miércoles, 18 de enero de 2017

Cuestión de fe



Con frecuencia el pensamiento liberal es criticado por su optimismo. "Son unos desorbitados", sentenciarán algunos. “Viven ensimismados y de espaldas a las necesidades de la gente”, diría la progresía con un afán descalificador.

Pero vayamos por partes: ¿existe o se ha inventado forma alguna de actuar sin que haya de por medio un impulso orientado a provocar cambios? A menos de que hablemos de mentes enajenadas o de otras que en uso de la razón tienden al daño (por desgracia siempre las hubo en la historia de la humanidad), lo que naturalmente buscamos son cambios en pos de mejoras, aquello que los expertos del comportamiento denominan el cierre de la brecha entre lo que se tiene y lo que se quiere.

De modo que exceptuando trastornos y desviaciones, los individuos propenden a buscar mejoras en sus vidas. Las mejoras obedecen a acciones y las acciones se fundan en motivaciones. Ahora bien, ¿las motivaciones se producen por generación espontánea? Ciertamente no. En el origen de ellas convergen sueños, ideas, deseos, proyectos, aspiraciones y más con el denominador común del optimismo, que supone ver las cosas desde perspectivas favorables. En consecuencia, ser optimista es indispensable para poder progresar.

Dicho esto, mirar las cosas con poca fe o con pesimismo equivaldría, en el mejor de los casos, a conformarse con el statu quo; pero también a sembrar con plena conciencia obstáculos que cierren el paso o diluyan los ánimos de mejora. Mantengámonos alertas a estas trampas paralizadoras, y más frente a personajes nefastos en un país que está en la necesidad de ver todo con optimismo.


miércoles, 11 de enero de 2017

Hazme reír


Una institución celebra un almuerzo tradicional de fin de año. En la antesala, mientras se aguarda la palabra que rompa los fuegos del festejo, estados de ánimo también típicos de estas ocasiones toman lugar en las mesas: inquietud, reserva, exultación.

De repente una voz irrumpe en el ambiente provocando un silencio total. Proviene de algún lado, quien habla no es visible pero sí previsible: el consabido animador del almuerzo de fin de año. Murmuraciones. Segundos más tarde el susodicho aparece en escena. Más murmuraciones. No se le conoce. Dice ser limeño y cálculos diligentes estiman su edad alrededor de los 40. Se presenta. Supongamos que su nombre es Roger.

Después de transmitir la bienvenida a título corporativo, Roger inicia su desplazamiento entre las mesas. Invita a conversar con gracia, juega con las palabras. El recelo de los presentes cede paulatinamente, aquellos a los que él se dirige responden a sus preguntas y las primeras risas se dejan escapar. Roger no parece ser un animador más del almuerzo de fin de año. Se toma y se le permiten algunas licencias, como la de encargar sus respetos al esposo desconocido de una trabajadora que emite un extraño grito-gemido cuando le pide hacer una barra a sus compañeros. O la de pedirle a una autoridad de la institución que no lo interrumpa mientras está hablando.

Había anticipado que su participación no sobrepasaría la hora, pero incluso mucho antes Roger se ha robado el show y la gente ríe a mandíbula batiente con sus ocurrencias bajo una atmósfera plenamente festiva. Y es que la risa, efectivamente, tiene el poder de transformar momentos, y acaso también el de transformar vidas. “A fin de cuentas todo es un chiste”, podríamos parafrasear a Chaplin, y Roger, conocedor de su oficio, hace que el buen humor reine en el preámbulo de aquel almuerzo.

Una nube de cámaras y celulares asoma cuando Roger se despide. Con la parafernalia propia de quienes persiguen a una estrella de rock, los asistentes se abalanzan sobre él reclamándole una foto: quien hace reír merece perpetuarse. Ya la orquesta ha tomado posición y el entorno es propicio para la fiesta. Música, maestro.