que entre el fútbol argentino y Dios existe una relación que viene de antes. ¿No fue la mano del Todopoderoso la que le permitió a Argentina avanzar en México 86 y acaso su inapelable voluntad convertirla en campeona de aquel Mundial?
Conversaba una vez con un amigo argentino bajo el frío de Denver y le hice de repente una pregunta que encajó de la mejor manera: “¿Qué tan cierto es aquello de la petulancia rioplatense?”, le dije. Rodolfo me miró por unos segundos, hizo un consentimiento lento con la cabeza, y muy sereno me respondió: “Es verdad, che. Porque de otra manera no seríamos argentinos”.