miércoles, 22 de marzo de 2017

Calamidades: una oportunidad para Kuczynski



Se suele decir que calamidades como la que hemos soportado este verano -y que se extiende aun iniciado el otoño- deben entenderse como una oportunidad para rectificar errores o ejecutar aquello que de manera negligente (no hace falta abundar en esto hablando del Perú) no se hizo en su momento.

Qué gran cosa sería que en medio de la corruptela destapada en los últimos meses, el gobierno de Kuczynski emprendiera una rehabilitación en serio de la infraestructura y ciudades dañadas por los eventos de la naturaleza. En serio implica primero que nada cerrarle el paso a los pillos que desde el gobierno central o las instancias regionales y municipales pretenderán festinar los recursos públicos en beneficio personal con obras de pacotilla.

Lo serio será diseñar e implementar sistemas preventivos -drenajes en las ciudades costeñas, reubicación de poblados vulnerables, puentes y carreteras a salvo de las avenidas de agua- para que la historia no se repita cada verano. No necesitamos ser un país del primer mundo para contar con este tipo de obras. Vecinos como Ecuador y Bolivia, con una economía más pequeña que la nuestra, pueden darnos lecciones.

Ha hablado el presidente de la República de la designación de un “zar” de la reconstrucción. Será fundamental que además de las credenciales del caso cuente con una visión y un equipo multidisciplinario. Una rehabilitación en serio del país involucra a responsables de transportes y comunicaciones, urbanismo, vivienda, saneamiento y seguramente varios otros sectores más. Es indispensable que la tarea sea efectuada con una dirección integral, orgánica, completa.


Qué gran cosa sería que en pocos años podamos reconocer este valioso legado.

viernes, 3 de marzo de 2017

El ocaso de la fantasía


Un solar abandonado a pocos pasos de la avenida San Martín, en Barranco, disparó la imaginación. Éramos seis, el mayor de todos debía tener ocho años y todos estábamos convencidos de que aquel predio era habitado por un ogro malvado que se alimentaba de gatos. Capturarlo y entregarlo a la justicia haría de nosotros unos héroes precoces, dictaba también la fantasía.

En aquellos años se hablaba de apariciones en la quebrada de Armendáriz y en el malecón Paul Harris, que ocupaban en impetuosas misiones de exploración a niños y adolescentes durante las vacaciones. Incluso algunos inoportunos accidentes de la naturaleza, como un temblor ocurrido a las cuatro de la madrugada que lanzó a la calle a despavoridos vecinos en paños menores, dieron pie a leyendas que flotaron en el barrio durante tiempo.

Había entonces espacio para imaginar, para recrear circunstancias paralelas a la vida real por el puro deseo de creer que las cosas eran como otros o uno mismo se las había inventado, para aislarse del día a día sin necesidad de aparatos ni conexiones a territorios excesivamente artificiosos.

Ese lugar vital de la ilusión, de la quimera inocente y despojada de cálculos pareciera tener los días contados. Si ya los chicos no sueñan ni divulgan la ficción de otros, menos se podría esperar que lo hagan cuando se conviertan en adultos. El reino de la evidencia, de la demostración y comprobación porque simplemente así lo prescribe algún protocolo o rúbrica de trabajo, gobierna nuestros días con una tiranía medieval.

Es verdad que la vida civilizada ha demandado y aglutina elementos tangibles, pero tan cierto como ello es que sin el insumo de la imaginación -aquella que Einstein definió como ilimitada y capaz de llevarnos a cualquier parte- los caminos de la evolución humana se habrían estrechado y los logros probablemente no habrían sido los mismos. ¿O es que existe manera más abarcadora de comprender y abordar la vida que no sea imaginando? En esa doble dimensión que tiene el imaginar -la evasiva y la que nos procura materia para la creatividad e innovación- los hombres todavía podemos confiar en una existencia mejor.

Así que volvamos. Siempre se puede volver. Es necesario apartarnos de las cuadraturas y esquemas que pretenden imponernos formas únicas de pensar y hacer las cosas, y recuperar antes de que sea tarde la saludable costumbre de echar a volar la mente.