Con frecuencia el pensamiento liberal es criticado por su optimismo. "Son unos desorbitados", sentenciarán algunos. “Viven ensimismados y de
espaldas a las necesidades de la gente”, diría la progresía con un afán
descalificador.
Pero vayamos por
partes: ¿existe o se ha inventado forma alguna de actuar sin que haya de por
medio un impulso orientado a provocar cambios? A menos de que hablemos de
mentes enajenadas o de otras que en uso de la razón tienden al daño (por desgracia
siempre las hubo en la historia de la humanidad), lo que naturalmente buscamos son
cambios en pos de mejoras, aquello que los expertos del comportamiento denominan
el cierre de la brecha entre lo que se tiene y lo que se quiere.
De modo que
exceptuando trastornos y desviaciones, los individuos propenden a buscar
mejoras en sus vidas. Las mejoras obedecen a acciones y las acciones se fundan
en motivaciones. Ahora bien, ¿las motivaciones se producen por generación
espontánea? Ciertamente no. En el origen de ellas convergen sueños, ideas,
deseos, proyectos, aspiraciones y más con el denominador común del optimismo,
que supone ver las cosas desde perspectivas favorables. En consecuencia, ser optimista es indispensable para poder progresar.
Dicho esto, mirar las cosas con poca fe o con pesimismo equivaldría, en el mejor de los casos, a conformarse con el statu quo; pero también a sembrar con plena conciencia obstáculos que cierren el paso o diluyan los ánimos de mejora. Mantengámonos alertas a estas trampas paralizadoras, y más frente a personajes nefastos en un país que está en la necesidad de ver todo con optimismo.

