¿Qué puede llevar a un hombre en
el esplendor de su juventud a surcar más de 10 mil kilómetros en busca de un
pueblo remoto del África para rescatarlo de la miseria?
Sin duda, un ánimo de solidaridad
profundamente enraizado y una vocación de ayuda a toda prueba. Pero también el
deseo indoblegable de actuar, hacer, aun en las circunstancias menos
favorables.
“Soy cura pero no vine aquí a
buscar gente para bautizar”, es una de las frases que reitera Pedro Pablo Opeka
cuando le preguntan por las motivaciones de la obra que inició hace 47 años.
Luego explica que su viaje a Antananarivo, la capital de Madagascar, tenía por
objeto “encontrar hermanos que estaban en la calle, en un infierno”. “Les dije
que vivir de la forma en que vivían era inhumano”.
En 1970, a los 22 años, en uno de
los países más pobres del mundo, el sacerdote vicentino desembarcó en un
gigantesco basural, donde a orillas de un mar putrefacto alrededor de 5 mil
personas procuraban sobrevivir entre los desechos. Además de un paisaje lúgubre,
Opeka debió sortear varias infecciones estomacales y un comprensible resquemor de la
población: ¿era posible que un blanco pretendiera darles un mensaje de
hermandad y buena voluntad? Sin pensarlo demasiado, buscó un espacio para poner
la pelota al suelo y en medio de encarnizados partidos de fútbol fue construyendo la confianza que necesitaba a pulso. O a pierna fuerte, cabría decir.
Sin embargo, el propósito de este
cura argentino trascendía las declaraciones bienintencionadas, porque, como ha
dicho, “nadie que vea a la gente muriéndose de hambre puede ser indiferente”.
Simplemente su objetivo era actuar, así que muy pronto les dijo a aquellos
malgaches recelosos que había que “remangarse la camisa y ponerse a trabajar”.
Detrás de esta actitud, Opeka
tenía y sigue teniendo como sólido sostén una visión liberal del mundo y del
hombre que congenia muy bien con su fe católica: “El trabajo dignifica. El
asistencialismo vacío termina hundiendo más a la gente. Tenemos que trabajar.
Hay que combatir el asistencialismo hasta en la propia familia. Porque de otra
forma no dejamos crecer a los hijos y los acostumbramos a recibir todo de los
padres. Asistir a alguien sin ninguna exigencia es matarle su espíritu de
iniciativa”.
Pocas definiciones tan sencillas
y claras de lo que representa el trabajo y de las perniciosas consecuencias de
la caridad sin límites. Fue acaso esta actitud la que permitió que la
trayectoria del religioso fuese conocida en Europa y despertara un ánimo
benefactor que ha contribuido a consolidar un proyecto palpable de erradicación
de la pobreza. En 1990 constituyó Akamasoa (los buenos amigos, en lengua
malgache), una ONG a través de la cual los fondos fluyen con eficacia y él
puede dar cuenta de lo que hace.
Los resultados del trabajo de
Opeka son admirables: sobre lo que fue un inmenso muladar existen ahora 17
barrios con 3,000 viviendas decorosas, dotadas de servicios. Se construyeron
cuatro escuelas, cinco guarderías, cuatro bibliotecas, centros de atención
médica y un liceo para mayores. Actualmente la villa alberga a más de 25,000
personas y tiene a 13,500 niños educándose. En suma, a lo largo de los años que
el sacerdote lleva viviendo en Madagascar, medio millón de personas han salido
de la pobreza.
Pedro Pablo Opeka encarna
virtudes que, no cabe duda, son tributarias de un catolicismo y un liberalismo que
se superponen a los desencuentros que puedan existir entre ellos. Con un espíritu
pragmático y genuinamente emprendedor, ha llevado adelante un trabajo
silencioso y fructífero, que empalidece la retórica hueca, improductiva, de
quienes fungen de políticos. Imaginemos por un momento lo que podríamos hacer
siguiendo su ejemplo.

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