viernes, 22 de septiembre de 2017

Un binomio perfecto




¿Qué puede llevar a un hombre en el esplendor de su juventud a surcar más de 10 mil kilómetros en busca de un pueblo remoto del África para rescatarlo de la miseria?

Sin duda, un ánimo de solidaridad profundamente enraizado y una vocación de ayuda a toda prueba. Pero también el deseo indoblegable de actuar, hacer, aun en las circunstancias menos favorables.

“Soy cura pero no vine aquí a buscar gente para bautizar”, es una de las frases que reitera Pedro Pablo Opeka cuando le preguntan por las motivaciones de la obra que inició hace 47 años. Luego explica que su viaje a Antananarivo, la capital de Madagascar, tenía por objeto “encontrar hermanos que estaban en la calle, en un infierno”. “Les dije que vivir de la forma en que vivían era inhumano”.

En 1970, a los 22 años, en uno de los países más pobres del mundo, el sacerdote vicentino desembarcó en un gigantesco basural, donde a orillas de un mar putrefacto alrededor de 5 mil personas procuraban sobrevivir entre los desechos. Además de un paisaje lúgubre, Opeka debió sortear varias infecciones estomacales y un comprensible resquemor de la población: ¿era posible que un blanco pretendiera darles un mensaje de hermandad y buena voluntad? Sin pensarlo demasiado, buscó un espacio para poner la pelota al suelo y en medio de encarnizados partidos de fútbol fue construyendo la confianza que necesitaba a pulso. O a pierna fuerte, cabría decir.

Sin embargo, el propósito de este cura argentino trascendía las declaraciones bienintencionadas, porque, como ha dicho, “nadie que vea a la gente muriéndose de hambre puede ser indiferente”. Simplemente su objetivo era actuar, así que muy pronto les dijo a aquellos malgaches recelosos que había que “remangarse la camisa y ponerse a trabajar”.

Detrás de esta actitud, Opeka tenía y sigue teniendo como sólido sostén una visión liberal del mundo y del hombre que congenia muy bien con su fe católica: “El trabajo dignifica. El asistencialismo vacío termina hundiendo más a la gente. Tenemos que trabajar. Hay que combatir el asistencialismo hasta en la propia familia. Porque de otra forma no dejamos crecer a los hijos y los acostumbramos a recibir todo de los padres. Asistir a alguien sin ninguna exigencia es matarle su espíritu de iniciativa”.

Pocas definiciones tan sencillas y claras de lo que representa el trabajo y de las perniciosas consecuencias de la caridad sin límites. Fue acaso esta actitud la que permitió que la trayectoria del religioso fuese conocida en Europa y despertara un ánimo benefactor que ha contribuido a consolidar un proyecto palpable de erradicación de la pobreza. En 1990 constituyó Akamasoa (los buenos amigos, en lengua malgache), una ONG a través de la cual los fondos fluyen con eficacia y él puede dar cuenta de lo que hace.

Los resultados del trabajo de Opeka son admirables: sobre lo que fue un inmenso muladar existen ahora 17 barrios con 3,000 viviendas decorosas, dotadas de servicios. Se construyeron cuatro escuelas, cinco guarderías, cuatro bibliotecas, centros de atención médica y un liceo para mayores. Actualmente la villa alberga a más de 25,000 personas y tiene a 13,500 niños educándose. En suma, a lo largo de los años que el sacerdote lleva viviendo en Madagascar, medio millón de personas han salido de la pobreza.

Pedro Pablo Opeka encarna virtudes que, no cabe duda, son tributarias de un catolicismo y un liberalismo que se superponen a los desencuentros que puedan existir entre ellos. Con un espíritu pragmático y genuinamente emprendedor, ha llevado adelante un trabajo silencioso y fructífero, que empalidece la retórica hueca, improductiva, de quienes fungen de políticos. Imaginemos por un momento lo que podríamos hacer siguiendo su ejemplo.