lunes, 23 de marzo de 2020

¿El fin de la posmodernidad?




El hombre ha ambicionado desde siempre el dominio total sobre las cosas, un propósito que en este siglo XXI raudo y rendido a la tecnología imaginábamos casi alcanzado. Al menos creíamos que era así hasta hace algunos días. Un enemigo invisible y terriblemente mortífero nos ha hecho caer en cuenta de que el canto de victoria tendrá que esperar.

Con mis alumnos de comunicación solíamos hablar del mundo. Varias veces me preguntaron si veía algunas amenazas sobre la humanidad. Sin ánimo de tener la última palabra, les decía que la escalada del egoísmo, la autosuficiencia y el hedonismo en los tiempos posmodernos me preocupaban. Pienso que estos rasgos apresuran un andar deshumanizador.

Sumemos a lo anterior el sometimiento a los artilugios tecnológicos y lo que podríamos tener ante nosotros son saltos al vacío, a la nada. No quiero decir con esto que los extraordinarios logros de la humanidad en los terrenos de la salud, educación, democracia, economía, ciencia y tantos otros sean insignificantes o sirvan de muy poco. Al contrario: son apreciables y hablan de esa aspiración de progreso consustancial a los seres humanos, que bien orientada se materializa en bondades. Por ello resulta tan paradójico que lo que hemos logrado en el último siglo y medio no sea capaz de ponernos a salvo de la peste.

Es probable que una pandemia de estas dimensiones solamente haya sido prevista por especialistas. Tal vez se soslayaron sus alcances, confiando en que los avances de la ciencia médica le cerrarían el paso. Como fuese, el virus ha ocasionado ya más de 15 mil muertes, seguirá diezmando a otros miles y ha paralizado al mundo con pérdidas multimillonarias.

¿Nos dormimos en nuestros laureles? ¿Nos ensimismamos en una vida más y más trivial creyendo que ya todo lo teníamos resuelto? ¿Predicábamos que éramos globales sin demasiada convicción?

Por supuesto, enfrentamos un problema clínico y la solución tendrá que ser de esta naturaleza. Pero vendría bien hacer algunos ajustes a nuestras existencias. Ojalá que el confinamiento forzoso de estos días nos ayude a responder estas y muchas otras preguntas sobre nuestra condición humana. Y que las respuestas vengan acompañadas del alma que en algún momento se nos extravió.



lunes, 20 de enero de 2020

El muelle




Allá está. ¿Puedes verlo? Ahora es temprano y la neblina no nos permite distinguirlo, pero más tarde, cuando quizá ya no estemos aquí, la bruma se habrá despejado. Por este camino angosto, por estas rieles que mueren de herrumbre hace décadas, solíamos venir, a la misma hora, dando saltos y con la mochilas repletas de aparejos y carnada. Cantábamos, sin importarnos que la brisa salina nos cuarteara la piel y la arena se nos filtrara por los ojos. Éramos unos niños felices.

Cada viernes, mientras el padre Juan invocaba a portarnos como buenos chicos y a no faltar a misa de domingo, Jaime, Carlos y yo dejábamos a punto nuestros planes para el sábado. Nos reuníamos en la puerta del mercado tan pronto como amanecía, y luego íbamos en pos de las almejas recién llegadas del puerto. De alguna manera devolvíamos al mar lo que es del mar.

Por esos días aprendimos a fumar. Jaime le robaba cigarrillos a su padre y yo traía unos que un tendero italiano me vendía clandestinamente. Fumar nos ayudaba a soportar el frío -porque veníamos en invierno, como ahora- y nos proporcionaba la sensación de ser adultos. Rápidamente poníamos manos a la obra: sobre una tablita vaciábamos las conchas, extraíamos las almejas y las cortábamos en tiras, de modo que cada trozo abarcara la curvatura del anzuelo. Después de ensartarlas, desenrollábamos los sedales, atábamos los plomos y lanzábamos nuestros cordeles al agua.

Las primeras veces traía conmigo un pequeño tablero de ajedrez imantado y proponía una partida si la pesca no iba bien. Pero el viento desbarataba el juego y terminábamos por suspenderlo. Carlos decía que venir al muelle con un juego de ajedrez era poco sensato. Tenía razón.

Ya estamos cerca. ¿Ves el faro? Es un lugar inexpugnable. Lo era al menos cuando veníamos a pescar. Varias veces intentamos entrar, alcanzar la torre. Fue imposible. La puerta había sido asegurada con un candado de hierro que no cedía pese a estar roído por el óxido, y un musgo gelatinoso que envolvía la base parecía sumarse al propósito de resguardarla de intrusos. Algunos viejos pescadores decían que ciertas noches el faro proyectaba sus haces de luz sobre el mar y guiaba a tierra a los muertos en el océano para que sus almas hallaran la paz. Esas historias nos asustaban y un día decidimos no acercarnos más.

Es mejor que te aferres de mi mano porque algunas maderas no están fijas y otras han desaparecido. ¿Recuerdas que te hablé de una maravillosa sensación de libertad al contemplar el horizonte desde el muelle? ¡Qué belleza! Tijeretas y gaviotas revoloteando en el cielo, la brisa otra vez agrietándome la cara sin dolor, el aire impregnado de sal y tú aquí conmigo.

Hemos viajado miles de kilómetros, atravesé las gélidas montañas de Norteamérica para ir a tu encuentro en el tórrido sur mexicano, nos adentramos en selvas espesas, soportamos la hostilidad de las cumbres y descendimos a los remansos de este litoral. Sé que me amas. Me lo demuestras ahora que estamos juntos en este sitio lejano donde pasé horas dichosas, inolvidables. Y pensar que todo comenzó de manera tan casual en aquel café, ¿recuerdas, Gabriela? Conversabas con un español que aseguraba hablar todos los idiomas y mientras buscaba un lugar donde sentarme me invitaron a acompañarlos. Luego él partió y nos quedamos solos.

Entonces iniciamos una charla que nos animó por completo y descubrimos el fascinante universo que pueden compartir dos desconocidos. Conversamos de todo, de tu país y del mío, de nuestros gustos, de lo que detestamos. Me revelaste detalles profundos de tu vida; desnudaste -eso dijiste- tu alma ante mí. Y lograste que hiciera yo lo mismo. No hay nadie que sepa, ni aun nosotros mismos, los arcanos de esta pasión inmensa que nos une. Ahora contemplamos este mar apacible, sus mansas olas que en instantes nos engullirán. Ya no regresaremos. ¿Para qué? El camino es largo y extenuante, nadie nos espera. Te juro que hago esto por amor. Bésame fuerte, abrázame fuerte. Este frío es pasajero, este dolor es pasajero. Nuestro viaje, Gabriela, recién comienza.

martes, 10 de septiembre de 2019

Cuajone, 42 años después


Uno

En el verano de 1978 conocí el asiento minero de Cuajone, en Moquegua. Fue después de pasar una temporada con unos primos en Tacna, a raíz de una propuesta que hizo su madre a la mía para que los traumatólogos del equipadísimo hospital de Southern Perú, donde ella trabajaba, estudiaran qué se podía hacer con mis rodillas.


Dos

Trepamos los 3,500 metros sobre los que se enclava el tajo de la mina en medio de los relatos que envuelven al cerro Baúl, suerte de tótem rocoso de los pagos moqueguanos, acrecentados por la pródiga imaginación del chofer que nos trasladaba.

Llegamos al anochecer y fuimos alojados en una casa cuyos residentes, de viaje en Lima, la cedieron amablemente por dos días. Las comodidades de quienes vivían allí no parecían propias de este país: sala y dormitorios alfombrados, piscina temperada, camas con colchones de agua y un ambiente cálido gracias a un sistema de calefacción cuya bondad era inédita para mí.

A la mañana siguiente la neblina lo cubría todo, irrefutable invitación para el alma aventurera. Entonces me di cuenta de que aquella pequeña villa tampoco parecía ser de este país. Calzadas y veredas amplias y en perfecto estado, árboles de un verde intenso por la lluvia, pero seguramente también por el cuidado de los vecinos. Los semáforos funcionaban, y más admirable aún, nadie se atrevía a desobedecerlos pese a los escasos vehículos que circulaban.

Luego del desayuno y un chapuzón opcional en la piscina de agua tibia, el itinerario de aquel día contemplaba movernos a las 11 a las cercanías del tajo para observar, pero sobre todo para estremecernos con la explosión de kilos de dinamita, acto que se ejecutaba indefectiblemente a las 12 en punto. Almorzaríamos después en el bien dotado comedor de villa Botiflaca, donde las estrellas eran los frutos frescos traídos del mar de Ilo.

A las 5 estaba prevista mi cita en el área de traumatología, así que mediaba todavía un tiempo para ceder a la tentación de la piscina. Así fue. Más tarde, los gentiles médicos del hospital de Cuajone revisaron mis piernas al revés y al derecho y me dijeron algo que intuía: se podían hacer algunas correcciones, pero el proceso sería prolongado. La actividad exploratoria podía continuar, siempre y cuando no forzara las cosas.

Salimos del hospital con dirección a la mercantil para comprar macarrones con queso y todas las golosinas posibles para tendernos a ver televisión sobre los colchones de agua. Pero entonces ocurrió lo inesperado. Mi tía nos dijo que cambiáramos de planes porque había recibido un telegrama de los dueños de casa que ya estaban en Tacna y llegarían en pocas horas. Con las disculpas del caso, rogaban comprender la contingencia.

¿Adónde iríamos? Mi tía tenía novio y vivía con él en un estudio, pero además nadie en ese momento debía tener espacio para tres chicos a la deriva. Por fortuna, una amiga suya, residente del hospedaje de damas solteras, ofreció compartir su habitación ante nuestro inminente desahucio. Debíamos esperar hasta las 10, hora en que se cerraba la residencia, para entrar literalmente por la puerta falsa. Con la advertencia de hablar lo justo y necesario, fuimos acomodados los tres en un colchón que no era de agua. Cerré los ojos y pedí que la noche corriera.

Desperté a las 5, con el dormitorio iluminado por el sol meridional. Poco después nuestra ocasional anfitriona volvió de la ducha y a duras penas comenzó a vestirse tras la puerta del clóset. Aunque estaba a semanas de cumplir 12 años y sentía las primeras compulsiones de la adolescencia, en un acto de caballerosidad hundí la cara en la almohada. 

Antes de acostarse nos había dado indicaciones para ir al baño: detenernos en la puerta para comprobar que no hubiese chicas en los pasillos, y luego, sigilosamente, ingresar al ambiente de servicios y comprobar también que ni inodoros ni duchas estuviesen ocupados. “De preferencia vayan después de las 6 y media, porque a esa hora ya todas han salido a trabajar”, fue la última recomendación.

Estoicamente, prolongué la espera hasta las 7. Seguí las pautas y por fortuna todo estaba despejado. Cumplidas las primeras obligaciones fisiológicas, me di un duchazo que no debe haber superado los dos minutos. Salí prácticamente sin secarme, con la toalla a la cintura. “Un minuto más para cepillarme los dientes y ya está”, pensé. Fue entonces cuando aparecieron dos jóvenes colaboradoras de Southern Perú, felices y al filo de la tardanza, que apenas traspasaron la puerta se despojaron de las toallas que las cubría. Y fue entonces cuando recién se dieron cuenta de mi inopinada presencia.

Tapándome los ojos con un brazo apenas atiné a pronunciar un lacónico perdón, consciente de que aquella mañana había transgredido la legítima impudicia con que ellas se conducían en ese recinto. Ambas se rieron y dijeron que no tenía de qué preocuparme. Con mejor suerte -es un decir- mis primos fueron al baño una hora después.

Tres
La foto que acompaña esta historia la encontré hace poco en Google, mientras realizaba el saludable ejercicio de recrear los momentos felices de otros tiempos. Y me alegró mucho ver que las calles, árboles y jardines de Cuajone resisten el paso del tiempo sin alteraciones, en buen estado, con los cuidados que merecen. Como si fuesen de otro país.




jueves, 28 de marzo de 2019

Periodismo: no hay de qué preocuparse si de trabajo se trata




Hace unos días, a través del concurrido Consultorio Ético que tiene Javier Darío Restrepo en la web de la Fundación Gabriel García Márquez (FNPI), un atribulado padre planteaba la siguiente pregunta: “Tengo un hijo que está comenzando estudios de periodismo. Pero ante la crisis de periodistas desempleados o despedidos porque las empresas no dan más, ¿qué hacer con el estudio de mi hijo? ¿Buscarle una carrera más promisoria? ¿O que siga en una profesión sin futuro?

Si bien legítima y comprensible desde la posición de todo padre de familia, la preocupación resulta un tanto desmesurada. Algo que también se entiende en quienes no habitan los territorios de la prensa.

Restrepo, cuya trayectoria en el oficio es ejemplar, advierte en su respuesta que existe efectivamente un tipo de periodismo impulsado por el lucro que muestra muy poco aprecio por los periodistas. “Si su hijo se está formando para un periodismo así, no encontrará posibilidades para un futuro digno”, anota.

Sin embargo, a párrafo seguido menciona que hay otro periodismo que se está reinventando y saldrá bien librado de la crisis. “Este es un periodismo que se mira como una profesión de servicio, no de poder (del que habla el mito del cuarto poder). Ese viejo mito no existe para este periodismo post crisis. El poder es su peor y más dañina opción, por corruptora y por estéril. En cambio, el servicio eleva su dignidad, abre innumerables posibilidades y le da su más auténtica fisonomía”, subraya el periodista colombiano.

Periodismo y poder. Dos términos de un binomio indisoluble que frecuentemente se torna crítico a partir de las operaciones que se obren con ellos. Ya desde la aparición de los primeros libelos y panfletos medievales, las relaciones entre la prensa y los poderes no se han distinguido precisamente por la cordialidad. El poder político la detesta y estará siempre dispuesto a lo que sea por manipularla. A otros poderes suele serles indiferente hasta que sienten que sus intereses están siendo tocados. Entonces también intentarán amansarla.

¿A cuento de qué lo anterior? A cuento de que, como expresa Restrepo, el poder sigue siendo un factor determinante de lo que podemos entender por un buen periodismo y un periodismo mediocre o malo. Personalmente pienso que una cuota importante de los problemas que afronta la prensa -escasa credibilidad, baja circulación, contenidos frívolos- se origina en una especie de confusión ante la arremetida creciente de los soportes electrónicos. Confusión que ha llevado a algunos medios a establecer cierto entendimiento con el poder político en el afán de sobrevivir. Lo aconsejable en todos los casos es que los periodistas se mantengan a prudente distancia de los poderes.

Existen alternativas plausibles para mantener la vigencia del periodismo. Medios tradicionales dan testimonio de ello, especialmente a través de la mejora y el cuidado de sus contenidos, mientras otros han sabido acoplar con eficacia los usos tradicionales del oficio a las tendencias en boga. Diarios estadounidenses como el New York Times y el Washington Post se han fortalecido gracias a los recursos tecnológicos.

Ryszard Kapuscinski, otro gran periodista, expuso con pasión la necesidad de la integridad ética de quienes ejercen el periodismo. Por una razón simple: sin el activo de la probidad se carece de autoridad para criticar o fiscalizar. Esta autoridad es igualmente necesaria para llevar adelante una tarea señalada incluso antes de que fake news y posverdades se extendieran como reguero de pólvora: la de que los periodistas eduquen a las audiencias en la elección de contenidos verdaderamente útiles.

A este propósito podría sumarse, trascendiendo la entrega de registros informativos que resultan insuficientes y aburridos, una oferta que explore la realidad con profundidad y amplitud. Llámese a esto divulgación o conocimiento, estaríamos ante contenidos capaces de garantizar una vida larga al periodismo. Tenemos antecedentes en este sentido, pero me parece clave apostar decididamente por una renovación de lo que tradicionalmente ha presentado la prensa. Dar cuenta de lo que sucede, sí, pero sobre todo explicarlo. De eso se trata.

Así, ante esta perspectiva, padres de familia preocupados por el porvenir de sus hijos que han elegido ser periodistas podrán sentirse tranquilos. Los retos son enormes y encararlos demandará mucho, muchísimo trabajo.

lunes, 25 de marzo de 2019

El pizzero llama dos veces


Aquella indicación enigmática antecedía una orden que llevaba cierto retraso y era promesa de una grata propina: cuatro pizzas familiares, dos docenas de cheese sticks, otras dos de hot wings y las presentaciones más grandes de Pepsi y Mountain Dew bien frías.

Dada una referencia de esa naturaleza, el protocolo del delivery aconsejaba confirmar si no se trataba de una tomadura de pelo. Más aun con el precedente de un chofer que al contestar una llamada aseguraba haber sido virtualmente profanado en su intimidad por una señora que, hechas las averiguaciones, frisaba los 70 años.

Todo estaba en orden y había que apresurarse. Era cerca de mediodía y la nieve caía copiosa sobre Denver, blancura que era paradójica fuente de penumbra. Veinte minutos después apareció el complejo empresarial que señalaba el ticket. Establecida la secuencia de numeración, el lugar indicado debía estar en un extremo de aquel conjunto de oficinas. Allá había que dirigirse.


La indicación destacaba en letras mayúsculas al inicio de la orden: ring twice, y ya frente a la puerta cierta intriga comenzó a galopar. Coloqué sobre el piso la bolsa con gaseosas y posé mi dedo índice derecho en el timbre. Primera llamada, y algunos segundos después, la segunda. Requerimiento cumplido. Transcurrió un breve tiempo antes de que una voz femenina interferida por el Copacabana de Barry Manilow se dejase oír a través del intercomunicador: “¿Pizza man? Hold on a second, please”.

De repente la puerta se abrió y una silueta gentil se disculpó por la demora. Su rostro sólo fue distinguible cuando se acercó a recibir el pedido y pagar por él. Diez dólares de propina y una visión efímera e inolvidable: posiblemente a la mitad de sus cuarentas, de sobria belleza y dicción atildada. ¿Qué hacía en ese lugar?

Al llegar al restaurante liquidé la entrega y pedí que cuando volvieran a solicitar una orden desde ese teléfono me permitieran llevarla. El cajero de turno sonrió.

Casi me había olvidado de aquella petición cuando varias semanas después me dijeron que había unas pizzas esperándome. Grata sorpresa: el pedido y la indicación eran los mismos y partí acompañado por una lluvia primaveral.

Seguí el procedimiento de la primera vez aguardando con vehemencia su respuesta, así que cuando asomó por la puerta una rubicunda veinteañera bamboleándose al ritmo del momento la desilusión debió dibujarse en mi cara. Entregué el pedido y agradecí los diez dólares de tip, pero antes de alejarme no pude reprimir el impulso de saber de ella:

- Hace algunas semanas salió a recibirme una orden similar una compañera suya… 
- Oh, Marion. Es una historia triste. Ella está muy enferma y hace poco regresó a Ohio para reunirse con su familia…
- ¿Tiene algún mensaje para ella?
- No, no se preocupe. Muy triste noticia, le dije agradeciéndole por la información.

martes, 12 de febrero de 2019

Democracia y popularidad




UNO

¿Qué es democracia?, me preguntó mi hija menor hace algunos días mientras preparaba la exposición final de sus años de secundaria.

Procuré condensar un concepto que por un motivo u otro se presta a varias interpretaciones, y le dije que democracia es por encima de todo diferencia, diversidad, la capacidad de convivir de modo civilizado con quienes no coincidimos, incluso con quienes podemos tener discrepancias insalvables.

Por ello, en el plano político las verdaderas democracias se sustentan en una división de poderes que, en definitiva, debe conducir a esos contrarios a consensuar, a lograr un equilibrio en nombre de las aspiraciones comunes de una nación para las que solicitaron poder.

Sin embargo, cuando me preguntó si el Perú es un país democrático darle una respuesta me resultó mucho más complicado.

DOS

Algunos medios publican en primera plana que el presidente Vizcarra termina el año con 66% de aprobación, un indicador que ciertos sectores han celebrado oportunamente desde julio último. ¿Por qué tanta insistencia con la popularidad de la cabeza del poder ejecutivo? ¿Tiene esto algún correlato con la excelencia de su gobierno? ¿Qué progresos ha hecho el Perú en los últimos meses?

No creo ser suspicaz al decir que esta extraordinaria difusión de popularidad presidencial ha generado en la lógica mayoritaria la idea de que hay un mandatario que está haciendo las cosas bien y hay que respaldarlo. Allí está la masiva votación en el referendo tal como él la pidió, sin mayores deliberaciones ni explicaciones.

¿Cuánto tiempo más podrá el gobierno continuar despreocupado por los requerimientos urgentes del país gracias a la popularidad del presidente?

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Y mientras tanto el Perú



                             

¿Quién gana con el espectáculo de la política y la justicia peruana? ¿Quién o quiénes mueven los hilos de esta trama bananera? ¿Qué es lo que se busca con todo esto? ¿El renacimiento de una nación? ¿El triunfo de los buenos sobre los malos? ¿Podrían asegurar sus protagonistas -todos, sin excepción- que están libres de polvo y paja?

Es probable que ahora mismo a pocos peruanos les interese obtener respuestas. No. La atención está puesta en cuestiones más emocionantes, fina cortesía de buena parte de la prensa nacional, que debe haber logrado audiencias sin precedentes. ¿La fórmula? Una entrega por capítulos con intriga, delaciones, acusaciones, recusaciones, pausas y altas dosis de suspenso. Un suculento menú de comidilla sin complicaciones que ha caído de plácemes en un país cada vez más confundido.

He aquí lo que legítimamente preocupa a quien esto escribe, de oficio periodista. Plantearé las cosas con un ánimo de mea culpa, a la espera de un acto de contrición gremial. Bajo la justificación del interés público, ¿no hemos incurrido peligrosamente en prácticas propias de los regímenes totalitarios? Quienes tenemos un recorrido en la prensa sabemos a qué nos referimos, y por ello resulta menos comprensible la actuación de medios y colegas, sobre todo en lo que atañe a la función informativa.

En el abecé del periodismo que por la fuerza o por voluntad propia se allana a los poderosos, figura como una premisa básica que es imperativo crear en el conglomerado social la sensación de que el gobernante tiene elevados ideales y por ello emprende una cruzada contra todos los que se interpongan a este propósito. Por ello también la necesidad de que los procesos sean públicos y se exponga a quienes reciben condena al repudio y escarnio de la gente. Hace un siglo la psicología de masas prescribía que con esta pauta la popularidad y vigencia de quien encarnara el poder estaba garantizada. Desde la Unión Soviética hasta Cuba y un sinnúmero de casos en los cinco continentes, esta ha sido una de las actuaciones más perversas de la prensa al servicio de las tiranías.

Ciertamente vivimos en democracia y como hemos dicho nada justifica que este tipo de procesos se conviertan en espectáculo. Los periodistas estamos obligados a respetar el derecho a la privacidad de las personas, más allá de los delitos que puedan haber cometido. La justicia no requiere del despliegue mediático para aplicar la sanción que corresponda a cada quien. Las condenas no tendrán mayor valía porque los ciudadanos las reclaman.

Decía el ilustre profesor José María Desantes, cuyas clases tuve la suerte de atender en la Universidad de Piura, que la libertad y el derecho a la información se cumplen ejemplarmente cuando los periodistas asumimos que son también libertades y derechos de la audiencia y en consecuencia ofrecemos contenidos sin ninguna pretensión de manipular a la opinión pública.

Para terminar, en su última columna (Dos Barbaries, El Comercio 07.11.2018), el sociólogo Hugo Neira sostiene que la bipolarización -el enfrentamiento destructivo por el poder- “no es sino un pasado que no se va”. Qué desesperanzador resulta que a menos de tres años del Bicentenario ya muy pocos hablen de las metas que nos habíamos trazado como nación y menos aún consigamos aprender las lecciones de nuestra historia.