Desde las tesis de la Escuela de Frankfurt y la saga de debates que provocaron, avivadas dos décadas más tarde por Umberto Eco y su Apocalípticos e Integrados, cuya publicación a mitad de los años 60 recibiera el fuego graneado de los tributarios de la primera, la industria de la cultura mediática, sus códigos, su evolución, su injerencia e influencia en la vida ciudadana, y en fin, todo ese espectro impredecible de tendencias y escenarios derivados de su naturaleza cambiante, no había ocupado ni preocupado tanto a quienes tenemos un vínculo directo con los mass media.
Un recuento rápido del devenir mediático del último siglo nos llevaría a establecer como hitos -por sus alcances, efectos y por la forma en que terminaron incorporándose a la vida de los hombres-, al cine, la radio, la televisión, la prensa, y aunque en un principio costara aceptarlo, las nuevas tecnologías de comunicación y lo que vendría a ser la suma de todas ellas: Internet.
Sobre lo que supone para los medios la última oleada tecnológica, que ha traído consigo un abanico de redes sociales de las que nadie o muy pocos quieren quedar afuera, José Luis Orihuela, profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra, sostuvo hace un tiempo que “si este tipo de cosas no cambian al periodismo, ya no sé qué podría cambiarlo”.
Para quienes en algún momento defendíamos unas formas, digamos puristas, de ser periodista y hacer periodismo, la frase de Orihuela hubiese sonado peregrina y sacrílega. Pero los cauces por los que vienen discurriendo las prácticas informativas nos llevan a tomar las cosas con prudencia y desaprensión. Después de todo, volviendo a Eco, cuando publicó Apocalípticos e Integrados varios de sus críticos, entendedores de la cultura como un bien aristocrático y exclusivo, dijeron socarronamente que gracias a él Supermán ya tenía sangre azul.
Esta podría ser la clave: ¿podemos considerar hoy día al periodismo como el único acopiador, fabricante y depositario de información? Se trata indudablemente de una posición cada vez menos sostenible, a riesgo de acabar paralizados por una mirada pesimista, terminal, del oficio periodístico. Habría que considerar por el contrario la experiencia de quienes ven en Internet y las nuevas tecnologías a formidables aliados sin menoscabo de los fines de una prensa seria.
En una entrevista brindada a Esther Vargas cuando visitó el Perú unos años atrás, el profesor Orihuela expresaba lo siguiente: “Los periodistas, como todo el mundo, temen aquello que desconocen, y más aún si amenaza su estatus social y profesional. Ante el nuevo escenario de la comunicación pública caben dos actitudes: la de quienes se instalan en la queja y en el discurso apocalíptico y la de quienes están dispuestos a cambiar su cultura y reinventar unos medios y unas profesiones que seguirán siendo necesarias sólo si saben hacerse de una manera diferente”.
Echando mano de una analogía culinaria que encontré certera, los periodistas debemos asumir los nuevos escenarios como la oportunidad de convertirnos en chefs de una alta cocina informativa. No es sencillo, pero el reto está allí.

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