domingo, 22 de julio de 2018

Es el fútbol



Existe una muy humana fascinación por la redondez, sea obra o no del hombre. No hay nada de misterio en esto; tan solo hechos que confirman la proposición.

Redondo es el vientre de la mujer dentro del que crece un nuevo ser y redonda es la forma del planeta que habitamos. Redonda habrá de ser la nacarada perla que el tiempo se encargue de pulir y redonda, tenaz y ubicua es la pelota con que se juega al fútbol.

Bien sea girando dentro de una cápsula alrededor del espacio o como objeto central de un monumento levantado en su nombre, una pelota recordará que la humanidad fue capaz de deponer rencillas y pleitos de todo calibre para compartir, pese a las disputas ardorosas en la cancha, treinta días de dicha fraterna al pie de ella. Una pelota recordará que las fronteras son un invento perverso y que los países no distinguen colores y que en vano alimentamos diferencias que no resisten la invitación de un deporte maravilloso.

Sí, es el fútbol. El fútbol y todo lo que trae consigo su poderoso llamado universal: partidos sin tregua, equipos notables y equipos briosos, jugadores inspirados. Gozo y sufrimiento en las tribunas; también fuera de ellas. El estallido que provoca cada gol. La gloria de llegar a la final. Paz. Sí, es el fútbol. La gran historia paralela de la humanidad. O quizá la única historia que quisiéramos contar y que nos fuese contada. Más allá de los millones que se mueven en torno a él. Más allá de las sospechas que recaen en quienes lo dirigen. Más allá de todo, que el fútbol nos dure siempre.

Rusia 2018 y las lecciones que nos deja



El Mundial se nos ha terminado. La selección tuvo presentaciones dignas, haciendo el fútbol que en la recta final de las eliminatorias nos permitió obtener el último pasaje sudamericano. Es un equipo con la autoestima alta, se planta, da la cara y pone el pecho -la pelea- incluso cuando las batallas le son adversas. Tienen bien ganado lo de guerreros y la pena de verlos afuera se reconforta por ese talante inédito.

Lo de la hinchada devota y fiel que no ha parado de alentarlos tampoco tiene precedentes, y si hubiese un reconocimiento a este tipo de expresiones la barra peruana tendría que estar en primera fila. Hay historias francamente conmovedoras: renuncias laborales, ruptura de chanchitos alimentados por años, tarjetas de crédito cuyas líneas han sido completamente agotadas. La fe y la pasión de los hinchas trasciende kilómetros. Miles.

Ellos lograron partir, pero aquí quedó un país animado por un fervor también enorme. Que surgió varios meses atrás, cuando tuvimos los primeros atisbos de nuestra presencia en Rusia, y creció hasta alcanzar su clímax por estos días. Cuánta buena onda ha traído consigo la presencia de Perú en Rusia 2018. Cuánta frustración ha quedado de momento olvidada por la oportunidad de ver a nuestra selección en este certamen. Cuánto aprendizaje podría y debería dejarnos esta experiencia sin parangón. Conjeturemos en torno a tres probables lecciones.

Podemos unirnos
Nadie podrá negar que durante el camino al Mundial y ya en el mismo escenario asomaron las fibras de una peruanidad sin distingos. Estadios y espacios públicos acogieron a una hinchada variopinta y el grito de gol fue uno y sonoro. ¿Podría este estado de gracia cerrar las fisuras seculares que persisten entre peruanos?

Podemos movilizarnos
En principio, es evidente que en tres décadas y media -y también sin mayores diferencias- la economía de los peruanos ha sabido de mejores tiempos. Se estima en más de 20,000 el número de hinchas que viajaron desde aquí, un fenómeno que ha suscitado sana envidia hasta en los del primer mundo. Pasión, fidelidad, pero también liquidez (aunque sea en plástico). ¿Qué tal si con una parte menor de los millones que deben haberse invertido para llegar a Rusia nos movilizamos, por ejemplo, para remover la basura de playas, ríos y ciudades del Perú bendito que nos vio nacer?

Podemos alcanzar metas
Lección para alcaldes, gobernadores, el presidente de la República, sus ministros y todos los funcionarios que anidan en nuestra frondosa burocracia. Gareca y nuestros jugadores han demostrado que todo pasa por establecer prioridades, hacer las cosas con seriedad (entiéndase bien hechas, es decir, sin cálculos personales ni corruptelas de cualquier orden), y no menos importante, pensando en aquello que tiene tanto valor y es tan poco estimado en este país: una reputación sin mancha y un nombre que sea bien recordado. Honorabilidad, en una palabra.

Si no me gustara el fútbol…



Si no me gustara el fútbol seguramente me habría ahorrado 32 años de locas ilusiones y me hubiese reconfortado con los aguerridos triunfos de Inés Melchor, Gladys Tejeda y Julio Granda.

Si no me gustara el fútbol podría haber apagado tranquilamente el televisor ante los más de cien partidos que debe haber jugado la selección en tres décadas y al conocer los resultados hubiese reaccionado con absoluta indiferencia.

Si no me gustara el fútbol no recordaría que la primera final mundialista que seguí, con ocho años, en medio de la plaza de armas de Cajamarca y a través de un radio a transistores porque no llegaba la tele, fue la de Alemania 74 con dos equipazos en la cancha.

Si no me gustara el fútbol no habría salido a celebrar con gritos alocados, montado en mi bicicleta por las calles de Chiclayo, nuestro empate con Italia en España 82. Y no me habría dolido tanto el subsecuente partido con Polonia.

Si no me gustara el fútbol me hubiese importado muy poco los goles anotados por Pizarro, Guerrero y Farfán en la Bundesliga y el paso de Vargas por la Serie A me habría sido ajeno.

Tampoco habría tomado nota de los “jotitas”, esa buena generación de chiquillos sub 17 que prometía pero que se perdió en la medianía del campeonato local y de equipos que pretendían ascender a nuestro opaco torneo. Reymond Manco, jugador estelar de aquella selección, es la expresión aún joven e inequívoca de las turbaciones que suele provocar una mal digerida fama. Por suerte sobrevivió Gallese y es arquero de la selección mundialista.

Si no me gustara el fútbol, a mitad de las últimas eliminatorias me hubiese convencido de que, tal vez con el descenso de un halo milagroso sobre estas tierras, mis nietos podrían haber tenido la dicha de ver a una selección peruana en la cita máxima del fútbol en las postrimerías de este siglo.

Y habría creído que Gareca, quien aquella malhadada tarde de junio de 1985 nos sacó de México 86, haría oídos sordos al clamor nacional que le exigía una reivindicación y la pasaría piola como sus antecesores. Pero el “Tigre” respondió al beneficio de la duda y ha cicatrizado con inteligente paciencia esa herida abierta por tanto tiempo.

Si no me gustara y no creyera que el fútbol da revanchas, de manera imperdonable habría terminado por compartir la visión determinista de los rojos e impulsando un campeonato mundial de lomo saltado. Pero un liberal jamás pierde la fe.

Si no me gustara el fútbol, en fin, no quiero imaginar lo triste que sería tener como única pauta de conversación las pillerías y vilezas de los políticos.
Pero me encanta el fútbol, el Mundial está por comenzar y tengo el pálpito de que nos irá muy bien.