martes, 10 de septiembre de 2019

Cuajone, 42 años después


Uno

En el verano de 1978 conocí el asiento minero de Cuajone, en Moquegua. Fue después de pasar una temporada con unos primos en Tacna, a raíz de una propuesta que hizo su madre a la mía para que los traumatólogos del equipadísimo hospital de Southern Perú, donde ella trabajaba, estudiaran qué se podía hacer con mis rodillas.


Dos

Trepamos los 3,500 metros sobre los que se enclava el tajo de la mina en medio de los relatos que envuelven al cerro Baúl, suerte de tótem rocoso de los pagos moqueguanos, acrecentados por la pródiga imaginación del chofer que nos trasladaba.

Llegamos al anochecer y fuimos alojados en una casa cuyos residentes, de viaje en Lima, la cedieron amablemente por dos días. Las comodidades de quienes vivían allí no parecían propias de este país: sala y dormitorios alfombrados, piscina temperada, camas con colchones de agua y un ambiente cálido gracias a un sistema de calefacción cuya bondad era inédita para mí.

A la mañana siguiente la neblina lo cubría todo, irrefutable invitación para el alma aventurera. Entonces me di cuenta de que aquella pequeña villa tampoco parecía ser de este país. Calzadas y veredas amplias y en perfecto estado, árboles de un verde intenso por la lluvia, pero seguramente también por el cuidado de los vecinos. Los semáforos funcionaban, y más admirable aún, nadie se atrevía a desobedecerlos pese a los escasos vehículos que circulaban.

Luego del desayuno y un chapuzón opcional en la piscina de agua tibia, el itinerario de aquel día contemplaba movernos a las 11 a las cercanías del tajo para observar, pero sobre todo para estremecernos con la explosión de kilos de dinamita, acto que se ejecutaba indefectiblemente a las 12 en punto. Almorzaríamos después en el bien dotado comedor de villa Botiflaca, donde las estrellas eran los frutos frescos traídos del mar de Ilo.

A las 5 estaba prevista mi cita en el área de traumatología, así que mediaba todavía un tiempo para ceder a la tentación de la piscina. Así fue. Más tarde, los gentiles médicos del hospital de Cuajone revisaron mis piernas al revés y al derecho y me dijeron algo que intuía: se podían hacer algunas correcciones, pero el proceso sería prolongado. La actividad exploratoria podía continuar, siempre y cuando no forzara las cosas.

Salimos del hospital con dirección a la mercantil para comprar macarrones con queso y todas las golosinas posibles para tendernos a ver televisión sobre los colchones de agua. Pero entonces ocurrió lo inesperado. Mi tía nos dijo que cambiáramos de planes porque había recibido un telegrama de los dueños de casa que ya estaban en Tacna y llegarían en pocas horas. Con las disculpas del caso, rogaban comprender la contingencia.

¿Adónde iríamos? Mi tía tenía novio y vivía con él en un estudio, pero además nadie en ese momento debía tener espacio para tres chicos a la deriva. Por fortuna, una amiga suya, residente del hospedaje de damas solteras, ofreció compartir su habitación ante nuestro inminente desahucio. Debíamos esperar hasta las 10, hora en que se cerraba la residencia, para entrar literalmente por la puerta falsa. Con la advertencia de hablar lo justo y necesario, fuimos acomodados los tres en un colchón que no era de agua. Cerré los ojos y pedí que la noche corriera.

Desperté a las 5, con el dormitorio iluminado por el sol meridional. Poco después nuestra ocasional anfitriona volvió de la ducha y a duras penas comenzó a vestirse tras la puerta del clóset. Aunque estaba a semanas de cumplir 12 años y sentía las primeras compulsiones de la adolescencia, en un acto de caballerosidad hundí la cara en la almohada. 

Antes de acostarse nos había dado indicaciones para ir al baño: detenernos en la puerta para comprobar que no hubiese chicas en los pasillos, y luego, sigilosamente, ingresar al ambiente de servicios y comprobar también que ni inodoros ni duchas estuviesen ocupados. “De preferencia vayan después de las 6 y media, porque a esa hora ya todas han salido a trabajar”, fue la última recomendación.

Estoicamente, prolongué la espera hasta las 7. Seguí las pautas y por fortuna todo estaba despejado. Cumplidas las primeras obligaciones fisiológicas, me di un duchazo que no debe haber superado los dos minutos. Salí prácticamente sin secarme, con la toalla a la cintura. “Un minuto más para cepillarme los dientes y ya está”, pensé. Fue entonces cuando aparecieron dos jóvenes colaboradoras de Southern Perú, felices y al filo de la tardanza, que apenas traspasaron la puerta se despojaron de las toallas que las cubría. Y fue entonces cuando recién se dieron cuenta de mi inopinada presencia.

Tapándome los ojos con un brazo apenas atiné a pronunciar un lacónico perdón, consciente de que aquella mañana había transgredido la legítima impudicia con que ellas se conducían en ese recinto. Ambas se rieron y dijeron que no tenía de qué preocuparme. Con mejor suerte -es un decir- mis primos fueron al baño una hora después.

Tres
La foto que acompaña esta historia la encontré hace poco en Google, mientras realizaba el saludable ejercicio de recrear los momentos felices de otros tiempos. Y me alegró mucho ver que las calles, árboles y jardines de Cuajone resisten el paso del tiempo sin alteraciones, en buen estado, con los cuidados que merecen. Como si fuesen de otro país.




jueves, 28 de marzo de 2019

Periodismo: no hay de qué preocuparse si de trabajo se trata




Hace unos días, a través del concurrido Consultorio Ético que tiene Javier Darío Restrepo en la web de la Fundación Gabriel García Márquez (FNPI), un atribulado padre planteaba la siguiente pregunta: “Tengo un hijo que está comenzando estudios de periodismo. Pero ante la crisis de periodistas desempleados o despedidos porque las empresas no dan más, ¿qué hacer con el estudio de mi hijo? ¿Buscarle una carrera más promisoria? ¿O que siga en una profesión sin futuro?

Si bien legítima y comprensible desde la posición de todo padre de familia, la preocupación resulta un tanto desmesurada. Algo que también se entiende en quienes no habitan los territorios de la prensa.

Restrepo, cuya trayectoria en el oficio es ejemplar, advierte en su respuesta que existe efectivamente un tipo de periodismo impulsado por el lucro que muestra muy poco aprecio por los periodistas. “Si su hijo se está formando para un periodismo así, no encontrará posibilidades para un futuro digno”, anota.

Sin embargo, a párrafo seguido menciona que hay otro periodismo que se está reinventando y saldrá bien librado de la crisis. “Este es un periodismo que se mira como una profesión de servicio, no de poder (del que habla el mito del cuarto poder). Ese viejo mito no existe para este periodismo post crisis. El poder es su peor y más dañina opción, por corruptora y por estéril. En cambio, el servicio eleva su dignidad, abre innumerables posibilidades y le da su más auténtica fisonomía”, subraya el periodista colombiano.

Periodismo y poder. Dos términos de un binomio indisoluble que frecuentemente se torna crítico a partir de las operaciones que se obren con ellos. Ya desde la aparición de los primeros libelos y panfletos medievales, las relaciones entre la prensa y los poderes no se han distinguido precisamente por la cordialidad. El poder político la detesta y estará siempre dispuesto a lo que sea por manipularla. A otros poderes suele serles indiferente hasta que sienten que sus intereses están siendo tocados. Entonces también intentarán amansarla.

¿A cuento de qué lo anterior? A cuento de que, como expresa Restrepo, el poder sigue siendo un factor determinante de lo que podemos entender por un buen periodismo y un periodismo mediocre o malo. Personalmente pienso que una cuota importante de los problemas que afronta la prensa -escasa credibilidad, baja circulación, contenidos frívolos- se origina en una especie de confusión ante la arremetida creciente de los soportes electrónicos. Confusión que ha llevado a algunos medios a establecer cierto entendimiento con el poder político en el afán de sobrevivir. Lo aconsejable en todos los casos es que los periodistas se mantengan a prudente distancia de los poderes.

Existen alternativas plausibles para mantener la vigencia del periodismo. Medios tradicionales dan testimonio de ello, especialmente a través de la mejora y el cuidado de sus contenidos, mientras otros han sabido acoplar con eficacia los usos tradicionales del oficio a las tendencias en boga. Diarios estadounidenses como el New York Times y el Washington Post se han fortalecido gracias a los recursos tecnológicos.

Ryszard Kapuscinski, otro gran periodista, expuso con pasión la necesidad de la integridad ética de quienes ejercen el periodismo. Por una razón simple: sin el activo de la probidad se carece de autoridad para criticar o fiscalizar. Esta autoridad es igualmente necesaria para llevar adelante una tarea señalada incluso antes de que fake news y posverdades se extendieran como reguero de pólvora: la de que los periodistas eduquen a las audiencias en la elección de contenidos verdaderamente útiles.

A este propósito podría sumarse, trascendiendo la entrega de registros informativos que resultan insuficientes y aburridos, una oferta que explore la realidad con profundidad y amplitud. Llámese a esto divulgación o conocimiento, estaríamos ante contenidos capaces de garantizar una vida larga al periodismo. Tenemos antecedentes en este sentido, pero me parece clave apostar decididamente por una renovación de lo que tradicionalmente ha presentado la prensa. Dar cuenta de lo que sucede, sí, pero sobre todo explicarlo. De eso se trata.

Así, ante esta perspectiva, padres de familia preocupados por el porvenir de sus hijos que han elegido ser periodistas podrán sentirse tranquilos. Los retos son enormes y encararlos demandará mucho, muchísimo trabajo.

lunes, 25 de marzo de 2019

El pizzero llama dos veces


Aquella indicación enigmática antecedía una orden que llevaba cierto retraso y era promesa de una grata propina: cuatro pizzas familiares, dos docenas de cheese sticks, otras dos de hot wings y las presentaciones más grandes de Pepsi y Mountain Dew bien frías.

Dada una referencia de esa naturaleza, el protocolo del delivery aconsejaba confirmar si no se trataba de una tomadura de pelo. Más aun con el precedente de un chofer que al contestar una llamada aseguraba haber sido virtualmente profanado en su intimidad por una señora que, hechas las averiguaciones, frisaba los 70 años.

Todo estaba en orden y había que apresurarse. Era cerca de mediodía y la nieve caía copiosa sobre Denver, blancura que era paradójica fuente de penumbra. Veinte minutos después apareció el complejo empresarial que señalaba el ticket. Establecida la secuencia de numeración, el lugar indicado debía estar en un extremo de aquel conjunto de oficinas. Allá había que dirigirse.


La indicación destacaba en letras mayúsculas al inicio de la orden: ring twice, y ya frente a la puerta cierta intriga comenzó a galopar. Coloqué sobre el piso la bolsa con gaseosas y posé mi dedo índice derecho en el timbre. Primera llamada, y algunos segundos después, la segunda. Requerimiento cumplido. Transcurrió un breve tiempo antes de que una voz femenina interferida por el Copacabana de Barry Manilow se dejase oír a través del intercomunicador: “¿Pizza man? Hold on a second, please”.

De repente la puerta se abrió y una silueta gentil se disculpó por la demora. Su rostro sólo fue distinguible cuando se acercó a recibir el pedido y pagar por él. Diez dólares de propina y una visión efímera e inolvidable: posiblemente a la mitad de sus cuarentas, de sobria belleza y dicción atildada. ¿Qué hacía en ese lugar?

Al llegar al restaurante liquidé la entrega y pedí que cuando volvieran a solicitar una orden desde ese teléfono me permitieran llevarla. El cajero de turno sonrió.

Casi me había olvidado de aquella petición cuando varias semanas después me dijeron que había unas pizzas esperándome. Grata sorpresa: el pedido y la indicación eran los mismos y partí acompañado por una lluvia primaveral.

Seguí el procedimiento de la primera vez aguardando con vehemencia su respuesta, así que cuando asomó por la puerta una rubicunda veinteañera bamboleándose al ritmo del momento la desilusión debió dibujarse en mi cara. Entregué el pedido y agradecí los diez dólares de tip, pero antes de alejarme no pude reprimir el impulso de saber de ella:

- Hace algunas semanas salió a recibirme una orden similar una compañera suya… 
- Oh, Marion. Es una historia triste. Ella está muy enferma y hace poco regresó a Ohio para reunirse con su familia…
- ¿Tiene algún mensaje para ella?
- No, no se preocupe. Muy triste noticia, le dije agradeciéndole por la información.

martes, 12 de febrero de 2019

Democracia y popularidad




UNO

¿Qué es democracia?, me preguntó mi hija menor hace algunos días mientras preparaba la exposición final de sus años de secundaria.

Procuré condensar un concepto que por un motivo u otro se presta a varias interpretaciones, y le dije que democracia es por encima de todo diferencia, diversidad, la capacidad de convivir de modo civilizado con quienes no coincidimos, incluso con quienes podemos tener discrepancias insalvables.

Por ello, en el plano político las verdaderas democracias se sustentan en una división de poderes que, en definitiva, debe conducir a esos contrarios a consensuar, a lograr un equilibrio en nombre de las aspiraciones comunes de una nación para las que solicitaron poder.

Sin embargo, cuando me preguntó si el Perú es un país democrático darle una respuesta me resultó mucho más complicado.

DOS

Algunos medios publican en primera plana que el presidente Vizcarra termina el año con 66% de aprobación, un indicador que ciertos sectores han celebrado oportunamente desde julio último. ¿Por qué tanta insistencia con la popularidad de la cabeza del poder ejecutivo? ¿Tiene esto algún correlato con la excelencia de su gobierno? ¿Qué progresos ha hecho el Perú en los últimos meses?

No creo ser suspicaz al decir que esta extraordinaria difusión de popularidad presidencial ha generado en la lógica mayoritaria la idea de que hay un mandatario que está haciendo las cosas bien y hay que respaldarlo. Allí está la masiva votación en el referendo tal como él la pidió, sin mayores deliberaciones ni explicaciones.

¿Cuánto tiempo más podrá el gobierno continuar despreocupado por los requerimientos urgentes del país gracias a la popularidad del presidente?