domingo, 31 de enero de 2016

Problemas y soluciones




Un general de la policía declara rotundo a un reportero que “el cinturón de seguridad es la diferencia entre la vida y la muerte”. ¿Debemos pensar que por utilizarlo estaremos a salvo de las incontables salvajadas de quienes se ponen al timón en este país? ¿El exceso de velocidad, la falta de precaución, lo poco que importan las normas de tránsito, la carencia absoluta de sentido común, podrán ser resueltos abrochándonos el cinturón?  

Un principio de la gestión señala que los problemas persistirán mientras no se identifiquen las causas que los provocan. Honestamente, y contrariando al solemne oficial de la policía, el origen de tantas e interminables muertes sobre el asfalto se encuentra en las alteradas mentes de los conductores peruanos. Por supuesto que los cinturones salvan vidas, pero de poco servirá abrochárselos y las multas que se impongan por no hacerlo si antes no se exige sensatez a quienes manejan.

Disfrútalo bien caliente
Repito lo de cada verano: esta es una estación que fatiga, hace sudar, joroba día y noche, bastante más cuando estamos en campaña electoral. Y sin embargo, ¿hay quien no vincule sus recuerdos más queridos a estos despiadados meses del año? Pura y humana contradicción.

Mea culpa
En mi último post (¿Quién dijo que eran graciosos?, 24 de enero), me refería a lo mortificante que puede ser escuchar a un payaso cuando se pretende conciliar el sueño un sábado por la tarde, suplicando para ellos una sanción tan extravagante como imposible: la pena de muerte.
Curiosa coincidencia, apenas horas después alguien que volvía de Huaraz me contó la historia de los niños de Yungay que sobrevivieron al aluvión de 1970 gracias a que se hallaban en una función de circo en lo alto de la ciudad.
La historia es más o menos conocida y he podido saber que el circo se llamaba Verolina. Lo novedoso es que entre quienes impidieron que los chicos rompieran filas, emprendiendo una probable carrera hacia la muerte, hubo payasos. Termino por tanto con la expresión de un sincero propósito de enmienda: larga vida para aquellos seres de nariz colorada y zapatos inverosímiles que actúan ejemplarmente.

domingo, 24 de enero de 2016

¿Quién dijo que eran graciosos?




Uno
Cumplir cuatro años es un acontecimiento de naturaleza trascendental cuando existe la promesa de un kart a pedales Lamper, milkshakes en el Bar BQ y una matinée celebratoria con los primos, los amigos del barrio y un invitado especial: Roberto Beaumont, aka Momón.
Toda una figura de la televisión nacional, el susodicho era entonces una especie de stand-up comedian precoz, después de que sus habilidades fueran descubiertas casualmente en Trampolín a la Fama y poco después el tío Johnny lo incorporase a su programa.

Dados sus antecedentes ante las pantallas, mi madre oyó las sugerencias de quienes le dijeron que Momón era el personaje llamado a hacer memorable mi fiesta. Y lo contrató. Y Momón estuvo en mi fiesta. Y yo no lo recuerdo, pero sé que además de arrasar con todos los dulces que encontró sobre la mesa, el muy gracioso imaginó que la fiesta era suya e hizo lo que quiso. En el fondo, no hacía nada distinto del cometido de estos personajes. ¿O es que existe payaso que no pretenda robarse la fiesta?

Dos
Su temprana aversión a estos seres de nariz colorada y zapatos inverosímiles se hizo manifiesta cuando desde su coche le advirtió amigablemente a uno que repartía volantes que no se le acercara: "No payasito, quédate allí nomás, porque si te acercas voy a gritar fuerte". Valeria, mi hija mayor, tenía año y medio pero ya entonces un rechazo visceral a la impostación absoluta de la que hacen una forma de vida estos individuos no admitía negociación.
Tomarle la arquetípica foto con Ronald McDonald en un restaurante de Denver a los tres fue una hazaña. Para evidenciarlo están las imágenes.

Tres
Procuro descansar un sábado por la tarde y de repente el canto de los pájaros es interrumpido por el monólogo ruidoso, monocorde, vacuo, nada gracioso, proveniente de una fiesta infantil. Los días son como son y no como uno quisiera que fuesen, pero tratemos de poner fin a esto: ¿sería posible que entre los millares de postulantes el Congreso alguno de ellos tuviese a bien proponer, de ser depositario de la confianza ciudadana, la pena de muerte para aquellos payasos que le jodan la vida a la gente los fines de semana?

domingo, 17 de enero de 2016

Haciendo patria


Que en el Perú carecemos de vocación patriótica, voluntad de servicio y un interés por el bienestar general representa una falta a la verdad. Para demostrarlo tenemos a 19 personajes que sin consideración de las incómodas exudaciones de verano recorren el país entero recordándonos que son ellos los depositarios de la redención nacional. Diecinueve almas cuyos méritos, probidad y elevado entendimiento de la gestión pública son atributos construidos a pulso y sobre los que no debería existir el menor atisbo de duda.

Ante palmaria prueba de consagración al Perú, apenas algunas cuestiones de poca monta: ¿Qué los lleva a emprender esta carrera de fondo hacia la presidencia de la República? A ver, señores candidatos, a calzón quitado, ¿cuáles son las motivaciones más hondas por las que -unos por primera vez y otros con pretensiones de repetir el plato- buscan el poder?

Dios los cría...

Sean Penn y Kate del Castillo, a quienes no se les puede desmerecer cualidades histriónicas, no quedan bien parados tras revelarse los entretelones la ya famosa -aunque dudosa en términos periodísticos- entrevista al Chapo Guzmán. En otro de los arrebatos de la militancia antisistema que los dos comparten -que por lo demás no deja de ser un estupendo negocio-, parecieran no haber medido las consecuencias de adentrarse en las procelosas parcelas del capo mexicano.
Probablemente se libren de los dictados de la justicia, pero la moral está debilitada y lo que pretendan hacer en nombre de ella por lo menos arqueará cejas. A no dudarlo, la megalomanía es consustancial a muchos de los de la mancha progre.

viernes, 8 de enero de 2016

Nos hace falta letras

El economista venezolano Ricardo Hausmann expone los fundamentos de la productividad y el progreso con una ilustrativa analogía. Dice él que la capacidad de producir mejor, a un costo menor y de manera diversificada tiene que ver con el número de letras (volumen de conocimiento para el caso) del que disponen las naciones.


Así, en una relación directamente proporcional, a mayor número de letras, mayores las posibilidades de ensanchar el horizonte de desarrollo. Y viceversa.

Queda claro que en la multiplicación del abecedario productivo hay involucrados varios factores.

De un lado el humano, que en palabras de Hausmann tiene que ver con la acumulación de un conocimiento colectivo fundado en sinergias, algo que puede entenderse con la siguiente figura: probablemente sepa muy poco del proceso de producción de un chocolate, pero cuando me llevo uno a la boca eso ocurre gracias a que existen personas que cultivan el cacao, otras que saben darle un tratamiento para convertirlo en insumo de golosinas y otras que manejan los procesos industriales para darle la forma en que llega a mí.

Pero el abecedario del desarrollo requiere también de un sostén que viene dado por el acceso a educación, salud e infraestructura de calidad, Si no fuese así, su alcance se verá disminuido.

Lo anterior permite comprender por qué los países desarrollados cuentan con bienes y servicios diversos y de óptima factura, y también por qué a nosotros nos cuesta acumular conocimiento y lograr mejores estándares de vida: nos hace falta letras.

Las naciones líderes han sido capaces de acopiar una gran cantidad de letras (conocimiento) y en virtud de ello tienen múltiples y sólidas competencias productivas. Lo mismo que sucede cuando, llevada esta metáfora al plano del idioma, de donde proviene, quienes se preocupan por cultivar el bagaje lingüístico poseen el valioso dominio de la expresión.

domingo, 3 de enero de 2016

Dos mil palabras por el Perú

Nuestra república cumplirá 200 años en 2021, una fecha significativa para quienes tenemos un vínculo con ella, y por cierto una ocasión que debiera provocar en cada peruano una reflexión, un balance de la trayectoria de nuestro país, sus avatares, sus logros, las promesas incumplidas, las cuestiones pendientes.

A través de este repaso es probable que hallemos momentos estelares y funestos, luces y sombras, gloria y miseria. De esto está constituida en mayor o menor medida la historia de los países. No obstante, más allá del saldo que podamos obtener y de las apreciaciones que hagamos de ello, los dos siglos del Perú merecen que conversemos sobre él.
De allí que el ánimo que me mueve a escribir estas líneas sea el de compartir con quienes tengan a bien leerlas mi ideal de país, mi ideal de Perú.
De antemano una salvedad: no pretendo que esta propuesta tenga un carácter prescriptivo, pues sería lo más alejado de las convicciones que me guían. Por lo demás, muchos de los temas aquí expuestos son bastante conocidos, aunque usualmente relegados a un segundo plano. En todo caso, si este ejercicio sirviera para que otros hagan lo mismo y en ese intercambio de posiciones y planteamientos una aspiración de país cobrara fuerza, creo que eso nos alegrará a todos.

Vaya entonces esta declaración por el Perú.

El Perú
La nación atesora estimables patrimonios. En nuestro territorio surgieron desde tiempos ancestrales civilizaciones y culturas que han legado no sólo valiosas evidencias de su presencia, sino también costumbres y tradiciones que están vivas y enriquecen la vida de sus pueblos. Tenemos de igual modo el privilegio de una geografía versátil y complementaria: lo que hace falta en una región, otra puede subsanarlo. Somos en definitiva un país dotado de recursos naturales, cuyo aprovechamiento es necesario para nuestro progreso.
Como podemos ver, la historia del Perú no se inicia con la República sino desde mucho antes, y representa un intangible que los peruanos debemos aquilatar dándole un justo brillo al país.
Ahora bien, ¿por qué a pesar de estos múltiples activos estamos todavía lejos de aquellos países con los estándares de vida más elevados?
Podríamos enunciar un buen número de causas, pero fijémonos en las que han sido determinantes para quienes las han estudiado.
  • Ausencia de institucionalidad. Vivimos bajo un sistema de democracia formal, pero desde los albores de la República el poder político ha sido detentado por personajes –suerte de iluminados o predestinados- que han terminado por imponer su voluntad. Esta cultura del caudillismo sigue vigente en nuestros días –podemos constatarlo en los outsiders que irrumpen en las campañas electorales- levantando obstáculos a la posibilidad de una vida nacional ordenada bajo el imperio de la ley. Si la institución presidencial se debate en esta precariedad, es previsible que muchas otras instituciones con injerencia estatal tampoco funcionen como debieran o sean sencillamente inútiles.
  • Fractura de grupos sociales. Como muchos otros países, el Perú es una suma de naciones. Sin embargo, antes que propiciar motivos de conjunción, los enconos y las divisiones han sido alentados por personajes que, por lo común, actúan con un interés político o económico personal. Vivimos de este modo en un país altamente fragmentado y conflictivo, una circunstancia que cierra el paso al entendimiento, la colaboración y desde luego al progreso.
  • Como producto de lo anterior, carecemos de aspiraciones compartidas, una condición vital para ir en pos de metas mayores. Campea una cultura de individualismo negativo (aquel que excluye valores esenciales, desconoce la ley, los derechos de otros y la necesidad de tolerarnos en la diferencia) que nos ha puesto al filo de la anomia y hace las veces de caldo de cultivo para el incremento de la criminalidad. Superar estas tres barreras es una tarea prioritaria en el propósito de alcanzar una vida civilizada.


El principio que debe guiar la institucionalización del país es el siguiente: “las personas pasan, las instituciones quedan”. Pero las instituciones no son entidades que operen por sí solas: están conformadas por personas. Debemos por tanto contar con la garantía de que los individuos más idóneos sean quienes sirvan en ellas. Es indispensable que quienes dirijan las instituciones, desde los tres poderes del Estado hasta la instancia pública más pequeña, posean el aval de una trayectoria limpia y reúnan los méritos indispensables para ocupar un cargo.
Para acabar con las divisiones sociales es necesario continuar con el esfuerzo de reconocernos y respetarnos en la diferencia. Propongámonos desterrar toda forma de discriminación, manifiesta y soterrada, y con ello la idealización de un pasado que vale por lo que fue pero que ya no podrá ser, así como los juicios extemporáneos de acciones pretéritas. Depongamos cualquier ánimo de revancha y derivemos los reclamos –por ello necesitamos de instituciones sólidas- por los canales adecuados. Que el conflicto y la violencia no sean más una barrera para los intereses del Perú.
Finalmente, estamos ante el gran desafío de recuperar valores. No habrá convivencia social posible sin ellos, y sólo teniendo conciencia de ellos podremos lograr que la ley impere y se proscriban el abuso y la intolerancia. Necesitamos llevar adelante una docencia intensiva en valores, especialmente en niños y jóvenes, pero también en adultos que están a la espera de orientación.

El Estado
“Tanta sociedad como sea posible y tanto Estado como sea necesario”, es un enunciado que se atribuye al pensamiento escolástico. Aun cuando admite más de una lectura (los defensores de una presencia estatal fuerte respaldan su posición al interpretar que siempre habrá necesidad de un Estado), considero que lo valioso de esta frase es el mensaje entre líneas de potestades y proporciones.
Así, si tenemos a particulares haciendo bien las cosas –y es habitual que sea así pues de lo contrario podrían no seguir haciéndolo-, ¿por qué el Estado tendría que realizar estas funciones? El Estado debe ocuparse estrictamente de aquello para lo que recauda impuestos: salud, educación, seguridad e infraestructura pública. Necesitamos cerrar las brechas que existen en los servicios de salud y educación estatales, así como nuestro enorme rezago en la habilitación de hospitales, escuelas, carreteras, puertos, aeropuertos, sistemas de comunicación y otras obras públicas. Unido a ello, es impostergable que el Estado lleve adelante acciones eficaces contra el crimen, que se encuentra en una escalada sin precedentes y es una de las principales preocupaciones de los peruanos.
Tenemos en apariencia un Estado que está en control de todo, pero en realidad a menudo actúa mal, a medias, tarde o no actúa. De esto resulta una cultura que deja lo urgente para después y convierte en definitivo lo provisional.
Formalmente el Estado viene a ser la sociedad políticamente organizada, y en ese sentido debería representar y atender en lo debido a cada ciudadano. Pero tenemos más bien una organización estatal que regula en exceso, al extremo de convertir tales normas en barreras que impiden el impulso y la iniciativa privada.
Necesitamos entonces convertir al Estado en un árbitro competente y justo. Esa es la figura que le corresponde y la que podrá garantizar que los peruanos logren aquello que les procure bienestar y felicidad en libertad, con respeto de la ley y en orden.

Los peruanos
Un país es lo que sus ciudadanos han decidido que sea. Esta verdad podría tentar una dicotomía simplista entre países que son prósperos porque cuentan con gente buena y países subdesarrollados porque quienes los pueblan carecen de bondad. La realidad es mucho más compleja.
Sin embargo, es evidente que la vida de todo ser humano en condiciones naturales es una de evolución, de crecimiento, de realización. Nadie viene al mundo con una carta que le garantice lo que podrá ser o lograr durante su existencia. De manera que estamos en la obligación de construir nuestro ser y bienestar a pulso y he aquí la grandeza y belleza de reconocernos libres; libres y responsables de nuestros actos.
¿A propósito de qué lo anterior?
A propósito de una larga y errónea interpretación de lo que supone en el Perú actuar con libertad, que ha sido, no tengo duda de ello, uno de los más grandes escollos para encontrar derroteros de desarrollo.
Procuro explicarlo: está muy arraigada entre nosotros la creencia de que ser libres es la posibilidad de decir y hacer –sobre todo hacer- lo que dicte la voluntad. Se asume que esta es una potestad general y por tanto no hay razón para objetarla. Lo poco que representan la ley, los valores esenciales, la convivencia ordenada, es la manifestación de este falso entendimiento de libertad y lo constatamos en una falta de respeto generalizada, en la ausencia de una cultura de tránsito vehicular, en comportamientos agresivos y en un desborde de la delincuencia y el crimen, por mencionar los síntomas más cotidianos.
Vivimos por tanto en un entorno informal, permisivo, impredecible e inadecuado para cualquier propósito trascendente.
En este escenario es importante que volvamos la mirada sobre algo ya planteado: la urgencia de lograr que los valores constituyan una norma de vida. No existe forma distinta de sentar las bases para edificar un país cohesionado, con aspiraciones y a buen recaudo de los problemas originados por personas carentes de principios.
Será una tarea de largo aliento, que involucrará a las generaciones actuales y a varias más, pero no tenemos alternativa. Si desde la niñez orientamos a los peruanos a hacer las cosas debidas, de manera limpia, lícita, desprovistas de esa tan perniciosa “criollada” que descompone toda acción, enseñándoles que por no hacerlo serán sancionados porque la ley es para todos y hay que respetarla, con seguridad habremos hecho del Perú un país diferente en años venideros.

Nuestros recursos
Habitamos un territorio fértil. Somos depositarios de una naturaleza diversa, extensa, pero también compleja e inaccesible. Tener conciencia de esto ha sido una premisa en todos aquellos países que han logrado una posición de avanzada. Digamos entonces que el progreso no obedece a la riqueza potencial de un área geográfica ni a la intervención de fuerzas divinas o esotéricas, sino a la acción consciente, sensata, eficaz y justa de sus pueblos.
No hemos sido capaces los peruanos de definir propósitos válidos a partir de nuestras posesiones. El uso que los gobernantes han hecho de los recursos a través de la historia ha sido en la mayoría de los casos inmediatista, sin carácter estratégico, poco atinado e injusto. Ejemplos tenemos varios: el guano, la sal, especies marinas industriales, la minería, todos ellos materias cuyo valor no ha trascendido. Pareciera que la idea que prevalece es la de vivir el momento, la autocomplacencia durante el tiempo que implique el agotamiento de los bienes, perdiendo de vista la necesidad de convertirlos en sustento del progreso.
Cuando no ha sido así, el azuzamiento y el conflicto subalternos han sido la coartada para cerrar el paso a la negociación y a la posibilidad de obtener rentas y beneficios.
Es fundamental, de nuevo, asumir que nuestros logros no se darán por generación espontánea, y que de muy poco nos servirá contar con una riqueza potencial si no somos capaces de transformarla de manera conveniente. Es necesario convertir nuestra riqueza potencial en riqueza efectiva propiciando la inversión y un uso eficiente de ella. Cuando se invierte se crean plazas de trabajo y el trabajo es la  vía para que personas y familias afronten sus necesidades y cristalicen sus sueños. Pero todo ello debe obedecer a planes estratégicos, a acciones que en el tiempo permitan cerrar desfases y reducir la pobreza.
Esto es lo que aconseja el sentido común, la experiencia, y toda negativa, venga de donde venga y más allá de las envolturas pseudo justicieras con que pretendan presentarse, sólo terminan estancándonos en el mismo lugar, cuando no empeorando las circunstancias.

Lo que podemos hacer
Necesitamos ante todo encomendar el gobierno de la nación a personas que tengan ideas y propósitos claros, y con ello una trayectoria honesta, limpia, libre de cualquier sospecha que hiciera dudar de ello. Con gobernantes que reúnan estas cualidades, el ejercicio del liderazgo en torno a objetivos legítimos será menos complejo.
Dado lo anterior, será también posible que la ley impere en nuestro país. Una ley sin fisuras, justa, que posibilite la jerarquía de las instituciones, la erradicación de la informalidad, el castigo de la corrupción, la delincuencia y el crimen. Una ley en la que los peruanos podamos confiar.
Eduquemos en valores. Impulsemos una cultura que premie la honestidad, el mérito, las cosas bien logradas. Semejante incentivo será suficiente para diluir la falsa creencia de que la astucia, el dolo, lo ilícito son la mejor manera de obtener lo que deseamos.
Construyamos una cultura de la libertad en la que cada peruano, sin perjuicio de terceros y al amparo de la ley, pueda alcanzar la felicidad para sí mismo y para los suyos.
Continuemos facilitando el crecimiento económico como condición de progreso y desarrollo. No hacerlo bajo esta premisa no tiene mayor sentido. Busquemos ser un país próspero y civilizado; no simplemente uno con abundancia de liquidez.
Dotemos de los pilares necesarios al crecimiento: reduzcamos la brecha de infraestructura, mejoremos los servicios públicos educativos, de salud, de salubridad básica (agua potable, desagüe), de seguridad. Mientras sigamos aplazando estas tareas no podremos ser competitivos ni podremos alcanzar cotas de progreso.


Decía en un momento que estas cuestiones son conocidas, palpables, cotidianas. Sabemos que están en el origen de los problemas del Perú, pero son menospreciadas porque el status quo, permanecer en el estado de cosas actual, conviene a muchos que obtienen algún beneficio de ello. Deseo que más temprano que tarde los peruanos encontremos el orden de prioridades que requiere nuestro país.