lunes, 19 de junio de 2017

Elogio de la pizza


David Schuler, 55 años, residente del poblado de Madison, en el sureño estado de Mississippi, emprendió hace algunos años un viaje de cuatro mil kilómetros en pos de la que debe ser una pizza que trasciende, en su caso, la función pedestre de aportar calorías al organismo. Schuler, que no fue por una sino por ciento cincuenta pizzas que convenientemente congeladas e ingeridas con moderación le han de haber durado buen tiempo, asegura que no ha encontrado pizza con mejor salsa ni punto exacto de crocancia que la del Town Spa Pizza, un pequeño local de Stoughton, Massachusetts, donde sólo se sirven pizzas thin crust y debe pagarse en efectivo. Fue en este local donde el señor Schuler devoró pizzas hasta los trece años, y a no dudarlo en su paladar perviven sabores que han trascendido el tiempo y la distancia.

A mediados de la década del 70 las pizzerías en Lima se contaban con los dedos de las manos. Comer pizza podía verse entonces como un esnobismo, del mismo modo en que la búsqueda de una papa a la huancaína en San Isidro o Miraflores tenía el carácter de un antojo fuera de lugar. Lejos estaba todavía la "calle de las pizzas", espacio que si bien popularizó esta preparación procedente del sur italiano, desnaturalizó su estirpe artesanal y emparentó su consumo con otras formas aparatosas de la ingesta nacional, verbigracia una pollada.

Aunque hubo un antecedente que reclama con justicia un origen en consonancia con las fuentes: el Pozo de San Ramón. Estaba ubicado en el pasaje del mismo nombre, muy cerca de Diagonal, y visitarlo era todavía más agradable cuando subía la brisa de la costanera. El local era mínimo, apenas un par de barras con media docena de bancos desde donde la mirada del comensal se posaba inevitablemente en un rudimentario horno de barro, foco de la cocción sin prisa ni pausa de toda buena pizza. Tampoco podía hablarse de variedad: jamón, salame y la proverbial margarita era todo lo que la carta ofrecía.

Pero era suficiente. Al cobijo de ese local sin ostentaciones y la fragancia persistente de la masa tomando punto, tengo la seguridad de haber sellado para siempre mi fascinación por la pizza. Tiempo después tuve la suerte de visitar un restaurante de la ciudad de Pasadena, en California, donde las pizzas, además de la insustituible mozzarella, venían con trozos de queso cheddar que se convertían en deliciosos cómplices del primero cuando se fundían con las carnes. También me convidaron una vez en Denver una "pizza charra", fogosa variante en la que por supuesto no faltaban jalapeños ni frejoles, y estando en el Cusco unos traviesos amigos prepararon un versión telúrica que tenía cuy confitado entre sus ingredientes estelares. Notable.

Y así, probando una aquí y otra allá, la pizza ha seguido ocupando un lugar especial en mis preferencias. Ciertamente, esta preparación que sale del horno tiene detractores. Los críticos más acres sostienen que optar por una pizza cuando existen poderosas alternativas nacionales es una excentricidad. Podría ser. Sin embargo, hay preparaciones que ocupan un lugar distinto al estómago. Tal como debe ocurrir con el señor Schuler, se trata de algo que va más allá de la mera función alimenticia. Son por supuesto los sabores, pero también los momentos, la gente, los recuerdos, cosas que sirven acaso más que los nutrientes para vivir.