Aquella indicación enigmática antecedía una orden que llevaba cierto retraso y era promesa de una grata propina: cuatro pizzas familiares, dos docenas de cheese sticks, otras dos de hot wings y las presentaciones más grandes de Pepsi y Mountain Dew bien frías.
Dada una referencia de esa naturaleza, el protocolo del delivery aconsejaba confirmar si no se trataba de una tomadura de pelo. Más aun con el precedente de un chofer que al contestar una llamada aseguraba haber sido virtualmente profanado en su intimidad por una señora que, hechas las averiguaciones, frisaba los 70 años.
Dada una referencia de esa naturaleza, el protocolo del delivery aconsejaba confirmar si no se trataba de una tomadura de pelo. Más aun con el precedente de un chofer que al contestar una llamada aseguraba haber sido virtualmente profanado en su intimidad por una señora que, hechas las averiguaciones, frisaba los 70 años.
Todo estaba en orden y había que apresurarse. Era cerca de mediodía y la nieve caía copiosa sobre Denver, blancura que era paradójica fuente de penumbra. Veinte minutos después apareció el complejo empresarial que señalaba el ticket. Establecida la secuencia de numeración, el lugar indicado debía estar en un extremo de aquel conjunto de oficinas. Allá había que dirigirse.
La indicación destacaba en letras mayúsculas al inicio de la orden: ring twice, y ya frente a la puerta cierta intriga comenzó a galopar. Coloqué sobre el piso la bolsa con gaseosas y posé mi dedo índice derecho en el timbre. Primera llamada, y algunos segundos después, la segunda. Requerimiento cumplido. Transcurrió un breve tiempo antes de que una voz femenina interferida por el Copacabana de Barry Manilow se dejase oír a través del intercomunicador: “¿Pizza man? Hold on a second, please”.
De repente la puerta se abrió y una silueta gentil se disculpó por la demora. Su rostro sólo fue distinguible cuando se acercó a recibir el pedido y pagar por él. Diez dólares de propina y una visión efímera e inolvidable: posiblemente a la mitad de sus cuarentas, de sobria belleza y dicción atildada. ¿Qué hacía en ese lugar?
Al llegar al restaurante liquidé la entrega y pedí que cuando volvieran a solicitar una orden desde ese teléfono me permitieran llevarla. El cajero de turno sonrió.
Casi me había olvidado de aquella petición cuando varias semanas después me dijeron que había unas pizzas esperándome. Grata sorpresa: el pedido y la indicación eran los mismos y partí acompañado por una lluvia primaveral.
Seguí el procedimiento de la primera vez aguardando con vehemencia su respuesta, así que cuando asomó por la puerta una rubicunda veinteañera bamboleándose al ritmo del momento la desilusión debió dibujarse en mi cara. Entregué el pedido y agradecí los diez dólares de tip, pero antes de alejarme no pude reprimir el impulso de saber de ella:
- Hace algunas semanas salió a recibirme una orden similar una compañera suya…
- Oh, Marion. Es una historia triste. Ella está muy enferma y hace poco regresó a Ohio para reunirse con su familia…
- ¿Tiene algún mensaje para ella?
- No, no se preocupe. Muy triste noticia, le dije agradeciéndole por la información.

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