El Mundial se nos ha terminado. La selección tuvo presentaciones dignas, haciendo el fútbol que en la recta final de las eliminatorias nos permitió obtener el último pasaje sudamericano. Es un equipo con la autoestima alta, se planta, da la cara y pone el pecho -la pelea- incluso cuando las batallas le son adversas. Tienen bien ganado lo de guerreros y la pena de verlos afuera se reconforta por ese talante inédito.
Lo de la hinchada devota y fiel que no ha parado de alentarlos tampoco tiene precedentes, y si hubiese un reconocimiento a este tipo de expresiones la barra peruana tendría que estar en primera fila. Hay historias francamente conmovedoras: renuncias laborales, ruptura de chanchitos alimentados por años, tarjetas de crédito cuyas líneas han sido completamente agotadas. La fe y la pasión de los hinchas trasciende kilómetros. Miles.
Ellos lograron partir, pero aquí quedó un país animado por un fervor también enorme. Que surgió varios meses atrás, cuando tuvimos los primeros atisbos de nuestra presencia en Rusia, y creció hasta alcanzar su clímax por estos días. Cuánta buena onda ha traído consigo la presencia de Perú en Rusia 2018. Cuánta frustración ha quedado de momento olvidada por la oportunidad de ver a nuestra selección en este certamen. Cuánto aprendizaje podría y debería dejarnos esta experiencia sin parangón. Conjeturemos en torno a tres probables lecciones.
Podemos unirnos
Nadie podrá negar que durante el camino al Mundial y ya en el mismo escenario asomaron las fibras de una peruanidad sin distingos. Estadios y espacios públicos acogieron a una hinchada variopinta y el grito de gol fue uno y sonoro. ¿Podría este estado de gracia cerrar las fisuras seculares que persisten entre peruanos?
Podemos movilizarnos
En principio, es evidente que en tres décadas y media -y también sin mayores diferencias- la economía de los peruanos ha sabido de mejores tiempos. Se estima en más de 20,000 el número de hinchas que viajaron desde aquí, un fenómeno que ha suscitado sana envidia hasta en los del primer mundo. Pasión, fidelidad, pero también liquidez (aunque sea en plástico). ¿Qué tal si con una parte menor de los millones que deben haberse invertido para llegar a Rusia nos movilizamos, por ejemplo, para remover la basura de playas, ríos y ciudades del Perú bendito que nos vio nacer?
Podemos alcanzar metas
Lección para alcaldes, gobernadores, el presidente de la República, sus ministros y todos los funcionarios que anidan en nuestra frondosa burocracia. Gareca y nuestros jugadores han demostrado que todo pasa por establecer prioridades, hacer las cosas con seriedad (entiéndase bien hechas, es decir, sin cálculos personales ni corruptelas de cualquier orden), y no menos importante, pensando en aquello que tiene tanto valor y es tan poco estimado en este país: una reputación sin mancha y un nombre que sea bien recordado. Honorabilidad, en una palabra.

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