Uno
En el verano de 1978 conocí el
asiento minero de Cuajone, en Moquegua. Fue después de pasar una temporada con
unos primos en Tacna, a raíz de una propuesta que hizo su madre a la mía para
que los traumatólogos del equipadísimo hospital de Southern Perú, donde ella
trabajaba, estudiaran qué se podía hacer con mis rodillas.
Dos
Trepamos los 3,500 metros sobre
los que se enclava el tajo de la mina en medio de los relatos que envuelven al
cerro Baúl, suerte de tótem rocoso de los pagos moqueguanos, acrecentados por
la pródiga imaginación del chofer que nos trasladaba.
Llegamos al anochecer y fuimos
alojados en una casa cuyos residentes, de viaje en Lima, la cedieron
amablemente por dos días. Las comodidades de quienes vivían allí no parecían
propias de este país: sala y dormitorios alfombrados, piscina temperada, camas
con colchones de agua y un ambiente cálido gracias a un sistema de calefacción
cuya bondad era inédita para mí.
A la mañana siguiente la
neblina lo cubría todo, irrefutable invitación para el alma aventurera.
Entonces me di cuenta de que aquella pequeña villa tampoco parecía ser de este
país. Calzadas y veredas amplias y en perfecto estado, árboles de un verde
intenso por la lluvia, pero seguramente también por el cuidado de los vecinos.
Los semáforos funcionaban, y más admirable aún, nadie se atrevía a
desobedecerlos pese a los escasos vehículos que circulaban.
Luego del desayuno y un
chapuzón opcional en la piscina de agua tibia, el itinerario de aquel día
contemplaba movernos a las 11 a las cercanías del tajo para observar, pero
sobre todo para estremecernos con la explosión de kilos de dinamita, acto que
se ejecutaba indefectiblemente a las 12 en punto. Almorzaríamos después en el
bien dotado comedor de villa Botiflaca, donde las estrellas eran los frutos
frescos traídos del mar de Ilo.
A las 5 estaba prevista mi cita
en el área de traumatología, así que mediaba todavía un tiempo para ceder a la
tentación de la piscina. Así fue. Más tarde, los gentiles médicos del hospital
de Cuajone revisaron mis piernas al revés y al derecho y me dijeron algo que
intuía: se podían hacer algunas correcciones, pero el proceso sería prolongado.
La actividad exploratoria podía continuar, siempre y cuando no forzara las
cosas.
Salimos del hospital con
dirección a la mercantil para comprar macarrones con queso y todas las
golosinas posibles para tendernos a ver televisión sobre los colchones de agua.
Pero entonces ocurrió lo inesperado. Mi tía nos dijo que cambiáramos de planes
porque había recibido un telegrama de los dueños de casa que ya estaban en
Tacna y llegarían en pocas horas. Con las disculpas del caso, rogaban
comprender la contingencia.
¿Adónde iríamos? Mi tía tenía
novio y vivía con él en un estudio, pero además nadie en ese momento debía tener espacio para tres chicos a la deriva. Por fortuna, una amiga suya, residente del
hospedaje de damas solteras, ofreció compartir su habitación ante nuestro inminente desahucio. Debíamos esperar
hasta las 10, hora en que se cerraba la residencia, para entrar literalmente
por la puerta falsa. Con la advertencia de hablar lo justo y necesario, fuimos
acomodados los tres en un colchón que no era de agua. Cerré los ojos y pedí que
la noche corriera.
Desperté a las 5, con el
dormitorio iluminado por el sol meridional. Poco después nuestra ocasional
anfitriona volvió de la ducha y a duras penas comenzó a vestirse tras la puerta
del clóset. Aunque estaba a semanas de cumplir 12 años y sentía las primeras
compulsiones de la adolescencia, en un acto de caballerosidad hundí la cara en la
almohada.
Antes de acostarse nos había dado indicaciones para ir al baño:
detenernos en la puerta para comprobar que no hubiese chicas en los pasillos, y
luego, sigilosamente, ingresar al ambiente de servicios y comprobar también que
ni inodoros ni duchas estuviesen ocupados. “De preferencia vayan después de las
6 y media, porque a esa hora ya todas han salido a trabajar”, fue la última
recomendación.
Estoicamente, prolongué la
espera hasta las 7. Seguí las pautas y por fortuna todo estaba despejado.
Cumplidas las primeras obligaciones fisiológicas, me di un duchazo que no debe
haber superado los dos minutos. Salí prácticamente sin secarme, con la toalla a
la cintura. “Un minuto más para cepillarme los dientes y ya está”, pensé. Fue
entonces cuando aparecieron dos jóvenes colaboradoras de Southern Perú, felices
y al filo de la tardanza, que apenas traspasaron la puerta se despojaron de las
toallas que las cubría. Y fue entonces cuando recién se dieron cuenta de mi
inopinada presencia.
Tapándome los ojos con un brazo apenas atiné a pronunciar un lacónico perdón, consciente de que aquella mañana había
transgredido la legítima impudicia con que ellas se conducían en ese recinto.
Ambas se rieron y dijeron que no tenía de qué preocuparme. Con mejor suerte -es
un decir- mis primos fueron al baño una hora después.
Tres
La foto que acompaña esta
historia la encontré hace poco en Google, mientras realizaba el saludable
ejercicio de recrear los momentos felices de otros tiempos. Y me alegró mucho
ver que las calles, árboles y jardines de Cuajone resisten el paso del tiempo
sin alteraciones, en buen estado, con los cuidados que merecen. Como si fuesen
de otro país.

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