No nos ilusionemos: los tiempos
de campaña electoral no son los más aconsejables para pedir ponderación y
juicio sereno a los involucrados, que somos todos, candidatos y electores. Las
pasiones se hallan a flor de labios y en estas circunstancias, en especial para
los primeros, prever los efectos de las compulsiones verbales deviene en un
acto inútil. Lo dicho dicho está y ya sabemos que la batahola subsecuente habrá
de ser efímera y en definitiva no habrá daños que lamentar.
Como también es habitual en estas
contiendas, la prensa no ha sido ajena a cuestionamientos que, verdaderos o no,
deberían dar pie a una revisión sosegada de los modos en que asumimos nuestro
oficio. Una crítica recurrente de la opinión pública es que ni los medios de
comunicación ni los periodistas somos imparciales, adjudicando especialmente
esta percepción a intereses de orden económico. No es ninguna novedad que, en
el caso peruano, a los ojos de un grueso sector de la población los periodistas
seamos ni más ni menos que unos mercenarios.
Dos hechos recientes que tuvieron
por protagonistas a sendos programas televisivos han acentuado la disminuida
credibilidad de la prensa nacional. En el primer caso, con una vehemencia
ingenua y poco profesional, se dieron por sentadas versiones en torno a graves
cargos que debieron merecer un contraste cuidadoso. Pretendiendo desvirtuar tales
versiones, el segundo programa fue más allá y distorsionó intencionalmente unas
conversaciones en audio. Nada de lo hecho en uno y otro caso es periodismo. Así
de simple.
Con todo, es indudable que medios
y periodistas han procurado proceder de acuerdo a modelos de imparcialidad,
prudencia y equidad, que además de un respeto absoluto por la verdad son los
referentes de un oficio obrado con decencia. Ahora bien, sin incurrir en las
faltas antes mencionadas, rayanas más bien en lo ilícito desde una perspectiva
deontológica, cabe preguntarnos hasta qué punto temas debatibles como la
política, la religión y los deportes son susceptibles de admitir el gusto, el
oído y la visión peculiar de quien los aborda o del medio que los publica.
Adviértase que no se trata en
ningún caso de sesgar, ocultar o tergiversar la verdad a la que nos
debemos, que supondría la perversión de nuestro rol de
interlocutores entre la realidad y la ciudadanía. Lo que propongo, a riesgo de sumarme
a otros apóstatas, es humanizar los contenidos periodísticos con aquellas
sensaciones, impresiones y emociones de las que por naturaleza somos
depositarios los individuos. Se trata de una tesis largamente expuesta por
quienes creen que el buen periodismo poco tiene que ver con esquemas,
parámetros y corsés.
Hace poco el semanario británico The Economist, una publicación próxima a
cumplir dos siglos de vida, presentó como portada una viñeta en la que Donald
Trump, candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos, aparece
montado sobre un elefante, símbolo de su partido. La sutileza está en que Trump
lleva un atuendo de animador circense, pero muy cerca de su figura un titular
deja en claro la posición de la revista: Trump´s Triumph America´s tragedy (El
triunfo de Trump la tragedia de Estados Unidos).
Evidentemente estamos ante una primera
plana abiertamente contraria a la posibilidad de que Trump sea elegido
presidente, y este hecho es aún más significativo dado que la línea de The Economist es liberal (tal como
entendemos esta corriente en América Latina), y el magnate candidato
ciertamente también lo es. La
composición de esta carátula no representa ninguna falta a la verdad, pero
manifiesta a todas luces la posición de la revista, una corazonada que expone
con todo derecho. La nota de las páginas interiores está en la obligación de
explicar el por qué, y eso es algo que los lectores valorarán.
Existe entre los periodistas latinoamericanos,
hablando específicamente de política, una suerte de pudor respecto a declarar
nuestras convicciones. Se piensa que al mantener en reserva los ideales con los
que nos identificamos enviamos a la audiencia el mensaje de nuestra
imparcialidad e impedimos de ese modo que surjan suspicacias. Creo lo
contrario. Creo que la transparencia es un bien inestimable en toda
circunstancia y que en aras de recobrar credibilidad nos conviene bastante más
a los medios y a los periodistas presentarnos sin medias tintas.
En el fondo, saber qué terreno
están pisando será algo que las audiencias reconocerán. Y con eso es mucho lo
que la prensa nacional tendrá a favor.

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