sábado, 6 de febrero de 2016

Basta ya de fotos



Tres son los principios que guían a los miembros de la sociedad secreta Basta ya de fotos. Primero, sin menoscabo de la libertad de fe de quienes la integramos, un legítimo celo por la figura -tanto propia como ajena- cuyos fundamentos más hondos se encuentran en el precepto bíblico de ocultarse y desaparecer, o sea, un ejercicio de perfil bajo que en tiempos en que la (sobre) exposición demanda apenas un clic debe representar para muchos un perfecto disparate.

Sigue a esta premisa una idea que bien podría haber pasado de moda: pudor. Y no solamente en la acepción que lo vincula al recato de orden carnal, sino en el de una frente a la cual la falta de decoro deviene en inocente desliz: la banalidad, entendida como la debilidad por registrar imágenes sin motivos valederos o, más preocupante todavía, la de aparecer en ellas sin ton ni son.

Acaso inspirado en el pensamiento del gran Borges, quien sostuvo que los espejos y el acto copulativo son innobles porque reproducen a la especie humana, el tercer principio sugiere detener el alocado afán de la gente por multiplicarse a través de las imágenes. Damas de todas las edades, pongamos freno a la compulsión de estirar el brazo o acoplar un extensor al celular para perennizar un encuentro de amigas en un baño público. Y a los temerarios que acometen hazañas como la de registrar sus dos segundos al lado del vacío, en verdad les decimos que reserven la adrenalina para mejores causas.

Son varios los estudios que a partir de este afiebrado culto visual han encontrado en él un origen rayano en lo clínico. Así, la Universidad de Arkansas ha determinado que aquellos que publican constantemente fotos en las redes sociales tienen problemas de inseguridad y muy poca autoestima. Una lógica apresurada los lleva a pensar que para ser aceptados nada mejor que subir secuencias fotográficas desde los mejores ángulos. La secuela de “likes” cumplidores podría complicar aún más el cuadro.

La sociedad secreta Basta ya de fotos nada tiene contra la fotografía, maravilloso invento gracias al cual es posible atesorar valiosas evidencias del planeta que habitamos y de seres cuyo paso por él ha valido la pena. Aunque sabemos que la tarea será compleja, deseamos que en honor de la memoria de Daguerre y Niepce estos postulados sean entendidos y que la próxima vez que alguien le proponga un selfie se detenga por un momento, tome conciencia de que podría ser prensa de una patología de indeseables efectos y decida sabiamente desechar el impulso de robar cámaras. 


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