Decía un amigo hace ya algún
tiempo que el sentido de urgencia entre los peruanos admite una elasticidad
fuera de lo común. Urgente es mejorar las prestaciones de los hospitales y colegios
públicos. Urgente es una reforma penal que sancione a los criminales con la
severidad que merecen. Urgente es cortar de raíz la maraña de trámites que ceba
a la burocracia y la corrupción. Urgente es la rehabilitación honesta y seria
de lo que la naturaleza destruyó hace ocho meses. Y hay más. Ejemplos de
lo que puede dilatarse lo perentorio sobran en este país.
¿Qué puede explicar esta desidia
histórica de la que tanto cuesta desprendernos? ¿Por qué gobernantes y
gobernados asumen mayoritariamente, con desfachatez de una parte e indiferencia
de la otra, que la acción debida y el beneficio consecuente pueden postergarse sin
límite alguno? ¿Existe conciencia de las brechas y el costo que acarrea este
ánimo de procrastinación generalizado?
No creo equivocarme si digo que una
primera causa de este proceder desdeñoso se la debemos a nuestra proverbial
idiosincrasia nacional, una mezcla de indolencia, cinismo y viveza en el
sentido menos deseable del término que lo pervierte todo. Suena feo y
frustrante, pero el predominio de esta cultura entre nosotros es abrumador.
Consecuencia inevitable de lo
anterior es lo que hace algunos años advertían Daron Acemoglu y James A.
Robinson en Why Nations Fail (Por qué Fracasan los Países, en la traducción
castellana): la ausencia de instituciones sólidas y duraderas que representen
la columna vertebral del progreso ordenado, formal y a salvo de la corrupción.
Evidentemente, en este estado de cosas hay quienes de una y otra orilla
consiguen réditos y tienen muy poco interés en darle un vuelco. Total, si el fin
es robustecer la economía personal, poco importa si esto se da en un entorno
institucionalizado o no.
De allí que el crecimiento
económico de décadas recientes repose sobre sostenes muy endebles. Y por ello también el Perú parece detenido en el tiempo y el sentido de
progreso genera tan pobre entusiasmo entre la gente. Ahora mismo, el foco de
los políticos de turno se dirige a cuestiones sin ninguna implicancia en la
mejora real del país, poniendo de manifiesto una vez más esa falta de sentido
de urgencia para afrontar las prioridades.
The World Economic Forum (WEF) dio
a conocer hace algunos meses una nueva metodología aplicada por The Boston
Consulting Group, denominada Sustainable Economic Development Assessment
(Evaluación del Desarrollo Económico Sostenible), para medir el desarrollo. A través de ella se realiza
un seguimiento del progreso de los países en función a tres variables:
economía, sostenibilidad e inversión.
Fue analizado el desempeño de 160
países entre los años 2006 y 2014, y en el grupo de naciones que mejor
transforman el crecimiento en bienestar general aparecen Noruega, Países Bajos,
Finlandia, Alemania, Austria, Dinamarca, Suiza, Islandia, Bélgica y Suecia. Nada
novedoso, en realidad. Lo sorprendente, sin embargo, viene dado por aquellos
que han logrado el mayor progreso en el período de tiempo señalado: Etiopía, China,
Rwanda, Mongolia, Qatar, Sierra Leona, Timor-Leste, Camboya, Laos y Ghana.
El estudio concluye que lo
determinante para transformar el crecimiento en bienestar es la correcta
implementación de políticas y estándares de gobierno. En esa línea figuran
varios países de Europa Oriental y ex repúblicas soviéticas que se han
aproximado a gran velocidad a los niveles de vida de Europa Occidental.
Si bien el Perú obtiene una
calificación media en esta evaluación, es evidente que naciones que hace apenas
20 años discurrían en medio de cruentos enfrentamientos o recién se estaban
constituyendo pueden darnos grandes enseñanzas, comenzando por ese sentido de la
urgencia que nos resulta tan elusivo.
