Aunque algo tarde, un candidato ha irrumpido en escena suscitando francas adhesiones en el nunca bien ponderado grupo de indecisos, planteando de paso serios dilemas en quienes tenían ya definido al depositario de su voto.
No se trata propiamente de un outsider -ese personaje mesiánico que
por razones insondables espera este país desde tiempos inmemoriales- sino de alguien
que parece encarnar rasgos ajenos al quehacer político nacional, a saber: sosiego,
buen juicio, ausencia de prontuario policial, honorabilidad y honestidad. Decencia, en una palabra.
Sin embargo, lo que a todas luces tiene fascinados a sus seguidores es el hecho de que este candidato calce los zapatos sin medias, una ventaja competitiva que en ningún caso debe ser desestimada. Hay quienes lo han comparado en las redes sociales con Julio Iglesias, cuyo gusto equivalente alcanzara dimensiones de moda durante la década del 80. Quien también tenía esta costumbre en ocasiones casuales era García Márquez, que además creó a partir de ella un axioma que pocos se atreven a objetar: que las medias son un desastre a la hora de hacer el amor.
En fin, habida cuenta de que la campaña entra en la recta final, sería una negligencia de consecuencias imprevisibles que el candidato en mención mostrara algún día sus pies cubiertos con medias. El genuino detalle de no utilizarlas -que desde la óptica del meta lenguaje corporal puede interpretarse como un acto de transparencia- le ha granjeado simpatías que fácilmente se traducirán en votos. Cuidado entonces con romper el encanto, aun si pasara a segunda vuelta y las cosas debiesen definirse en los invernales días de junio.

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