jueves, 28 de marzo de 2019

Periodismo: no hay de qué preocuparse si de trabajo se trata




Hace unos días, a través del concurrido Consultorio Ético que tiene Javier Darío Restrepo en la web de la Fundación Gabriel García Márquez (FNPI), un atribulado padre planteaba la siguiente pregunta: “Tengo un hijo que está comenzando estudios de periodismo. Pero ante la crisis de periodistas desempleados o despedidos porque las empresas no dan más, ¿qué hacer con el estudio de mi hijo? ¿Buscarle una carrera más promisoria? ¿O que siga en una profesión sin futuro?

Si bien legítima y comprensible desde la posición de todo padre de familia, la preocupación resulta un tanto desmesurada. Algo que también se entiende en quienes no habitan los territorios de la prensa.

Restrepo, cuya trayectoria en el oficio es ejemplar, advierte en su respuesta que existe efectivamente un tipo de periodismo impulsado por el lucro que muestra muy poco aprecio por los periodistas. “Si su hijo se está formando para un periodismo así, no encontrará posibilidades para un futuro digno”, anota.

Sin embargo, a párrafo seguido menciona que hay otro periodismo que se está reinventando y saldrá bien librado de la crisis. “Este es un periodismo que se mira como una profesión de servicio, no de poder (del que habla el mito del cuarto poder). Ese viejo mito no existe para este periodismo post crisis. El poder es su peor y más dañina opción, por corruptora y por estéril. En cambio, el servicio eleva su dignidad, abre innumerables posibilidades y le da su más auténtica fisonomía”, subraya el periodista colombiano.

Periodismo y poder. Dos términos de un binomio indisoluble que frecuentemente se torna crítico a partir de las operaciones que se obren con ellos. Ya desde la aparición de los primeros libelos y panfletos medievales, las relaciones entre la prensa y los poderes no se han distinguido precisamente por la cordialidad. El poder político la detesta y estará siempre dispuesto a lo que sea por manipularla. A otros poderes suele serles indiferente hasta que sienten que sus intereses están siendo tocados. Entonces también intentarán amansarla.

¿A cuento de qué lo anterior? A cuento de que, como expresa Restrepo, el poder sigue siendo un factor determinante de lo que podemos entender por un buen periodismo y un periodismo mediocre o malo. Personalmente pienso que una cuota importante de los problemas que afronta la prensa -escasa credibilidad, baja circulación, contenidos frívolos- se origina en una especie de confusión ante la arremetida creciente de los soportes electrónicos. Confusión que ha llevado a algunos medios a establecer cierto entendimiento con el poder político en el afán de sobrevivir. Lo aconsejable en todos los casos es que los periodistas se mantengan a prudente distancia de los poderes.

Existen alternativas plausibles para mantener la vigencia del periodismo. Medios tradicionales dan testimonio de ello, especialmente a través de la mejora y el cuidado de sus contenidos, mientras otros han sabido acoplar con eficacia los usos tradicionales del oficio a las tendencias en boga. Diarios estadounidenses como el New York Times y el Washington Post se han fortalecido gracias a los recursos tecnológicos.

Ryszard Kapuscinski, otro gran periodista, expuso con pasión la necesidad de la integridad ética de quienes ejercen el periodismo. Por una razón simple: sin el activo de la probidad se carece de autoridad para criticar o fiscalizar. Esta autoridad es igualmente necesaria para llevar adelante una tarea señalada incluso antes de que fake news y posverdades se extendieran como reguero de pólvora: la de que los periodistas eduquen a las audiencias en la elección de contenidos verdaderamente útiles.

A este propósito podría sumarse, trascendiendo la entrega de registros informativos que resultan insuficientes y aburridos, una oferta que explore la realidad con profundidad y amplitud. Llámese a esto divulgación o conocimiento, estaríamos ante contenidos capaces de garantizar una vida larga al periodismo. Tenemos antecedentes en este sentido, pero me parece clave apostar decididamente por una renovación de lo que tradicionalmente ha presentado la prensa. Dar cuenta de lo que sucede, sí, pero sobre todo explicarlo. De eso se trata.

Así, ante esta perspectiva, padres de familia preocupados por el porvenir de sus hijos que han elegido ser periodistas podrán sentirse tranquilos. Los retos son enormes y encararlos demandará mucho, muchísimo trabajo.

lunes, 25 de marzo de 2019

El pizzero llama dos veces


Aquella indicación enigmática antecedía una orden que llevaba cierto retraso y era promesa de una grata propina: cuatro pizzas familiares, dos docenas de cheese sticks, otras dos de hot wings y las presentaciones más grandes de Pepsi y Mountain Dew bien frías.

Dada una referencia de esa naturaleza, el protocolo del delivery aconsejaba confirmar si no se trataba de una tomadura de pelo. Más aun con el precedente de un chofer que al contestar una llamada aseguraba haber sido virtualmente profanado en su intimidad por una señora que, hechas las averiguaciones, frisaba los 70 años.

Todo estaba en orden y había que apresurarse. Era cerca de mediodía y la nieve caía copiosa sobre Denver, blancura que era paradójica fuente de penumbra. Veinte minutos después apareció el complejo empresarial que señalaba el ticket. Establecida la secuencia de numeración, el lugar indicado debía estar en un extremo de aquel conjunto de oficinas. Allá había que dirigirse.


La indicación destacaba en letras mayúsculas al inicio de la orden: ring twice, y ya frente a la puerta cierta intriga comenzó a galopar. Coloqué sobre el piso la bolsa con gaseosas y posé mi dedo índice derecho en el timbre. Primera llamada, y algunos segundos después, la segunda. Requerimiento cumplido. Transcurrió un breve tiempo antes de que una voz femenina interferida por el Copacabana de Barry Manilow se dejase oír a través del intercomunicador: “¿Pizza man? Hold on a second, please”.

De repente la puerta se abrió y una silueta gentil se disculpó por la demora. Su rostro sólo fue distinguible cuando se acercó a recibir el pedido y pagar por él. Diez dólares de propina y una visión efímera e inolvidable: posiblemente a la mitad de sus cuarentas, de sobria belleza y dicción atildada. ¿Qué hacía en ese lugar?

Al llegar al restaurante liquidé la entrega y pedí que cuando volvieran a solicitar una orden desde ese teléfono me permitieran llevarla. El cajero de turno sonrió.

Casi me había olvidado de aquella petición cuando varias semanas después me dijeron que había unas pizzas esperándome. Grata sorpresa: el pedido y la indicación eran los mismos y partí acompañado por una lluvia primaveral.

Seguí el procedimiento de la primera vez aguardando con vehemencia su respuesta, así que cuando asomó por la puerta una rubicunda veinteañera bamboleándose al ritmo del momento la desilusión debió dibujarse en mi cara. Entregué el pedido y agradecí los diez dólares de tip, pero antes de alejarme no pude reprimir el impulso de saber de ella:

- Hace algunas semanas salió a recibirme una orden similar una compañera suya… 
- Oh, Marion. Es una historia triste. Ella está muy enferma y hace poco regresó a Ohio para reunirse con su familia…
- ¿Tiene algún mensaje para ella?
- No, no se preocupe. Muy triste noticia, le dije agradeciéndole por la información.