Nuestra república cumplirá 200
años en 2021, una fecha significativa para quienes tenemos un vínculo
con ella, y por cierto una ocasión que debiera provocar en cada peruano una
reflexión, un balance de la trayectoria de nuestro país, sus avatares, sus
logros, las promesas incumplidas, las cuestiones pendientes.
A través de este repaso es
probable que hallemos momentos estelares y funestos, luces y sombras, gloria y
miseria. De esto está constituida en mayor o menor medida la historia de los
países. No obstante, más allá del saldo que podamos obtener y de las
apreciaciones que hagamos de ello, los dos siglos del Perú merecen que
conversemos sobre él.
De allí que el ánimo que me mueve
a escribir estas líneas sea el de compartir con quienes tengan a bien leerlas mi
ideal de país, mi ideal de Perú.
De antemano una salvedad: no
pretendo que esta propuesta tenga un carácter prescriptivo, pues sería lo más
alejado de las convicciones que me guían. Por lo demás,
muchos de los temas aquí expuestos son bastante conocidos, aunque usualmente relegados
a un segundo plano. En todo caso, si este ejercicio
sirviera para que otros hagan lo mismo y en ese intercambio de posiciones y
planteamientos una aspiración de país cobrara fuerza, creo que eso nos alegrará a todos.
Vaya entonces esta declaración
por el Perú.
El Perú
La nación atesora estimables
patrimonios. En nuestro territorio surgieron desde tiempos ancestrales
civilizaciones y culturas que han legado no sólo valiosas evidencias de su
presencia, sino también costumbres y tradiciones que están vivas y enriquecen
la vida de sus pueblos. Tenemos de igual modo el privilegio de una geografía
versátil y complementaria: lo que hace falta en una región, otra puede subsanarlo.
Somos en definitiva un país dotado de recursos naturales, cuyo
aprovechamiento es
necesario para nuestro progreso.
Como podemos ver, la historia del
Perú no se inicia con la República sino desde mucho antes, y representa un
intangible que los peruanos debemos aquilatar dándole un justo brillo al país.
Ahora bien, ¿por qué a pesar de
estos múltiples activos estamos todavía lejos de aquellos países con los
estándares de vida más elevados?
Podríamos enunciar un buen número
de causas, pero fijémonos en las que han sido determinantes para quienes las
han estudiado.
- Ausencia de institucionalidad. Vivimos bajo un
sistema de democracia formal, pero desde los albores de la República el poder
político ha sido detentado por personajes –suerte de iluminados o predestinados-
que han terminado por imponer su voluntad. Esta cultura del caudillismo sigue
vigente en nuestros días –podemos constatarlo en los outsiders que irrumpen en las campañas electorales- levantando
obstáculos a la posibilidad de una vida nacional ordenada bajo el imperio de la
ley. Si la institución presidencial se debate en esta precariedad, es previsible
que muchas otras instituciones con injerencia estatal tampoco funcionen como
debieran o sean sencillamente inútiles.
- Fractura de grupos sociales. Como muchos otros
países, el Perú es una suma de naciones. Sin embargo, antes que propiciar
motivos de conjunción, los enconos y las divisiones han sido alentados por
personajes que, por lo común, actúan con un interés político o económico
personal. Vivimos de este modo en un país altamente fragmentado y conflictivo,
una circunstancia que cierra el paso al entendimiento, la colaboración y desde
luego al progreso.
- Como producto de lo anterior, carecemos de
aspiraciones compartidas, una condición vital para ir en pos de metas mayores. Campea una cultura de individualismo negativo (aquel que excluye valores
esenciales, desconoce la ley, los derechos de otros y la necesidad de tolerarnos
en la diferencia) que nos ha puesto al filo de la anomia y hace las veces de caldo
de cultivo para el incremento de la criminalidad. Superar estas tres barreras es una
tarea prioritaria en el propósito de alcanzar una vida civilizada.
El principio que debe guiar la
institucionalización del país es el siguiente: “las personas pasan, las
instituciones quedan”. Pero las instituciones no son entidades que operen por
sí solas: están conformadas por personas. Debemos por tanto contar con la
garantía de que los individuos más idóneos sean quienes sirvan en ellas. Es
indispensable que quienes dirijan las instituciones, desde los tres poderes del
Estado hasta la instancia pública más pequeña, posean el aval de una
trayectoria limpia y reúnan los méritos indispensables para ocupar un cargo.
Para acabar con las divisiones
sociales es necesario continuar con el esfuerzo de reconocernos y respetarnos
en la diferencia. Propongámonos desterrar toda forma de discriminación, manifiesta
y soterrada, y con ello la idealización de un pasado que vale por lo que fue
pero que ya no podrá ser, así como los juicios extemporáneos de acciones
pretéritas. Depongamos cualquier ánimo de revancha y derivemos los reclamos
–por ello necesitamos de instituciones sólidas- por los canales adecuados. Que
el conflicto y la violencia no sean más una barrera para los intereses del
Perú.
Finalmente, estamos ante el gran
desafío de recuperar valores. No habrá convivencia social posible sin ellos, y
sólo teniendo conciencia de ellos podremos lograr que la ley impere y se
proscriban el abuso y la intolerancia. Necesitamos llevar adelante
una docencia intensiva en valores, especialmente en niños y jóvenes, pero
también en adultos que están a la espera de orientación.
El Estado
“Tanta sociedad como sea posible
y tanto Estado como sea necesario”, es un enunciado que se atribuye al pensamiento escolástico. Aun cuando admite más de una
lectura (los defensores de una presencia estatal fuerte respaldan su posición
al interpretar que siempre habrá necesidad de un Estado), considero que lo
valioso de esta frase es el mensaje entre líneas de potestades y proporciones.
Así, si tenemos a particulares
haciendo bien las cosas –y es habitual que sea así pues de lo contrario podrían
no seguir haciéndolo-, ¿por qué el Estado tendría que realizar estas funciones? El Estado debe ocuparse estrictamente de aquello para lo que
recauda impuestos: salud, educación, seguridad e infraestructura pública.
Necesitamos cerrar las brechas que existen en los servicios de salud y
educación estatales, así como nuestro enorme rezago en la habilitación de
hospitales, escuelas, carreteras, puertos, aeropuertos, sistemas de comunicación
y otras obras públicas. Unido a ello, es impostergable que el Estado lleve
adelante acciones eficaces contra el crimen, que se encuentra en una escalada sin
precedentes y es una de las principales preocupaciones de los peruanos.
Tenemos en apariencia un Estado
que está en control de todo, pero en realidad a menudo actúa mal, a medias, tarde o
no actúa. De esto resulta una cultura que deja lo urgente para después y
convierte en definitivo lo provisional.
Formalmente el Estado viene a ser
la sociedad políticamente organizada, y en ese sentido debería representar y
atender en lo debido a cada ciudadano. Pero tenemos más bien una organización
estatal que regula en exceso, al extremo de convertir tales normas en barreras
que impiden el impulso y la iniciativa privada.
Necesitamos entonces convertir al
Estado en un árbitro competente y justo. Esa es la figura que le corresponde y
la que podrá garantizar que los peruanos logren aquello que les procure
bienestar y felicidad en libertad, con respeto de la ley y en orden.
Los peruanos
Un país es lo que sus ciudadanos han
decidido que sea. Esta verdad podría tentar una dicotomía simplista entre
países que son prósperos porque cuentan con gente buena y países
subdesarrollados porque quienes los pueblan carecen de bondad. La realidad es
mucho más compleja.
Sin embargo, es evidente que la
vida de todo ser humano en condiciones naturales es una de evolución, de crecimiento,
de realización. Nadie viene al mundo con una carta que le garantice lo que
podrá ser o lograr durante su existencia. De manera que estamos en la
obligación de construir nuestro ser y bienestar a pulso y he aquí la grandeza y
belleza de reconocernos libres; libres y responsables de nuestros actos.
¿A propósito de qué lo anterior?
A propósito de una larga y
errónea interpretación de lo que supone en el Perú actuar con libertad, que ha
sido, no tengo duda de ello, uno de los más grandes escollos para encontrar derroteros de desarrollo.
Procuro explicarlo: está muy
arraigada entre nosotros la creencia de que ser libres es la posibilidad de
decir y hacer –sobre todo hacer- lo que dicte la voluntad. Se asume que
esta es una potestad general y por tanto no hay razón para objetarla. Lo poco
que representan la ley, los valores esenciales, la convivencia ordenada, es la
manifestación de este falso entendimiento de libertad y lo constatamos en una
falta de respeto generalizada, en la ausencia de una cultura de tránsito
vehicular, en comportamientos agresivos y en un desborde de la delincuencia y
el crimen, por mencionar los síntomas más cotidianos.
Vivimos por tanto en un entorno
informal, permisivo, impredecible e inadecuado para cualquier propósito
trascendente.
En este escenario es importante
que volvamos la mirada sobre algo ya planteado: la urgencia de lograr que los
valores constituyan una norma de vida. No existe forma distinta de sentar las
bases para edificar un país cohesionado, con aspiraciones y a buen recaudo de
los problemas originados por personas carentes de principios.
Será una tarea de largo aliento,
que involucrará a las generaciones actuales y a varias más, pero no
tenemos alternativa. Si desde la niñez orientamos a los peruanos a hacer las
cosas debidas, de manera limpia, lícita, desprovistas de esa tan perniciosa “criollada”
que descompone toda acción, enseñándoles que por no hacerlo serán sancionados
porque la ley es para todos y hay que respetarla, con seguridad habremos hecho
del Perú un país diferente en años venideros.
Nuestros recursos
Habitamos un territorio fértil. Somos
depositarios de una naturaleza diversa, extensa, pero también compleja e inaccesible. Tener conciencia de esto ha sido una premisa en todos
aquellos países que han logrado una posición de avanzada. Digamos entonces que el
progreso no obedece a la riqueza potencial de un área geográfica ni
a la intervención de fuerzas divinas o esotéricas, sino a la acción consciente,
sensata, eficaz y justa de sus pueblos.
No hemos sido capaces los
peruanos de definir propósitos válidos a partir de nuestras posesiones. El uso
que los gobernantes han hecho de los recursos a través de la historia ha sido en
la mayoría de los casos inmediatista, sin carácter estratégico, poco atinado e
injusto. Ejemplos tenemos varios: el guano, la sal, especies marinas industriales,
la minería, todos ellos materias cuyo valor no ha trascendido. Pareciera que la
idea que prevalece es la de vivir el momento, la autocomplacencia durante el
tiempo que implique el agotamiento de los bienes, perdiendo de vista la
necesidad de convertirlos en sustento del progreso.
Cuando no ha sido así, el
azuzamiento y el conflicto subalternos han sido la coartada para cerrar el paso
a la negociación y a la posibilidad de obtener rentas y beneficios.
Es fundamental, de nuevo, asumir
que nuestros logros no se darán por generación espontánea, y que de muy poco nos
servirá contar con una riqueza potencial si no somos capaces de transformarla
de manera conveniente. Es necesario convertir nuestra riqueza potencial en
riqueza efectiva propiciando la inversión y un uso eficiente de ella. Cuando se invierte se crean plazas
de trabajo y el trabajo es la vía para que personas y familias afronten sus necesidades y cristalicen
sus sueños. Pero todo ello debe obedecer a planes estratégicos, a
acciones que en el tiempo permitan cerrar desfases y reducir la pobreza.
Esto es lo que aconseja el
sentido común, la experiencia, y toda negativa, venga de donde venga y más allá
de las envolturas pseudo justicieras con que pretendan presentarse, sólo
terminan estancándonos en el mismo lugar, cuando no empeorando las
circunstancias.
Lo que podemos hacer
Necesitamos ante todo encomendar
el gobierno de la nación a personas que tengan ideas y propósitos claros, y con
ello una trayectoria honesta, limpia, libre de cualquier sospecha que hiciera
dudar de ello. Con gobernantes que reúnan estas cualidades, el ejercicio del
liderazgo en torno a objetivos legítimos será menos complejo.
Dado lo anterior, será también
posible que la ley impere en nuestro país. Una ley sin fisuras, justa, que
posibilite la jerarquía de las instituciones, la erradicación de la
informalidad, el castigo de la corrupción, la delincuencia y el crimen. Una ley
en la que los peruanos podamos confiar.
Eduquemos en valores. Impulsemos
una cultura que premie la honestidad, el mérito, las cosas bien logradas.
Semejante incentivo será suficiente para diluir la falsa creencia de que la
astucia, el dolo, lo ilícito son la mejor manera de obtener lo que deseamos.
Construyamos una cultura de la
libertad en la que cada peruano, sin perjuicio de terceros y al amparo de la
ley, pueda alcanzar la felicidad para sí mismo y para los suyos.
Continuemos facilitando el
crecimiento económico como condición de progreso y desarrollo. No hacerlo bajo
esta premisa no tiene mayor sentido. Busquemos ser un país próspero y
civilizado; no simplemente uno con abundancia de liquidez.
Dotemos de los pilares necesarios
al crecimiento: reduzcamos la brecha de infraestructura, mejoremos los
servicios públicos educativos, de salud, de salubridad básica (agua potable,
desagüe), de seguridad. Mientras sigamos aplazando estas tareas no podremos ser
competitivos ni podremos alcanzar cotas de progreso.
Decía en un momento que estas
cuestiones son conocidas, palpables, cotidianas. Sabemos que están en el origen
de los problemas del Perú, pero son menospreciadas porque el status quo,
permanecer en el estado de cosas actual, conviene a muchos que obtienen algún
beneficio de ello. Deseo que más temprano que tarde los peruanos encontremos el
orden de prioridades que requiere nuestro país.