domingo, 20 de marzo de 2016

Y digo patria


Por algo uno se va de este país, y por algo uno vuelve. Dos veces creí levantar vuelo para siempre con el alma contrariada, y dos veces regresé con el corazón alocado por la inminencia del reencuentro. Apenas uno de los muchísmos casos de amor-odio que palpita entre el Perú y sus hijos más apasionados.

La primera vez, tras una aventura de revolucionarios adolescentes que tuvo el desenlace de un cuento de hadas, partí con la sensación de que el Perú es un país que no concluye (Vargas Llosa dixit) y por eso nuestro vasto repertorio de intentos fallidos expresados en interminables “pudo ser”, “casi” y “triunfos morales” que se anexan líricamente a las causas nacionales que nunca fueron, verbigracia el fútbol o un gobierno memorable por sus logros. Me asaltó la idea de adoptar los usos y costumbres de otros, y si el destino lo quería incluso cambiar de nacionalidad.

Vana pretensión. Apenas instalado indagué por los elementos –mínimos entonces- que sostuvieran mi relación con el Perú. Fue así que di con el almacén de un argentino al que arribaba después de un viaje de cuatro horas para adquirir la edición dominical de El Comercio. También me las arreglaba –en la ciudad más extensa del mundo- para ser feliz cuando podía ante un cuarto de pollo a la brasa. Y en fin, fue durante aquella estancia que a fuerza de nostalgia hice creer a despistados interlocutores que nuestras playas eran fieles extensiones del paisaje caribeño.

En una segunda ocasión, con la certidumbre de que a la deriva financiera de mi centro de labores le aguardaba un seguro naufragio, me fui rumiando el sabor rancio del éxodo bajo apremio. Pero tan solo tocar mi destino sucedió lo mismo que años antes: la ansiedad sin tregua de proclamar mi origen.

Eso es lo que pasa: más allá del caos y el bullicio, el tráfico salvaje, las calles bombardeadas, la pillería, el delito y la miseria, este país posee algún misterioso elemento que obra equivalente paradoja, a saber: irritación en la cercanía y añoranza en la distancia. Acaso sea la más honda y compleja manifestación de peruanidad.

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