lunes, 20 de noviembre de 2017

¿Tenemos sentido de la urgencia?







Decía un amigo hace ya algún tiempo que el sentido de urgencia entre los peruanos admite una elasticidad fuera de lo común. Urgente es mejorar las prestaciones de los hospitales y colegios públicos. Urgente es una reforma penal que sancione a los criminales con la severidad que merecen. Urgente es cortar de raíz la maraña de trámites que ceba a la burocracia y la corrupción. Urgente es la rehabilitación honesta y seria de lo que la naturaleza destruyó hace ocho meses. Y hay más. Ejemplos de lo que puede dilatarse lo perentorio sobran en este país.

¿Qué puede explicar esta desidia histórica de la que tanto cuesta desprendernos? ¿Por qué gobernantes y gobernados asumen mayoritariamente, con desfachatez de una parte e indiferencia de la otra, que la acción debida y el beneficio consecuente pueden postergarse sin límite alguno? ¿Existe conciencia de las brechas y el costo que acarrea este ánimo de procrastinación generalizado?  

No creo equivocarme si digo que una primera causa de este proceder desdeñoso se la debemos a nuestra proverbial idiosincrasia nacional, una mezcla de indolencia, cinismo y viveza en el sentido menos deseable del término que lo pervierte todo. Suena feo y frustrante, pero el predominio de esta cultura entre nosotros es abrumador.

Consecuencia inevitable de lo anterior es lo que hace algunos años advertían Daron Acemoglu y James A. Robinson en Why Nations Fail (Por qué Fracasan los Países, en la traducción castellana): la ausencia de instituciones sólidas y duraderas que representen la columna vertebral del progreso ordenado, formal y a salvo de la corrupción. Evidentemente, en este estado de cosas hay quienes de una y otra orilla consiguen réditos y tienen muy poco interés en darle un vuelco. Total, si el fin es robustecer la economía personal, poco importa si esto se da en un entorno institucionalizado o no.

De allí que el crecimiento económico de décadas recientes repose sobre sostenes muy endebles. Y por ello también el Perú parece detenido en el tiempo y el sentido de progreso genera tan pobre entusiasmo entre la gente. Ahora mismo, el foco de los políticos de turno se dirige a cuestiones sin ninguna implicancia en la mejora real del país, poniendo de manifiesto una vez más esa falta de sentido de urgencia para afrontar las prioridades.

The World Economic Forum (WEF) dio a conocer hace algunos meses una nueva metodología aplicada por The Boston Consulting Group, denominada Sustainable Economic Development Assessment (Evaluación del Desarrollo Económico Sostenible), para medir el desarrollo. A través de ella se realiza un seguimiento del progreso de los países en función a tres variables: economía, sostenibilidad e inversión.

Fue analizado el desempeño de 160 países entre los años 2006 y 2014, y en el grupo de naciones que mejor transforman el crecimiento en bienestar general aparecen Noruega, Países Bajos, Finlandia, Alemania, Austria, Dinamarca, Suiza, Islandia, Bélgica y Suecia. Nada novedoso, en realidad. Lo sorprendente, sin embargo, viene dado por aquellos que han logrado el mayor progreso en el período de tiempo señalado: Etiopía, China, Rwanda, Mongolia, Qatar, Sierra Leona, Timor-Leste, Camboya, Laos y Ghana.

El estudio concluye que lo determinante para transformar el crecimiento en bienestar es la correcta implementación de políticas y estándares de gobierno. En esa línea figuran varios países de Europa Oriental y ex repúblicas soviéticas que se han aproximado a gran velocidad a los niveles de vida de Europa Occidental.


Si bien el Perú obtiene una calificación media en esta evaluación, es evidente que naciones que hace apenas 20 años discurrían en medio de cruentos enfrentamientos o recién se estaban constituyendo pueden darnos grandes enseñanzas, comenzando por ese sentido de la urgencia que nos resulta tan elusivo.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Un binomio perfecto




¿Qué puede llevar a un hombre en el esplendor de su juventud a surcar más de 10 mil kilómetros en busca de un pueblo remoto del África para rescatarlo de la miseria?

Sin duda, un ánimo de solidaridad profundamente enraizado y una vocación de ayuda a toda prueba. Pero también el deseo indoblegable de actuar, hacer, aun en las circunstancias menos favorables.

“Soy cura pero no vine aquí a buscar gente para bautizar”, es una de las frases que reitera Pedro Pablo Opeka cuando le preguntan por las motivaciones de la obra que inició hace 47 años. Luego explica que su viaje a Antananarivo, la capital de Madagascar, tenía por objeto “encontrar hermanos que estaban en la calle, en un infierno”. “Les dije que vivir de la forma en que vivían era inhumano”.

En 1970, a los 22 años, en uno de los países más pobres del mundo, el sacerdote vicentino desembarcó en un gigantesco basural, donde a orillas de un mar putrefacto alrededor de 5 mil personas procuraban sobrevivir entre los desechos. Además de un paisaje lúgubre, Opeka debió sortear varias infecciones estomacales y un comprensible resquemor de la población: ¿era posible que un blanco pretendiera darles un mensaje de hermandad y buena voluntad? Sin pensarlo demasiado, buscó un espacio para poner la pelota al suelo y en medio de encarnizados partidos de fútbol fue construyendo la confianza que necesitaba a pulso. O a pierna fuerte, cabría decir.

Sin embargo, el propósito de este cura argentino trascendía las declaraciones bienintencionadas, porque, como ha dicho, “nadie que vea a la gente muriéndose de hambre puede ser indiferente”. Simplemente su objetivo era actuar, así que muy pronto les dijo a aquellos malgaches recelosos que había que “remangarse la camisa y ponerse a trabajar”.

Detrás de esta actitud, Opeka tenía y sigue teniendo como sólido sostén una visión liberal del mundo y del hombre que congenia muy bien con su fe católica: “El trabajo dignifica. El asistencialismo vacío termina hundiendo más a la gente. Tenemos que trabajar. Hay que combatir el asistencialismo hasta en la propia familia. Porque de otra forma no dejamos crecer a los hijos y los acostumbramos a recibir todo de los padres. Asistir a alguien sin ninguna exigencia es matarle su espíritu de iniciativa”.

Pocas definiciones tan sencillas y claras de lo que representa el trabajo y de las perniciosas consecuencias de la caridad sin límites. Fue acaso esta actitud la que permitió que la trayectoria del religioso fuese conocida en Europa y despertara un ánimo benefactor que ha contribuido a consolidar un proyecto palpable de erradicación de la pobreza. En 1990 constituyó Akamasoa (los buenos amigos, en lengua malgache), una ONG a través de la cual los fondos fluyen con eficacia y él puede dar cuenta de lo que hace.

Los resultados del trabajo de Opeka son admirables: sobre lo que fue un inmenso muladar existen ahora 17 barrios con 3,000 viviendas decorosas, dotadas de servicios. Se construyeron cuatro escuelas, cinco guarderías, cuatro bibliotecas, centros de atención médica y un liceo para mayores. Actualmente la villa alberga a más de 25,000 personas y tiene a 13,500 niños educándose. En suma, a lo largo de los años que el sacerdote lleva viviendo en Madagascar, medio millón de personas han salido de la pobreza.

Pedro Pablo Opeka encarna virtudes que, no cabe duda, son tributarias de un catolicismo y un liberalismo que se superponen a los desencuentros que puedan existir entre ellos. Con un espíritu pragmático y genuinamente emprendedor, ha llevado adelante un trabajo silencioso y fructífero, que empalidece la retórica hueca, improductiva, de quienes fungen de políticos. Imaginemos por un momento lo que podríamos hacer siguiendo su ejemplo.



lunes, 19 de junio de 2017

Elogio de la pizza


David Schuler, 55 años, residente del poblado de Madison, en el sureño estado de Mississippi, emprendió hace algunos años un viaje de cuatro mil kilómetros en pos de la que debe ser una pizza que trasciende, en su caso, la función pedestre de aportar calorías al organismo. Schuler, que no fue por una sino por ciento cincuenta pizzas que convenientemente congeladas e ingeridas con moderación le han de haber durado buen tiempo, asegura que no ha encontrado pizza con mejor salsa ni punto exacto de crocancia que la del Town Spa Pizza, un pequeño local de Stoughton, Massachusetts, donde sólo se sirven pizzas thin crust y debe pagarse en efectivo. Fue en este local donde el señor Schuler devoró pizzas hasta los trece años, y a no dudarlo en su paladar perviven sabores que han trascendido el tiempo y la distancia.

A mediados de la década del 70 las pizzerías en Lima se contaban con los dedos de las manos. Comer pizza podía verse entonces como un esnobismo, del mismo modo en que la búsqueda de una papa a la huancaína en San Isidro o Miraflores tenía el carácter de un antojo fuera de lugar. Lejos estaba todavía la "calle de las pizzas", espacio que si bien popularizó esta preparación procedente del sur italiano, desnaturalizó su estirpe artesanal y emparentó su consumo con otras formas aparatosas de la ingesta nacional, verbigracia una pollada.

Aunque hubo un antecedente que reclama con justicia un origen en consonancia con las fuentes: el Pozo de San Ramón. Estaba ubicado en el pasaje del mismo nombre, muy cerca de Diagonal, y visitarlo era todavía más agradable cuando subía la brisa de la costanera. El local era mínimo, apenas un par de barras con media docena de bancos desde donde la mirada del comensal se posaba inevitablemente en un rudimentario horno de barro, foco de la cocción sin prisa ni pausa de toda buena pizza. Tampoco podía hablarse de variedad: jamón, salame y la proverbial margarita era todo lo que la carta ofrecía.

Pero era suficiente. Al cobijo de ese local sin ostentaciones y la fragancia persistente de la masa tomando punto, tengo la seguridad de haber sellado para siempre mi fascinación por la pizza. Tiempo después tuve la suerte de visitar un restaurante de la ciudad de Pasadena, en California, donde las pizzas, además de la insustituible mozzarella, venían con trozos de queso cheddar que se convertían en deliciosos cómplices del primero cuando se fundían con las carnes. También me convidaron una vez en Denver una "pizza charra", fogosa variante en la que por supuesto no faltaban jalapeños ni frejoles, y estando en el Cusco unos traviesos amigos prepararon un versión telúrica que tenía cuy confitado entre sus ingredientes estelares. Notable.

Y así, probando una aquí y otra allá, la pizza ha seguido ocupando un lugar especial en mis preferencias. Ciertamente, esta preparación que sale del horno tiene detractores. Los críticos más acres sostienen que optar por una pizza cuando existen poderosas alternativas nacionales es una excentricidad. Podría ser. Sin embargo, hay preparaciones que ocupan un lugar distinto al estómago. Tal como debe ocurrir con el señor Schuler, se trata de algo que va más allá de la mera función alimenticia. Son por supuesto los sabores, pero también los momentos, la gente, los recuerdos, cosas que sirven acaso más que los nutrientes para vivir.

lunes, 29 de mayo de 2017

La proeza de detener el tiempo


Sumidos en los menudos avatares de la política, los equipos locales que participan en la Libertadores y la mitomanía incurable de ex presidentes con prontuario, los peruanos hemos perdido de vista la consumación de un prodigio de incalculable impacto mundial, anhelado y jamás conquistado por las civilizaciones de todos los tiempos, y a no dudarlo futura materia de un estudio que habrá de revelar sus causas más profundas: señoras, señores, este país ha logrado detener el tiempo.

Asediada por uno de los Niños más feroces del siglo pasado -el de 1982 - 1983-, Piura se inundaba, perdía sus puentes y el efecto residual de las tormentas era sensible incluso varios años más tarde, cuando salir a la calle suponía sortear baches que parecían precipicios, fugas de desagüe por doquier y respirar el polvo infecto de la calamidad sin solución. Treinta y cuatro años después, nada ha cambiado. Uno revisa los diarios piuranos y las crónicas y fotos que publican parecen ser las mismas de tres décadas atrás. Son las mismas. Todo es exactamente igual. Pero esta es apenas una de las manifestaciones del prodigio nacional cristalizado.

Nos habíamos referido al fútbol y por coincidencia el próximo 22 de junio se cumplen 35 años desde que una selección peruana de mayores pisara por última vez el gramado de un certamen mundial. Las eliminatorias de México 86, evento del que Ricardo Gareca nos dejó fuera cuando el partido decisivo llegaba a su fin, se ha tornado en un modelo de suplicio gratuito, un mantra perverso que nos tiene hace ocho mundiales acometiendo vanas operaciones aritméticas mientras invocamos la gracia de alcanzar al menos el quinto lugar para ir al repechaje. Dichosos los que tienen fe e imaginan que esto será distinto en los próximos veinte mundiales.

Digamos para terminar que el último medio siglo ha sido pródigo en ilícitos, dolo y un saqueo abierto a las arcas fiscales que compromete -no es ninguna novedad- a quienes debían ser celosos vigilantes de los bienes públicos. De Belaúnde I a Kuczynski, teniendo en el medio a Velasco, Morales Bermúdez, Belaúnde II, García I, Fujimori, Toledo, García II y el binomio Humala-Heredia, el escándalo y la mugre ha sido el denominador común. Diez gobiernos salpicados por una y otra corruptela y un país que a pesar de ciertos progresos adolece, en el fondo, de los mismos problemas de siempre. ¿Dos siglos, tres, cuatro, serán necesarios para dejar atrás esta inmutable tara histórica?

Paremos ya con el autobombo de la cocina maravillosa y demás perejiles. Nuestra verdadera, imbatible proeza, es haber conseguido que nada de lo nefasto, nocivo y ruin que pueda existir en este país haya variado un ápice a pesar del paso del tiempo. 

miércoles, 19 de abril de 2017

A propósito de la reconstrucción con cambio



Probablemente lo primero que me llamó la atención fue el diseño convexo de las calzadas, una leve curvatura en la parte central de las mismas cuya función quedó perfectamente graficada con la caída de una lluvia. Esto también me permitió comprender por qué las veredas eran ásperas y tenían igualmente un ligero declive hacia las calzadas. El agua, en la vía pública, debe discurrir, y veredas con una superficie lisa pueden convertirse en trampas mortales cuando la lluvia cae sobre ellas. El sentido común no es otra cosa que la experiencia bien aprendida.

El escenario de tales descubrimientos era Los Ángeles, ciudad en la que más allá del It never rains in Southern California de Albert Hammond estaban tomadas todas las providencias para soportar precipitaciones de magnitudes bíblicas.

Pero una cultura de la precaución es consustancial al progreso y no existe país que goce de dicha condición sin haber considerado tal premisa. Son varias las razones que hacen valiosa la prevención: a) el cuidado de las personas, manifiesto por lo demás en el primer artículo de la Constitución, b) el costo de reconstruir aquello que se hizo mal supera con creces al de construir bajo parámetros preventivos, y c) en definitiva, una cultura de la prevención permite reducir los niveles de perturbación o bloqueo de las actividades cotidianas frente a las contingencias.

Ha anunciado el presidente Kuczynski que su gobierno llevará adelante un plan de reconstrucción de los daños ocasionados por los recientes eventos naturales. Y ha hecho énfasis en que será una “reconstrucción con cambio”, frase que interpreta como hacer bien lo que antes no se hizo o se hizo mal. Enhorabuena y ojalá podamos ver pronto que los puentes no se caen, los colectores no se obstruyen y el asfalto de ciudades y carreteras, con el debido mantenimiento, dura lo que debe durar.

Como ciudadano que paga sus impuestos y espera que estos tengan el mejor uso, gustosamente me ofrezco ad honorem a ser veedor de la obra que se ejecute.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Calamidades: una oportunidad para Kuczynski



Se suele decir que calamidades como la que hemos soportado este verano -y que se extiende aun iniciado el otoño- deben entenderse como una oportunidad para rectificar errores o ejecutar aquello que de manera negligente (no hace falta abundar en esto hablando del Perú) no se hizo en su momento.

Qué gran cosa sería que en medio de la corruptela destapada en los últimos meses, el gobierno de Kuczynski emprendiera una rehabilitación en serio de la infraestructura y ciudades dañadas por los eventos de la naturaleza. En serio implica primero que nada cerrarle el paso a los pillos que desde el gobierno central o las instancias regionales y municipales pretenderán festinar los recursos públicos en beneficio personal con obras de pacotilla.

Lo serio será diseñar e implementar sistemas preventivos -drenajes en las ciudades costeñas, reubicación de poblados vulnerables, puentes y carreteras a salvo de las avenidas de agua- para que la historia no se repita cada verano. No necesitamos ser un país del primer mundo para contar con este tipo de obras. Vecinos como Ecuador y Bolivia, con una economía más pequeña que la nuestra, pueden darnos lecciones.

Ha hablado el presidente de la República de la designación de un “zar” de la reconstrucción. Será fundamental que además de las credenciales del caso cuente con una visión y un equipo multidisciplinario. Una rehabilitación en serio del país involucra a responsables de transportes y comunicaciones, urbanismo, vivienda, saneamiento y seguramente varios otros sectores más. Es indispensable que la tarea sea efectuada con una dirección integral, orgánica, completa.


Qué gran cosa sería que en pocos años podamos reconocer este valioso legado.

viernes, 3 de marzo de 2017

El ocaso de la fantasía


Un solar abandonado a pocos pasos de la avenida San Martín, en Barranco, disparó la imaginación. Éramos seis, el mayor de todos debía tener ocho años y todos estábamos convencidos de que aquel predio era habitado por un ogro malvado que se alimentaba de gatos. Capturarlo y entregarlo a la justicia haría de nosotros unos héroes precoces, dictaba también la fantasía.

En aquellos años se hablaba de apariciones en la quebrada de Armendáriz y en el malecón Paul Harris, que ocupaban en impetuosas misiones de exploración a niños y adolescentes durante las vacaciones. Incluso algunos inoportunos accidentes de la naturaleza, como un temblor ocurrido a las cuatro de la madrugada que lanzó a la calle a despavoridos vecinos en paños menores, dieron pie a leyendas que flotaron en el barrio durante tiempo.

Había entonces espacio para imaginar, para recrear circunstancias paralelas a la vida real por el puro deseo de creer que las cosas eran como otros o uno mismo se las había inventado, para aislarse del día a día sin necesidad de aparatos ni conexiones a territorios excesivamente artificiosos.

Ese lugar vital de la ilusión, de la quimera inocente y despojada de cálculos pareciera tener los días contados. Si ya los chicos no sueñan ni divulgan la ficción de otros, menos se podría esperar que lo hagan cuando se conviertan en adultos. El reino de la evidencia, de la demostración y comprobación porque simplemente así lo prescribe algún protocolo o rúbrica de trabajo, gobierna nuestros días con una tiranía medieval.

Es verdad que la vida civilizada ha demandado y aglutina elementos tangibles, pero tan cierto como ello es que sin el insumo de la imaginación -aquella que Einstein definió como ilimitada y capaz de llevarnos a cualquier parte- los caminos de la evolución humana se habrían estrechado y los logros probablemente no habrían sido los mismos. ¿O es que existe manera más abarcadora de comprender y abordar la vida que no sea imaginando? En esa doble dimensión que tiene el imaginar -la evasiva y la que nos procura materia para la creatividad e innovación- los hombres todavía podemos confiar en una existencia mejor.

Así que volvamos. Siempre se puede volver. Es necesario apartarnos de las cuadraturas y esquemas que pretenden imponernos formas únicas de pensar y hacer las cosas, y recuperar antes de que sea tarde la saludable costumbre de echar a volar la mente.

miércoles, 18 de enero de 2017

Cuestión de fe



Con frecuencia el pensamiento liberal es criticado por su optimismo. "Son unos desorbitados", sentenciarán algunos. “Viven ensimismados y de espaldas a las necesidades de la gente”, diría la progresía con un afán descalificador.

Pero vayamos por partes: ¿existe o se ha inventado forma alguna de actuar sin que haya de por medio un impulso orientado a provocar cambios? A menos de que hablemos de mentes enajenadas o de otras que en uso de la razón tienden al daño (por desgracia siempre las hubo en la historia de la humanidad), lo que naturalmente buscamos son cambios en pos de mejoras, aquello que los expertos del comportamiento denominan el cierre de la brecha entre lo que se tiene y lo que se quiere.

De modo que exceptuando trastornos y desviaciones, los individuos propenden a buscar mejoras en sus vidas. Las mejoras obedecen a acciones y las acciones se fundan en motivaciones. Ahora bien, ¿las motivaciones se producen por generación espontánea? Ciertamente no. En el origen de ellas convergen sueños, ideas, deseos, proyectos, aspiraciones y más con el denominador común del optimismo, que supone ver las cosas desde perspectivas favorables. En consecuencia, ser optimista es indispensable para poder progresar.

Dicho esto, mirar las cosas con poca fe o con pesimismo equivaldría, en el mejor de los casos, a conformarse con el statu quo; pero también a sembrar con plena conciencia obstáculos que cierren el paso o diluyan los ánimos de mejora. Mantengámonos alertas a estas trampas paralizadoras, y más frente a personajes nefastos en un país que está en la necesidad de ver todo con optimismo.


miércoles, 11 de enero de 2017

Hazme reír


Una institución celebra un almuerzo tradicional de fin de año. En la antesala, mientras se aguarda la palabra que rompa los fuegos del festejo, estados de ánimo también típicos de estas ocasiones toman lugar en las mesas: inquietud, reserva, exultación.

De repente una voz irrumpe en el ambiente provocando un silencio total. Proviene de algún lado, quien habla no es visible pero sí previsible: el consabido animador del almuerzo de fin de año. Murmuraciones. Segundos más tarde el susodicho aparece en escena. Más murmuraciones. No se le conoce. Dice ser limeño y cálculos diligentes estiman su edad alrededor de los 40. Se presenta. Supongamos que su nombre es Roger.

Después de transmitir la bienvenida a título corporativo, Roger inicia su desplazamiento entre las mesas. Invita a conversar con gracia, juega con las palabras. El recelo de los presentes cede paulatinamente, aquellos a los que él se dirige responden a sus preguntas y las primeras risas se dejan escapar. Roger no parece ser un animador más del almuerzo de fin de año. Se toma y se le permiten algunas licencias, como la de encargar sus respetos al esposo desconocido de una trabajadora que emite un extraño grito-gemido cuando le pide hacer una barra a sus compañeros. O la de pedirle a una autoridad de la institución que no lo interrumpa mientras está hablando.

Había anticipado que su participación no sobrepasaría la hora, pero incluso mucho antes Roger se ha robado el show y la gente ríe a mandíbula batiente con sus ocurrencias bajo una atmósfera plenamente festiva. Y es que la risa, efectivamente, tiene el poder de transformar momentos, y acaso también el de transformar vidas. “A fin de cuentas todo es un chiste”, podríamos parafrasear a Chaplin, y Roger, conocedor de su oficio, hace que el buen humor reine en el preámbulo de aquel almuerzo.

Una nube de cámaras y celulares asoma cuando Roger se despide. Con la parafernalia propia de quienes persiguen a una estrella de rock, los asistentes se abalanzan sobre él reclamándole una foto: quien hace reír merece perpetuarse. Ya la orquesta ha tomado posición y el entorno es propicio para la fiesta. Música, maestro.