Un solar abandonado a pocos pasos
de la avenida San Martín, en Barranco, disparó la imaginación. Éramos seis, el
mayor de todos debía tener ocho años y todos estábamos convencidos de que aquel
predio era habitado por un ogro malvado que se alimentaba de gatos. Capturarlo
y entregarlo a la justicia haría de nosotros unos héroes precoces, dictaba
también la fantasía.
En aquellos años se hablaba de
apariciones en la quebrada de Armendáriz y en el malecón Paul Harris, que
ocupaban en impetuosas misiones de exploración a niños y adolescentes durante
las vacaciones. Incluso algunos inoportunos accidentes de la naturaleza, como
un temblor ocurrido a las cuatro de la madrugada que lanzó a la calle a
despavoridos vecinos en paños menores, dieron pie a leyendas que flotaron en el
barrio durante tiempo.
Había entonces espacio para imaginar, para recrear circunstancias paralelas a la vida real por el puro deseo de creer que las cosas eran como otros o uno mismo se las había inventado, para aislarse del día a día sin necesidad de aparatos ni conexiones a territorios excesivamente artificiosos.
Ese lugar vital de la ilusión, de
la quimera inocente y despojada de cálculos pareciera tener los
días contados. Si ya los chicos no sueñan ni divulgan la ficción de otros,
menos se podría esperar que lo hagan cuando se conviertan en adultos. El reino
de la evidencia, de la demostración y comprobación porque simplemente así lo
prescribe algún protocolo o rúbrica de trabajo, gobierna nuestros días con una
tiranía medieval.
Es verdad que la
vida civilizada ha demandado y aglutina elementos tangibles, pero tan
cierto como ello es que sin el insumo de la imaginación -aquella que Einstein
definió como ilimitada y capaz de llevarnos a cualquier parte- los
caminos de la evolución humana se habrían estrechado y los logros probablemente
no habrían sido los mismos. ¿O es que existe manera más abarcadora de
comprender y abordar la vida que no sea imaginando? En esa doble dimensión que
tiene el imaginar -la evasiva y la que nos procura materia para la creatividad
e innovación- los hombres todavía podemos confiar en
una existencia mejor.
Así que volvamos. Siempre se
puede volver. Es necesario apartarnos de las cuadraturas y esquemas que
pretenden imponernos formas únicas de pensar y hacer las cosas, y recuperar
antes de que sea tarde la saludable costumbre de echar a volar la mente.

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