Si no me gustara el fútbol seguramente me habría ahorrado 32 años de locas ilusiones y me hubiese reconfortado con los aguerridos triunfos de Inés Melchor, Gladys Tejeda y Julio Granda.
Si no me gustara el fútbol podría haber apagado tranquilamente el televisor ante los más de cien partidos que debe haber jugado la selección en tres décadas y al conocer los resultados hubiese reaccionado con absoluta indiferencia.
Si no me gustara el fútbol no recordaría que la primera final mundialista que seguí, con ocho años, en medio de la plaza de armas de Cajamarca y a través de un radio a transistores porque no llegaba la tele, fue la de Alemania 74 con dos equipazos en la cancha.
Si no me gustara el fútbol no habría salido a celebrar con gritos alocados, montado en mi bicicleta por las calles de Chiclayo, nuestro empate con Italia en España 82. Y no me habría dolido tanto el subsecuente partido con Polonia.
Si no me gustara el fútbol me hubiese importado muy poco los goles anotados por Pizarro, Guerrero y Farfán en la Bundesliga y el paso de Vargas por la Serie A me habría sido ajeno.
Tampoco habría tomado nota de los “jotitas”, esa buena generación de chiquillos sub 17 que prometía pero que se perdió en la medianía del campeonato local y de equipos que pretendían ascender a nuestro opaco torneo. Reymond Manco, jugador estelar de aquella selección, es la expresión aún joven e inequívoca de las turbaciones que suele provocar una mal digerida fama. Por suerte sobrevivió Gallese y es arquero de la selección mundialista.
Si no me gustara el fútbol, a mitad de las últimas eliminatorias me hubiese convencido de que, tal vez con el descenso de un halo milagroso sobre estas tierras, mis nietos podrían haber tenido la dicha de ver a una selección peruana en la cita máxima del fútbol en las postrimerías de este siglo.
Y habría creído que Gareca, quien aquella malhadada tarde de junio de 1985 nos sacó de México 86, haría oídos sordos al clamor nacional que le exigía una reivindicación y la pasaría piola como sus antecesores. Pero el “Tigre” respondió al beneficio de la duda y ha cicatrizado con inteligente paciencia esa herida abierta por tanto tiempo.
Si no me gustara y no creyera que el fútbol da revanchas, de manera imperdonable habría terminado por compartir la visión determinista de los rojos e impulsando un campeonato mundial de lomo saltado. Pero un liberal jamás pierde la fe.
Si no me gustara el fútbol, en fin, no quiero imaginar lo triste que sería tener como única pauta de conversación las pillerías y vilezas de los políticos.
Pero me encanta el fútbol, el Mundial está por comenzar y tengo el pálpito de que nos irá muy bien.

No hay comentarios:
Publicar un comentario