Uno
Debo a un viaje inesperado, como
tantos, el hallazgo de dos playas que la memoria persiste en conservarlas como
fueron. Y a otro más el haber recalado
en una bahía adonde la imaginación me lleva siempre.
Dos
Terminábamos de avecindarnos en
Chiclayo y en un rapto de aventura el tío Edmundo apareció un día con la
proposición de enrumbarnos al norte sin definir destino. En la familia a este
tipo de ofertas jamás se oponían negativas, así que poco antes de que cayera la
noche la solícita Rambler station
wagon iniciaba otra de sus incontables travesías.
El tío Edmundo quiso ponerse al
timón y luego de un tramo largo, tras sortear con fortuna las curvas y almas en
pena de la cuesta de Ñaupe –un paso para el cual era menester
encomendarse a todas las vírgenes- y de cenar en Chulucanas portentosos caldos
de pavo, estacionó la camioneta al costado de una ramada en las inmediaciones
de Tumbes. Las primeras luces comenzaban a despuntar mientras él indagaba por
el desayuno del día.
Como en todo viaje que se digne
de espontáneo, había que continuar. Así fue, y luego de un alto alimenticio en
el ecuatoriano puerto de Machala, de común acuerdo se tomó la decisión de dar la vuelta.
En esas circunstancias nos recibió Zorritos.
Los mayores eligieron el antiguo
hotel de turistas para pasar la noche y beber unas cervezas en su terraza. A
mí el esplendor de su playa a las cinco de la tarde me provocó un hechizo de
larga duración. Si en lo simple radica lo bello y lo cierto, entonces ese sitio
era hermoso y verdadero: arena, mar, lanchas de pescadores, el arrullo de las
olas. Todo podía contemplarse auténtico y verosímil en esa caleta, de las que
quedan pocas.
A no muchos kilómetros de allí existía otro remanso de pescadores -Máncora-, desfigurado hoy al extremo de haberse convertido en algo completamente distinto de lo que fue. Porque la profusión de hoteles y visitantes no ha mejorado a esta caleta, sino todo lo contrario. Por eso me solazo con el recuerdo calmante de su playa blanca y mar azul en estado virginal, lo mismo que con el de sus magníficas tortillas de langostinos, de las que uno podía dar cuenta con la maravillosa sensación de estar solo en el mundo.
Tres
Un recorrido a través de la costa
californiana depara experiencias varias. El acompañamiento de una gaviota en sereno vuelo en el
trayecto del ferry hasta la isla de Alcatraz es una de ellas. Que en el
Barrio Chino de San Francisco se deba eludir en cada esquina a pacíficos
residentes orientales con problemas de daltonismo también.
El descubrimiento de Carmel by
the Sea en el camino a Los Ángeles fue fortuito, pero su impronta es
imperecedera. En sus arenas transparentes, en los cipreses que vigilan y
ventilan la playa, en el horizonte interminable sobre el mar, hay algo único y
enigmático. Considérese como valor agregado de este hallazgo a una dama en
bikini que bebe el vino de Napa Valley bajo los rayos del sol, y por supuesto
el conmovedor espectáculo de las ballenas apareándose frente a la bahía en
obediencia a los mandatos de la naturaleza. Sin duda, volver a esta playa es una tarea
pendiente.

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